Me habló mucho de Goya. “Usted no se imagina lo popular que era Goya entre la gente de su época. Era un héroe popular. Un ídolo más grande que los futbolistas de ahora.” Sabía cosas que yo llegué a sospechar que se inventaba. Que si la Quinta del Sordo (que se llamaba así, no por él, sino por el anterior propietario, que también era sordo) estaba en lo que hoy es la calle Caramuel, que si de los veinte hijos que tuvo solo uno llegó a la edad adulta, que si Marianito, su nieto, despilfarró la herencia en el juego (llegó a perder doscientos cuadros de su abuelo en una sola partida), que si tenían fincas en La Cabrera, en Buitrago, en Bustarviejo, porque, yendo a Francia, la mujer de Marianito se había puesto de parto y habían comprado el convento de San Antonio, por entonces desamortizado, que si tuvieron fincas en el centro de Madrid (“la parcela en la que hoy está el teatro Calderón, en la calle Atocha, tiene uno de los lados curvo porque Goya ataba allí un caballo y el animal trazó un rastro hasta donde llegaba y eso se confundió con los límites de la parcela, aunque Goya siempre alegó que la linde de la finca estaba más allá del rastro curvo dejado por el animal; fue un litigio en el que Goya se gastó más dinero del que valía la finca”), que si aún había descendientes y les habían concedido el privilegio de mantener el apellido “de Goya” siempre en primer lugar...
Pero sobre todo me contó la historia de la calavera de Goya.
Él la conocía por haberla oído contar muchas veces en su familia, adonde había llegado a través de su abuelo materno, a quien no llegó a conocer. Al parecer su abuelo materno, Dionisio Fierros, asturiano, era pintor. Vino a Madrid con 14 años y aquí consiguió la protección del marqués de San Adrián. Fue un pintor costumbrista que ganó muchas medallas en certámenes nacionales e internacionales. Le gustaba pintar especialmente tipos populares. Muchos de sus cuadros están en museos de provincias.
Antes de seguir hay que explicar que al acabar el siglo XVIII un anatomista alemán se convirtió en el profeta de una nueva ciencia: la frenología, que diagnosticaba cualidades y tendencias de todo tipo mediante la observación de las protuberancias y las depresiones de determinados sectores del cerebro. En España este anatomista tuvo un apóstol temprano, Mariano Cubí y Soler, de quien hizo una biografía pormenorizada el berciano Ramón Carnicer, al que adoraban los chicos de la gauche divine (los Barral y compañía) porque les había dado clase en la universidad. Los frenólogos desarrollaron una inclinación a desenterrar cadáveres de personas ilustres y cortarles la cabeza para confrontar en ella los principios y los descubrimientos de su ciencia. En España esta moda coincidió con las guerras carlistas, lo que proporcionó a los estudiosos de la frenología abundante cosecha de cadáveres, y por tanto de cráneos, para su estudio. Eran especialmente buscados los de individuos de comportamiento extremo, los de tarados y los de genios. (Baroja contó en La senda dolorosa , continuación de Humano enigma , la historia del cráneo del cruel general Conde de España.) Y aquí volvemos al pintor Dionisio Fierros. Este, en compañía de Joaquín de Magallón, marqués de San Adrián, y de un médico cuya identidad se ignora (podría ser Cubí; en todo caso, un frenólogo interesado en estudiar la genialidad a través de la caja craneal en que esta residió), unos veinte años después de ser enterrado Goya, en 1828 (y por tanto finalizado el proceso de descomposición, mondo ya el esqueleto), entran una noche en el cementerio de Burdeos, desentierran el cadáver (el mausoleo estaba situado cerca de un descampado, junto a la calle Coupe Gorge , como una premonición) y se llevan el cráneo. Se vuelven a España con él y Fierros lo pinta (en 1849) en un cuadro que encontrará en 1928, en el primer centenario de la muerte de Goya, en una tienda de antigüedades de Zaragoza don Hilario Gimeno, erudito local. El cuadro, que hoy se conserva en el Museo Provincial de Zaragoza, está firmado y fechado (es lo que permite suponer que el robo se hizo unos veinte años después de la muerte del pintor). Por la razón que sea, la calavera se la queda Fierros, en Ribadeo, por donde Goya había paseado con el marqués de Sargadelos. Fierros muere, pero su familia la conserva con la misma devoción que él, como si tratase de la reliquia de un santo. Uno de los hijos de Fierros, Nicolás, va a estudiar medicina a Salamanca. Disponer de un cráneo real para su estudio no era ninguna insignificancia. Nicolás procedió a la efracción (así se llama técnicamente el reventamiento) del cráneo por los puntos de sutura para estudiar cada hueso por separado: occipital, mastoides, esfenoides, parietal, frontal... piezas que prestaba a menudo a sus compañeros. Para desunir los huesos sin violencia destructora, llenó el cráneo de garbanzos y lo sumergió en un barreño. Los garbanzos al humedecerse aumentaron de volumen y reventaron el cráneo desde dentro, limpiamente, por las uniones. Cuando acaba sus estudios, Nicolás lleva todos sus trastos a la casa familiar. Allí encuentra Gamallo una caja “con una confusión de huesos”. Entre ellos ve un parietal derecho, grueso, “dogmático, de espesor terrible”, decía. Y un maxilar inferior igual de contundente que el parietal. Era lo que se había salvado de “la diáspora del cráneo de Goya”. Para cerciorarse coteja primero esos dos huesos con el cuadro de su abuelo. Tienen la misma solidez, son el mismo objeto. Después coteja el cuadro de la calavera con el retrato que Vicente López le hizo a Goya. “Por un proceso de abstracción mental, fui descarnando la cabeza del retrato de López. Y la progresiva resta me llevó al cráneo pintado por mi abuelo. La coincidencia era completa”.
–¿Y aún conserva esos huesos? –le pregunté, tratando de ocultar mi escepticismo.
Quizá advirtió algún gesto involuntario por mi parte, que él interpretó a su manera.
–No me crees, ¿verdad?
Gamallo fumaba. No mucho. Un cigarrillo en cada visita. Sacaba su cajetilla de tabaco negro y me ofrecía. Yo siempre le cogía uno por educación, aunque no me gustaba su tabaco (a él tampoco el mío, que siempre rechazó). Sacó una cajetilla casi entera, me ofreció y se puso a fumar. Cuando le tendí el pesado cenicero de cristal que había en la librería, se metió la mano en el bolsillo de la americana, sacó un fragmento de hueso amarillento, levemente cóncavo, y depositó en él la ceniza, que ya estaba a punto de caer.
La tarde se acababa. La librería se fue llenando de sombras. Parecían espectros del pasado que se iban congregando dispuestas a materializarse.
GONZALO DE BERCEO IMAGINA AL NIÑO JESÚS DESCUBRIENDO QUE ES DIOS
El Niño Jesús escucha en el templo la lectura del libro de Josué, cómo los israelitas combaten a los cinco reyes amorreos y cómo Josué pide a Dios que detenga al sol y a la luna para que no llegue la noche y así le dé tiempo a consumar su venganza sobre el ejército enemigo. Escucha con fascinación infantil que tras la batalla Josué dio muerte con sus propias manos a los cinco reyes. La lectura continúa, pero él ya no escucha. Su imaginación vuelve al pasaje en el que el sol y la luna paran su carrera y quedan inmóviles en mitad del cielo, y exclama asombrado: “¡Eso lo hice yo!”.
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