Raúl Pérez López-Portillo - Los mayas

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Al borde del golfo de México, hace varios miles de años, surgió una civilización de entre los pantanos, ríos, lagunas, ciénagas y selva. Las culturas que se formaron en este entorno denominado Mesoamérica, se dispersaron por el territorio que ahora conocemos como centro y sur de México, Belice, Guatemala, Honduras, El Salvador, Nicaragua y parte de Costa Rica. Si en su origen, Mesoamérica nace de la cultura olmeca, de ésta se derivan otras tantas culturas que, con los años, dan pie a una de las más poderosas y enigmáticas de su tiempo, en América: la maya.
Los mayas, en efecto, configuran desde entonces, una de las culturas más avanzadas y aun, llena de incógnitas. El desarrollo humano de este pueblo está llena de vicisitudes y su «desaparición» como pueblo, en una etapa histórica, sólo contribuye a acrecentar el halo de «misterio» que le rodea.
Esta historia se divide en tres partes. La primera corresponde a la fase prehistórica, es decir, la mesoamericana; la segunda, a la presencia española en ese territorio americano, desde el encuentro o descubrimiento de América, y, la tercera, a la parte republicana, ya mexicana. Cada bloque tiene sus correspondientes características, pero unidas, sin embargo, por el hilo conductor de fuerzas externas que en mucho o en parte, modifican su actitud interna.
Tales fuerzas externas contribuyen a moldear una cultura que, lejos de adoptar una actitud pasiva, cauta o sumisa, la hacen violentamente contestataria. Los mayas son un pueblo indómito que hace pagar muy cara su derrota. Incluso hasta nuestros días, es patente tal afán reivindicativo, cómo no, también propiciado por fuerzas externas.

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La Estela C, que se descubre en Tres Zapotes, “relativamente sencilla, es muy importante: muestra la fecha “de estilo maya” más antigua que se conoce, llamada Cuenta Larga. Indica el 3 de septiembre del año 31 antes de la era, la segunda fecha más temprana después de la Estela 2, hallada en Chiapa de Corzo (Chiapas), el 8 de diciembre del año 36 a.C.

Ignacio Bernal describe a sus habitantes: “Se trata de gente de cuerpo sólido y bajo, con tendencia a la gordura, de cabeza redondeada con cara mofletuda, de ojos oblicuos y ancha y la boca de labios y comisuras hundidas, con fuertes mandíbulas. En las esculturas el cuello desaparece enteramente o es muy corto. Esta gente logró el extraordinario avance que creó Mesoamérica y su civilización”. Son los primeros en construir centros ceremoniales a gran escala. Sus modestos edificios de madera y barro son de este tipo y tienen “una planificación intencional”. Son un tanto indefinidas sus construcciones, según Bernal, pero la planificación de La Venta sugiere, por incipiente que sea, la estructura que toman después las grandes ciudades del Altiplano, entre ellas, la futura Teotihuacán. En el Preclásico Medio, una de sus obras “con sentido realista” más significativa es el llamado “luchador” de Santa María Uzpanapa, labrado en piedra.

En este entorno lacustre y selvático, Marcia Castro Leal apunta que los olmecas tienen que vivir con los animales de los que se sirven para su subsistencia pero también representan un peligro: los reptiles peligrosos, insectos ponzoñosos o animales como el cocodrilo y el jaguar “se imponían por su presencia o se convirtieron en símbolos de las fuerzas de la naturaleza”. Los hombres unen los rasgos del jaguar a la figura humana “como producto del concepto religioso que concebía a este animal como el ancestro del hombre”. El jaguar representa las fértiles profundidades del inframundo, “región donde surgía todo aquello que tuviera vida y, por tanto, símbolo de la tierra misma”. Hay una encarnación hombre-animal, y son según Bernal, “animales humanizados”. Austin y Luján apuntan que mediante el arte se particulariza un panteón complejo. Las deidades adquieren formas fantásticas que conjugan rasgos humanos y animales. El cocodrilo, el tiburón, la serpiente, el ave rapaz, pero sobre todo el jaguar, son sus modelos. “Muchas veces bastan elementos anatómicos esquematizados –fauces, alas, garras, cejas, manchas de piel– para aludir a estos seres”.

Sin duda aquí se bosqueja en este periodo uno de los aspectos de mayor relevancia de la historia de México: el mito de uno de los dioses más extraordinarios y complejos de Mesoamérica: Quetzalcóatl, la serpiente emplumada, que se expande por toda la superárea y se repite de mil formas. En efecto, el jaguar tiene un significado especial porque vive en la jungla y el pantano, caza de día y de noche; por tanto, abarca tierra, agua y aire, luz y oscuridad al mismo tiempo. Se le representa volando “con un pasajero humano o jaguares alados que cargaban la tierra a lomos”. La serpiente, por su parte, vive en los árboles y tiene cresta en la frente: ataca por arriba “y no desde abajo, combinada las propiedades de la tierra y el cielo y acabó simbolizada como la serpiente de los cielos, precursora de la serpiente emplumada de Teotihuacán, con los atributos de la lluvia y el viento”.

Bajo los ojos de los olmecas, puntualizan Austin y Luján, la superficie terrestre es concebida como un plano definido por cuatro puntos extremos y un centro que es el eje del mundo. Se personifica como un ser mítico con una hendidura en forma de v en la cabeza. De ella emerge una planta de maíz, símbolo polivalente del poder real y del árbol cósmico que comunica el cielo con el inframundo. Los otros cuatro puntos del plano tienen forma semejante; son las columnas restantes del cosmos. El esquema de los cinco elementos se repite en el cielo con la figura de la cruz de San Andrés.

Los olmecas como miembros de un ámbito cultural desaparecen en el Preclásico Tardío (400 a.C. a 200 d.C.). Sin embargo su influencia se esparce como el viento, incontenible, desde los pantanos del golfo, a los cuatro puntos cardinales y con ella, la cultura y el mundo de Quetzalcóatl, convertido en dios, con especial incidencia en las culturas mexica y maya.

Las otras culturas preclásicas

“En aquel tiempo vino sobre ellos un gran ejército de gente que se decían olmecas. Estos, dicen que vinieron de hacia México y que antiguamente habían sido capitales enemigos de aquellos que estaban poblados en el despoblado que ahora es entre Xoconochco y Tecuantepec. Estos olmecas dieron guerra, vencieron y sujetaron a los naturales…”.

Juan de Torquemada, Monarquía Indiana

La expansión

Los olmecas dejan fuertes cimientos de una civilización en Mesoamérica: estelas, altares, Cuenta Larga, el cero, la cultura monumental, tallas de jade, atlantes, cabezas colosales, sarcófagos, tumbas, pisos de mosaico enterrados, cráneos de cristal de roca, espejos cóncavos, ofrendas bajo las estelas, plataformas de terrazas, grandes pirámides de tierra, ciudades alineadas astronómicamente, el comercio, el Ejército, el Estado, el imperialismo, las clases sociales y la religión ceremonial. Enorme bagaje cultural que sirve de plataforma para uno de los periodos más impresionantes del mundo mesoamericano, el Periodo Clásico (200 d.C. a 650/900 d.C.) que reúne, a su vez, diversas facetas de desarrollo.

El mundo Preclásico no se agota con la desaparición de los olmecas como cultura. Existen asimismo otras áreas que se superan y tejen, a nivel regional, otros entramados culturales. Es en esta fase en la que se desarrolla la cultura maya. Debemos observar lo que se mueve en el entorno desde que los olmecas –en su lenta decadencia, quizá como producto de la presión de otras áreas más desarrolladas o una revolución que despoja de su poder al sacerdocio, “ya convertido –como lo sugiere Robert Heizer– en un grupo opresor”: hay una expresión cultural periférica, en favor del Valle de México, Oaxaca, Occidente y, por supuesto, el sudeste, el sugerente mundo maya.

Estos antiguos mexicanos carecen de animales para el transporte y no conocen aún los metales ni la rueda. Pero levantan pirámides como la de Cholula o el Templo de los Guerreros de Chichén Itzá. El esfuerzo es extraordinario, porque no se limitan sólo “con amontonar bloques ciclópeos de piedra, o al contrario, con ir puliendo pacientemente estatuillas de jade, sino que se empeñaron en aliar la búsqueda de la perfección en el modo de seleccionar y tratar la materia, la firmeza del trazo y la fuerza del estilo a las concepciones arquitectónicas y al vigor del pensamiento simbólico”, escribe Jacques Soustelle.

Por otro lado, la influencia y el estilo olmeca en otras zonas de Mesoamérica son patentes gracias al comercio y la religión. Sus redes comerciales alcanzan 2.500 kilómetros de extensión desde el centro de México a Costa Rica. Su interacción dentro de una vasta región heterogénea, es muy diversa. Se difunde su cultura a partir del año 900 a.C. por Tlapacoya, Cuicuilco, Cahlcatzingo, Monte Albán, Dainzú, Izapa, Chiapa de Corzo, Kaminaljuyú, Tikal, Dzibilchaltún o Edzná.

Miguel Covarrubias demuestra la evolución estilística que va del jaguar al dios de la lluvia –Tláloc, Chac o Tajín– en culturas posteriores. Pero el Tláloc azteca ya no es un felino; fundamentalmente su nahual es la serpiente. “Es la creencia mágica de que la vida individual está unida a la suerte de un animal que es el nahual de ese individuo”. Las implicaciones religiosas vienen después.

En el centro (Valle de México, Toluca, Puebla-Tlaxcala, el norte del Eje Volcánico, por encima de los 2.000 metros de altitud, y Morelos, la única zona cálida) los pobladores evolucionan hasta el inicio de la gran transformación de Teotihuacán. Sus personajes “humanos o divinos”, los felinos rampantes, los animales fantásticos y los motivos fitomorfos de calabazas y bromelias, “todo relacionado directamente con la agricultura, revelan un culto complejo a la tierra y a la lluvia, y una rica mitología”, basada en la relación jaguar-ave-serpiente, antecedente de una deidad del agua.

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