Mi tío y mis primos trabajaban en Correos. Yo llegué a su casa en septiembre y en diciembre mi tío me dijo que me había apuntado para que trabajara aquel mes en Correos, de turronero, como se llamaba entonces. No tenía edad, pero mi tío hizo un chanchullo con la documentación. Como yo era muy alto, mi juventud no llamó la atención de nadie. Me mandaron a Buzones, en Cibeles, el sótano al que iban a parar las cartas que la gente echaba en aquellos enormes buzones dorados que daban (aún están) a un lateral del edificio, en el paseo del Prado. Las cartas caían por un tobogán que desembocaba en una enorme cesta de mimbre que cada cierto tiempo había que vaciar sobre unas mesas gigantes, en las que un ejército de manos las clasificaban por tamaños, con el sello siempre en la esquina superior derecha, y otro las recogía para llevarlas a la máquina que las matasellaba, desde donde se distribuían según sus destinos. A medida que se acercaba la Navidad había que vaciar las cestas cada menos tiempo, pues tardaban menos en llenarse.
Al entrar en Buzones, primero me llamó la atención el olor. Un olor rancio al que me acabé acostumbrando. Y después, la gente. Todos eran hombres, los hombres más feos y desagradables que había visto en mi vida. Cabezas grandes, sonrisas monstruosas, piernas cortas, barrigas a punto de reventar, dientes podridos, pelo sucio, alientos asquerosos... Gente que además estaba todo el tiempo chillando, cantando, discutiendo, criticando, riéndose de alguien. Parecía un sueño. A mí me tocó formar equipo con un hombre gordo que se llamaba Hilario y un anciano silencioso, gris, casi invisible, que recibieron mi llegada como una bendición, pues lo que más les costaba era recoger del suelo las cartas que seguían cayendo mientras se vaciaban las cestas sobre las mesas. Los dos me adoptaron como su mascota. Al principio parecían distintos, que no participaban de la animalidad que nos rodeaba. Despreciaban al resto por vagos, brutos y maleducados. Pero no tardaron en revelarse ellos mismos como engreídos, ordinarios, chivatos, falsos... La tarde de Nochebuena, Hilario, que se había hartado de llamar por lo bajo borrachos a todos los que trabajaban allí, y con los que fingía llevarse de maravilla, agarró una borrachera descomunal. Me decía: Qué vergüenza, qué vas a pensar de mí. Y me lo decía echándome a la cara un aliento putrefacto. Acabó dormido sobre una mesa, pero como estorbaba, lo llevaron encima de unas sacas de cartas, y lo dejaron en una postura humillante, ante el bestial alborozo de todos, excepto el anciano, que no se rio pero tampoco hizo el menor gesto por defender a su amigo. Recordé una cosa que decía mi abuela: “Te empiezas comportando como un criminal, te vas transformando en un imbécil y acabas siendo feo”.
Pero lo que más me llamó la atención el primer día fueron las cartas a los Reyes Magos. Había montones de ellas por todos lados: bajo las mesas, detrás de las máquinas, en todos los pasillos, sucias, rotas, pisoteadas... Me puse a recoger todas las cartas que vi, cartas muy serias —como la que yo mismo había enviado unos días antes, sin que lo supiesen mis tíos—, y cuando tuve un pequeño montón lo uní con toda naturalidad al del resto de cartas que estaba clasificando y se lo llevé a los que matasellaban. Unos minutos después, uno de ellos lanzó una maldición y se puso a gritar y a amenazar al gracioso que le había llevado aquello, agitando bien alto el paquete de cartas a los Reyes y preguntando quién había sido. Yo levanté la mano tímidamente, asustado, y todos los demás explotaron en una carcajada ruidosa. El pobre hombre que gritaba, quizá al ver que yo era mucho más alto que él, prefirió callarse. Todos creyeron que había sido una broma y me daban palmadas en la espalda para felicitarme. Me resulta increíble que nadie, entre aquella gente curtida, endurecida, maliciosa, brutal, que siempre estaban atentos a que alguien cometiera el menor desliz para laminarlo, que nadie se diese cuenta de que yo no sabía que los Reyes no existían. No concebían la inocencia.
Yo había pedido en mi carta volver a estar con abuela. Unos días después de que los Reyes no me trajeran nada, mi tío me dijo si quería quedarme con alguna prenda de abuela. Como habían puesto en venta la casa, iban a tirar su ropa. Entonces vi su abrigo colgado de una percha en la penumbra de un armario abierto y creí que era ella, que se había metido allí para darme una sorpresa.
Abuela era muy alta. Su abrigo me valía. Cuando me lo puse, instantáneamente me pareció que estaba dentro de su cuerpo. Me sentí lento, bondadoso y cansado. Al meter las manos en los bolsillos, topé con sendos pañuelos arrugados. Dos cosas personales, íntimas, que nadie podía ver. Me parecía estar tocando su alma.
HISTORIA SAGRADA
María ya había leído varias veces, en un libro que le había dado el ángel, su vida como algo que ya había ocurrido. Pero la vida real, la vida presente, tiene tanta fuerza que nos vuelve escépticos con relación al futuro, por mucho que sepamos que se va a cumplir. Mientras transcurre, la vida tiene más fuerza que las profecías que la desmienten. María vivía su propia vida con ignorancia, o con olvido. Solo cuando ocurrían algunas cosas recordaba que ya sabía que iban a ocurrir. Cuando conoció a los padres de José, pensó que no iban a ser santos, como los suyos, y que no serían recordados. Durante la boda los veía junto a Ana y a Joaquín, en la misma mesa, partiendo y alcanzándose entre los cuatro el blanco pan con sus manos campesinas, bromeando, bebiendo a grandes e inexpertos tragos el vinazo del lugar, riéndose ruborizados de las picardías que se decían de los novios, y no los encontraba diferentes de sus padres.
EL TIMBRE
Dentro de diez minutos el señor Gregorio, como se le conoce en el barrio, morirá de un ataque al corazón. Ahora está comiendo. Vive con Clara, una nieta que hace veinte años se quedó sin padres. La mujer del señor Gregorio también murió, ya va para seis años.
Clara se ha peleado a mediodía con su novio, que vive en el mismo portal. Está furiosa con todo. Le sirve a su abuelo un filete y sigue masticando el suyo sin ganas. No habla. Solo tiene un pensamiento: que está harta de todo. El señor Gregorio suelta una sonora ventosidad.
‑¡Jo, abuelo, qué guarro eres!
Tira el tenedor sobre la mesa y se levanta.
‑Hija, qué quieres que haga. Tengo gases.
‑Y yo. Y me los aguanto. Me voy a la calle.
‑No te enfades, mujer. ¿Qué te pasa?
‑¡No estoy enfadada, déjame en paz!
Cierra la puerta de la calle de un portazo. En el portal se encuentra con su novio, que entra. Él la para. Quiere hacer las paces. Por orgullo y timidez se muestra brusco. Ella no sabe qué hacer ni qué decir. Él se acerca. Huele un poco a vino. Ella se aparta. Pero quedan en verse por la noche. Se despiden, tristes. Clara ya no quiere salir a la calle. Piensa en su abuelo. Se arrepiente de haberle hablado así. Subirá, le dará un beso, le hará cariños, se disculpará. Mientras sube, se busca las llaves en los bolsillos. No las tiene. Se las ha debido de dejar en el bolso. Llama al timbre.
El señor Gregorio ya ha acabado el filete. Se dispone a comer uno de los pasteles que trajo ayer Clara, cuando suena el timbre. Duda si comérselo antes de ir a abrir o retrasar unos momentos el placer. Decide que si se lo come antes, no le sacará gusto, con las prisas. Lo comerá después, tranquilo. Se levanta y va a abrir. Por el pasillo se cumplen los diez minutos. No tardará en volver a sonar el timbre.
HISTORIA DE NUESTROS COCHES
El primer coche que tuvimos fue un 1500, un coche que nos parecía inmenso. Papá y mamá iban delante y nosotros cuatro atrás. Que seis personas viajaran en un turismo entonces era muy normal. Incluso más. Recuerdo viajes en los que también iba la abuela, que se ponía a Daniel sobre las piernas. Claro, éramos muy pequeños.
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