ULLLA RAMERA - Crepúsculo de los Dioses

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Para todos los lectores de novelas que aprecian un lenguaje irónico y crítica de la religiones. Seguramente ustedes no van a dejar el libro de la mano y recomendar con garantía. Muchos críticos literarios consideran este libro, así como de la otra novela literótica «Mariamaria», que también se publicó por NEOBOOKS, un gran éxito.

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Vinieron los Africanos al sonido de sus tambo­res, Oxalá, Ogun, Yemanjá, Xango, acompa­ñados por los Exús coloridos y un montón de viejos diositos negros.

De repente, todos los ojos se dirigieron al si­guiente grupo: Las Pombas-Giras, con vesti­dos volantes transparentes negros y rojos ya estaban muy borrachas, ellas bailaron provo­cando, constantemente levantaron las faldas revoloteantes al aire y ofrecieron miradas profundas. Querían juerga con los nórdicos de grandes espadas, pero Wotan hoy no estaba para jueguitos y amenazó fulminarlas con un rayo si no dejaran estas frescuras lascivas y sus juegos calientes.

Con esta actitud ascética y casi casta del ma­chista Wotan, Zeus, Hermes, Apolo, Atenea y otros dioses del Olimpo no estaban acostum­brados, pero en este día la llegada oficial de los dioses él probablemente quería contro­larse. Finalmente él era la figura de autoridad del norte y el divino padre de una nación cul­tural del primero mundo.

Pero su abstinencia debería cambiar radical­mente más tarde...

Entonces vinieron los dioses ya jubilados, arrastrando los pies o hasta cojeando: Los In­cas, Mayas y Aztecas. Todos ellos parecían terriblemente viejos, se arrastraron encorva­dos y apoyados en las muletillas tallados por ellos mismos, algunos se apoyaron mutua­mente, sus collares de plumas moviéndose somnolientamente a cada paso pesado. Estos pobres Americanos parecían los más tristes de todos.

Detrás de ellos siguieron los dioses romanos, ellos parecían ser de mucho menos edad de que los pensionistas, a pesar de tener casi la misma edad. Todo el mundo sabía que ador­mecen a lo largo de las principales conferen­cias y, en seguida, tienen que ser desperta­dos poco antes de las votaciones. No era sólo de eso que, ocasionalmente, se estaba susu­rrando y riendo detrás de las manos, se sabía que no sólo los Olímpicos, sino también algu­nas otras deidades se burlaban de ellos por su falta de originalidad. En general, ellos siempre fueron clasificados como una copia barata de los dioses griegos. Sin embargo, el hábito de copiar ya se había exportado al im­perio ateo chino!

Por lo contrario, los Japoneses serios y co­rrectos: Entonces ellos llegaron con sus pa­triarcas Izanami y Izanagi, acompañados por Tsukuyomi y Susanoo y Amaterasu que causó escalofríos en Apolo, Amón-Ra y los Latinoamericanos. Pues ella siempre se decía la única doña del sol. ¡Cuánta pretensión te­rrible para todas las divinidades invitados!

Los nórdicos se reían mucho, ellos sabían exactamente que es Skoll, el lobo del cielo, que comanda el sol y de vez en cuando él lo come, y luego los Vikings gritan en voz alta y él se asusta y lo suelta de nuevo. ¡Cuánta ig­norancia de los Japoneses!

Luego Hermes le dio a su patrón un papel con una lista en que eran anotados aquellos dio­ses que habían cancelado la conferencia, o sea, tuvieron que cancelar.

Zeus tomó el papel y inmediatamente balan­ceó la cabeza cuando comenzó con la lectura de la primera columna.

Así, por ejemplo, no aparecieron los dioses Chinos. En primer lugar su mayoría murió du­rante miles de años en sus vestidos imperia­les. Es por eso que los Chinos también susti­tuyeron a sus dioses por el Yuan o Renminbi, pero ellos eran indispensables por causa de la terrible situación económica continua en casa, y por eso Hermes, quiera o no, los marcó en la lista como disculpados.

Los Indios tampoco habían enviado ningún dios. Su supremo patriarca Manitu ya estaba en la jubilación parcial. Él se estaba acer­cando a la jubilación completa y, por lo tanto, no había abandonado los campos eternos de caza, aunque no había casi nada para cazar. Entonces, con el corazón triste, el pidió dis­pensa. Él había quedado sentado en casa con su cachimba de paz, ahora enfriada y ya bastante amarillada. Para el tabaco tampoco había más dinero, porque Manitu prefería ahorrar lo poco que sobró para invertir en aguardiente.

Después de que el padre de los dioses había leído la lista su rostro mostraba que estaba visiblemente satisfecho y devolvió las notas a su divino secretario Hermes con las siguien­tes palabras:

Eso me hace sentir bien, ver y saber, mi caro Hermes, que casi todos aceptaron mi invita­ción, eso es impresionante y una prueba como nosotros somos importantes para el mundo, pero que también esta conferencia es importante para nosotros mismos.

Hermes asintió comprensiblemente con la ca­beza, y ambos se retiraron.

3 La conferencia

Los Hindúes del desierto hacen promesa de no comer pescado

Las primeras reuniones giraban en torno a aquella cuestión sensible, y en grupos peque­ños se discutió vigorosamente. Las conversa­ciones ya habían puesto en evidencia las difi­cultades que puedan surgir si alguien se atreve de llamar a un dios para un tribunal, in­cluso tratándose de un dios menos impor­tante, como era el caso aquí. Sin embargo, todos los participantes de la conferencia mostraron rostros preocupados, y realmente no se alcanzó una atmosfera relajante en las filas de los inmortales.

Brahma, Zeus y Hermes estaban sentados a la mesa tomando néctar y ambrosía, y ellos hablaron sobre el primer caso verdadera­mente complicado en la historia de los dioses. Todos los tres con caras serias. Finalmente, Brahma se levantó y dijo:

Como todos son dioses, naturalmente es difí­cil juzgar a otro dios en un caso excepcional. Pero ¿qué debemos hacer? Nosotros no po­demos dejar del lado esta solicitud, para no perder nuestra credibilidad entre los mortales!

Solamente en segundo plano todavía era de considerarse: ¿Quién sería el juez? También sobre este tema hablaron los dioses en pe­queños círculos, pero mismo esta pregunta incluía el tema de la aprobación de la acusa­ción contra alguien, por decirlo así, de la pro­pia profesión.

Sobre esta cuestión personal fue debatido menos intensamente, y dentro de un plazo relativamente corto, una clara tendencia era previsible. En soma, todos concordaron que Zeus debería ser el juez. El argumento prácti­camente común era: Él ya es el actual presi­dente de la confederación divina y definitiva­mente eso, debía ser parte de las responsabi­lidades del cargo.

La mayor dificultad sería la elección de los siete jurados, esto dio origen a discusiones interminables y Zeus pronunció el problema:

La tarea requiere que estos jueces sean inde­pendientes y libres. Así pues, ellos no podrían ser dioses.

Los Africanos pensaron en dar la tarea a los demonios, pero esta idea, en la opinión de la mayoría, fue rápidamente descartada. Los dioses encontraron esa idea muy peligrosa, ya que aquellos podrían ser demasiado feli­ces de jugar una mala pasada a cualquier dios: No, ellos ciertamente no servirían.

Y los mortales? Eso sería una posibilidad, dijo Brahma, pero el problema con ellos puede ser que se aferren demasiado a sus creencias y tienen mucho miedo de sus dioses.

Wotan opinó: Ellos no se atreverían a decir un juicio! A no ser que haya algunos que no les importan los dioses, estos tal vez puedan ser creíbles y confiables.

Después de pesquisar mucho, Hermes se le­vantó, tomó la palabra y dijo: Yo sé que sí existe un tipo de humanos que ni siquiera se preocupan por dioses y sus religiones. Se llaman ateos!

Sabiendo de la existencia de mortales que no creían en dioses, en ninguno de ellos, dio es­calofríos en la mayoría de los inmortales, pero concordaron en que estos son los únicos que no se dejarían influenciar por prejuicios o por creencias.

En círculos pequeños los dioses se retiraron durante una hora en grupos de trabajo inter­nacionales. Esta vez fue Wotan que, con pa­pel y lápiz caminaba de un grupo a otro to­mando notas sobre el procedimiento de las discusiones. Zeus miró al reloj, soltó un mini flash y así terminó la iniciativa de los grupos de trabajo.

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