Emilio Gavilanes - Autorretrato

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Autorretrato es una colección de relatos, o de textos narrativos, muy variados en extensión (desde el cuento largo al microrrelato) y en intención.
Se titula Autorretrato, no solo porque contiene un texto con ese mismo título, sino por otras dos razones. Una, que hay muchos elementos autobiográficos repartidos por todo el libro. Y dos, que el libro dibuja un mapa de los territorios más queridos del autor: el de la infancia y la adolescencia (con varias muestras de la ética que los caracteriza), el de aspectos ignorados o desatendidos de la Historia (con episodios que se revelan tan significativos como los más conocidos y que pueden arrojar tanta luz como estos, no solo sobre una época, sino sobre nuestro lugar en el mundo), el de las historias que se desarrollan en una aldea imaginaria (que quieren mostrar cómo el mundo rural encierra la misma sensibilidad e inteligencia que el urbano), el de los personajes actuales que muestran preocupaciones de todos los tiempos…
En estos textos encontramos temas intemporales: la soledad, el miedo, el paso del tiempo, la amistad, el amor, el sexo, el arrepentimiento, la búsqueda de la felicidad, la infancia, la fantasía, la escritura, la extrañeza del mundo… Los relatos van componiendo un mosaico en el que se reflexiona sobre la condición humana. A veces se producen en ellos revelaciones inesperadas. De pronto surge una modesta verdad que viene a iluminar, a explicar, una vida.

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Y había dos hombres que venían con cierta regularidad a charlar con Julia. Dos amigos suyos que yo acabé heredando. Los dos gallegos. Uno era don E Igna Ben (así firmaba), que vino el primer día que estuve con Julia y siguió yendo todos los días de esa semana.

Don E Igna Ben era un hombre pequeño, muy mayor (noventa y tres años) y muy educado, que iba siempre muy limpio, afeitado y vestido con un traje impecable. Siempre se estaba riendo, con una risa que sonaba como una leve tos. Llevaba años entregando en la secretaría de la Academia un escrito en el que pedía que se enmendase el gentilicio gallego por incorrecto. “Si de Cataluña se forma catalán , o de Andalucía andaluz , ¿por qué de Galicia se forma gallego , y no galego , como es lo lógico y razonable? ¿Qué intereses hay en cambiar la palabra? ¿Por qué no inventan también andalluz , o catallán ?”. Todos los días que iba llevaba a Secretaría un escrito, nunca igual que el anterior, en el que hacía su petición a los académicos. Y siempre le llevaba una copia a Julia, que aquel primer día en que él se presentó, cuando ya se hubo ido, me enseñó un cajón lleno de ellos. Cuando sustituí a Julia yo pasé a recibir la copia. Digo copia, no fotocopia, porque el escrito que entregaba estaba hecho a mano y la copia también (era tan original como el original). Adornaba los bordes con líneas onduladas y tintas de diferentes colores, muy en la línea de Castelao. En los huecos en blanco estampaba distintos sellos que había encargado en alguna imprenta, con estas inscripciones: “dicen dicen dicen”, “Hágase amigo de La Casa de la Troya” y “¿Quién fue el elefante blanco del 23F?”. Lo que era propiamente el escrito insistía una y otra vez en la misma idea, tratando de ignorantes a los académicos. Para él la palabra gallego había sido elaborada y puesta en circulación por ellos, en algún despacho, con el solo objetivo de ridiculizar y humillar a los gallegos. Siempre firmaba, ya lo he dicho, como E Igna Ben. Y siempre, cada día, te volvía a contar qué le había llevado allí. Lo hacía con mucha zumba, lanzando cargas de profundidad contra “estos señores” y riendo con su risa de tos, como si no se tomase en serio lo que estaba diciendo. Pero que no se te ocurriese a ti reírte, porque se ponía serio, tenso, te ametrallaba a ironías y no tenía inconveniente en llamarte ignorante.

Un día don E Igna Ben llegó antes que Julia y se puso a hablarme de ella. Me fue haciendo un retrato de Julia que no se correspondía en nada con la mujer que yo había empezado a conocer. Yo ya había comprobado que ella parecía odiar los libros, no solo los de la librería, sino la categoría Libro. Si me veía llegar de Moyano con una bolsa llena de libros hacía un gesto de asco. Además, me hablaba mucho de la tele, lo que indicaba que su tiempo libre no lo empleaba en leer. Y sin embargo, don E Igna Ben me dijo que a Julia le gustaba escribir. Una vez le había dado a él a leer una novela. “Me gustó mucho. Pero como yo no entiendo de eso se la pasé a los amigos de la tertulia. En el café Gijón tenemos una tertulia. No es de famosos. No. Nosotros hablamos de cosas sin importancia. Nos reímos de cosas sin importancia. Mis amigos dijeron que la novela tenía mucho mérito. Entonces a mí se me ocurrió convocar un premio para que ella presentara su novela. El premio consistiría en un ramo de flores. Se presentaron tres novelas. Las otras dos muy malas, según dijeron. Lo ganó ella, naturalmente. Al saberlo se puso muy contenta. Pero cuando se enteró de que habíamos organizado una comida para la entrega del premio se le cambió la cara. El día de la entrega le mandamos un coche para recogerla y no se presentó. Después dijo que se había puesto enferma. Pero no fue eso. Nos dejó plantados. Un grupo de viejos solos, comiendo en silencio, en una mesa llena de flores… Yo creo que en el último momento le entró miedo. Pensó que la estábamos engañando. Que como era muy gorda, habíamos organizado todo para reírnos de ella. Por eso no fue.” Cuando acabó de contarlo, don E Igna Ben se quedó en silencio, pensativo. Nunca le había visto tan triste y tan callado. Ese día se fue enseguida, antes de que llegara Julia. Cuando llegó, le pregunté si era verdad lo que él había contado y ella confirmó que efectivamente escribió una novela y la presentó a aquel premio. Y que don Igna le dijo que había ganado. Efectivamente una tarde le mandaron un taxi. Y ella estaba preparada. Se había comprado un vestido, había ido a la peluquería... Y en el último momento pensó que todo era una broma, o, peor, una tomadura de pelo, y decidió no ir. Aún lo seguía pensando. “¿A mí me iban a dar un premio de novela? ¿A una mujer mayor a la que no conocía nadie?”. Y hacía un gesto de desdén para expresar que no se lo creía.

Todo esto ocurrió durante mi primera semana de trabajo. A la siguiente, cuando ingresaron a Julia, don E Igna Ben se llevó una gran decepción al no verla. Yo no le dije la verdad, para no entristecerle. Le mentí. Le conté que Julia había cogido vacaciones y se había ido a vivir unos días con su hermana. Pero que había dejado dicho que nos haría visitas.

Un día, además del famoso escrito, don E Igna Ben trajo unas bolsitas con semillas de petunia. Una era para Julia y otra para mí. Quedé en darle las suyas a Julia. Las mías no tenía ninguna intención de sembrarlas. No me gusta tener flores en casa. Las dos bolsitas quedaron en un cajón.

Toda esa semana, cada vez que venía, don E Igna Ben me preguntaba por Julia. Yo le decía que no había vuelto a tener noticias de ella, aunque ya sabía que estaba en el hospital. El mismo día en que me enteré de que había muerto, la noticia me dejó tan trastornado que cuando llegó don E Igna Ben le dije que la tarde anterior había estado Julia y le había dado su bolsita con semillas de petunia. “Me dijo que son sus flores favoritas”, volví a mentir.

En las semanas que siguieron le fui contando cómo habían empezado a brotar las petunias. A cada nueva visita me inventaba detalles sobre aquellas flores que solo crecían en mi imaginación. Le conté que Julia me decía que le habían salido unas flores preciosas. Para que resaltaran más, yo le decía que las mías se me criaban un poco raquíticas. A don E Igna Ben le parecía justo que las flores de Julia fuesen más bonitas. Se reían con su risa de tos. Llegó un momento en que no me costaba inventarme detalles sobre aquellas flores, porque realmente las veía crecer. Fueron meses lo que le estuve hablando de aquellas flores. Le conté que Julia había pedido la jubilación anticipada y que estaba viviendo con su hermana, entregada al cuidado de un precioso jardín, cuyas flores más hermosas eran las petunias.

Un día don E Igna Ben dejó de venir. Tiempo después, los conserjes, con los que también se echaba sus parrafadas, supieron, a través de la hija, que don Igna había cogido un resfriado y una mañana había amanecido muerto en su cama, como un pajarito. Las petunias de mi imaginación dejaron de crecer. Cada vez que me acuerdo de ellas las veo como se encontraban la última vez que vino don Igna.

El otro hombre que venía a ver a Julia era Dionisio Gamallo Fierros, un conocido filólogo. Gamallo era miope (llevaba gafas de culo de vaso), tenía mucho acento gallego, era mayor (no tanto como don Igna), fornido, campechano y muy muy hablador. Cuando se enteró de que Julia había fallecido, se calló unos instantes, desconcertado. Pero enseguida se hizo dueño de la situación. Se sentó en un sillón que había casi de adorno, pues ningún cliente hacía uso de él, y se puso a hablar y hablar, sin volver a acordarse de Julia.

Gamallo hablaba de muchas cosas. De Galicia, de su amigo Dámaso Alonso, de literatura, de historia... Me contó varias veces su teoría de la “Negra Sombra” de Rosalía (después leí su artículo y me pareció que era mucho más brillante hablando que escribiendo), ese padre desconocido que resulta ser un sacerdote (de negra sotana) que seduce a una joven y que pesa sobre toda la vida de la niña, registrada como de “padres desconocidos”.

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