Jean-Paul Sartre - La Náusea
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Doy unos pasos y me detengo. Saboreo el olvido total en que he caído. Estoy entre dos ciudades: una me ignora, la otra ya no me conoce. ¿Quién se acuerda de mí? Quizá una mujer joven y pesada, en Londres… ¿Y acaso piensa en mí? Además está ese tipo, ese egipcio. Tal vez acaba de entrar en su cuarto, tal vez la ha tomado en sus brazos. No soy celoso; bien sé que ella se sobrevive. Aunque me quisiera con toda el alma, sería un amor de muerta. Yo he tenido su último amor vivo. Pero con todo, él puede darle esto: placer. Y si está a punto de desfallecer y de hundirse en lo turbio, entonces ya no hay nada en ella que la una a mí. Goza, y para Anny no soy más que si nunca la hubiera conocido; de golpe se ha vaciado de mí, y todas las otras conciencias del mundo también están vacías de mí. Esto me hace gracia. Sin embargo sé que existo, que yo estoy aquí.
Ahora, cuando digo “yo”, me suena a hueco. Ya no consigo muy bien sentirme, tan olvidado estoy. Todo lo que me queda de real es existencia que se siente existir. Bostezo dulce, largamente. Nadie. Antoine Roquentin no existe para nadie. ¿Qué es eso: Antoine Roquentin? Es algo abstracto. Un pálido y pequeño recuerdo de mí vacila en mi conciencia. Antoine Roquentin… Y de improviso el Yo palidece, palidece, y ya está, se extingue.
Lúcida, inmóvil, desierta, la conciencia está entre paredes; se perpetúa. Nadie la habita ya. Todavía hace un instante alguien decía yo, alguien decía mi conciencia. ¿Quién? Afuera había calles parlantes, con colores y olores conocidos. Quedan paredes anónimas, una conciencia anónima. Esto es lo que hay: paredes y entre las paredes, una pequeña transparencia viviente e impersonal. La conciencia existe como un árbol, como una brizna de hierba. Dormita, se aburre. La pueblan pequeñas existencias fugitivas, como pájaros en las ramas. La pueblan y desaparecen. Conciencia olvidada, abandonada entre estas paredes, bajo el cielo gris. Y éste es el sentido de su existencia: que es conciencia de estar de más. Se diluye, se desparrama, trata de perderse sobre la pared parda , a lo largo del farol o allá en el humo del atardecer. Pero no se olvida jamás; tiene conciencia de ser una conciencia que se olvida. Es su suerte. Hay una voz sofocada que dice: “El tren parte dentro de dos horas” y hay conciencia de esta voz. Hay también conciencia de un rostro. Pasa lentamente. Lleno de sangre, embadurnado, y sus grandes ojos lagrimean. No está entre las paredes, no está en ninguna parte. Se desvanece: lo reemplaza un cuerpo agobiado con una cabeza ensangrentada, se aleja a pasos lentos, a cada paso parece detenerse, no se detiene nunca. Hay conciencia de ese cuerpo que camina lentamente por una calle oscura. Camina, pero no se aleja. La calle oscura no acaba, se pierde en la nada. No está entre los muros, no está en ninguna parte. Y hay conciencia de una voz sofocada que dice: “El Autodidacto vaga por la ciudad”.
No en la misma ciudad, no entre estos muros inexpresivos; el Autodidacto camina por una ciudad feroz, que no lo olvida. Hay gentes que piensan en él: el corso, la señora gorda; quizás todo el mundo, en la ciudad. Aún no ha perdido, no puede perder su yo, ese yo ajusticiado, sangriento que no han querido ultimar. Le duelen la nariz, los labios; piensa: “Me duele”. Camina, tiene que caminar. Si se detuviera un solo instante, los altos muros de la biblioteca se erguirían bruscamente a su alrededor, lo encerrarían; el corso surgiría a su lado, y la escena volvería a empezar, exactamente igual en todos sus detalles, y la mujer se mofaría: “Estas basuras deberían estar en la cárcel” Camina, no quiere volver a su casa: el corso lo espera en el cuarto, y la mujer, y los dos muchachos: “No vale la pena negarlo, lo he visto”. Y la escena empezaría de nuevo. Piensa: “¡Dios mío, si no lo hubiese hecho, si pudiera no haberlo hecho, si pudiera no ser cierto!”
El rostro inquieto pasa una y otra vez delante de la conciencia: “Puede que se mate”. Pero no; esa alma dulce y acosada no puede pensar en la muerte.
Hay conocimiento de la conciencia. Ella se ve de parte a parte, apacible y vacía entre los muros, libre del hombre que la habitaba, monstruosa porque no es nadie. La voz dice: “Las valijas están registradas. El tren parte dentro de dos horas”. Los muros se deslizan a derecha e izquierda. Hay conciencia del macadam. Conciencia de la ferretería, de las aspilleras del cuartel, y la voz dice: “Por última vez”.
Conciencia de Anny, de Anny la gorda, de la vieja Anny en su cuarto de hotel; hay conciencia del dolor, el dolor es consciente entre los largos muros que se van y no volverán nunca: “¿Pero no terminará esto?” la voz canta entre los muros una melodía de jazz, “some of these days”; ¿pero no terminará? y la melodía vuelve despacito, por detrás, a recobrar la voz, y la voz canta sin poder detenerse, y el cuerpo camina y hay conciencia de todo esto y conciencia ¡ay! de la conciencia. Pero no hay nadie para padecer y retorcerse las manos y compadecerse de sí mismo. Nadie; es un puro padecimiento de las encrucijadas, un padecimiento olvidado, que no puede olvidarse. Y la voz dice: “Ahí está el Rendez-vous des cheminots” y el Yo surge en la conciencia, soy yo, Antoine Roquetin, salgo para París dentro de un rato; vengo a despedirme de la patrona.
– Vengo a despedirme de usted.
– ¿Sé marcha, señor Antoine?
– Me instalaré en París, para cambiar.
– ¡Afortunado!
¿Cómo pude oprimir mis labios contra ese amplio rostro? Su cuerpo ya no me pertenece. Todavía ayer hubiera sabido adivinarlo bajo el vestido de lana negra. Hoy el vestido es impenetrable. Ese cuerpo blanco, con las venas a flor de piel, ¿era un sueño?
– Lo echaremos de menos -dice la patrona-. ¿No quiere tomar algo? Convido yo.
Nos instalamos, brindamos. Ella baja un poco la voz.
– Me había acostumbrado a usted -dice con un pesar cortés-, nos entendíamos bien.
– Vendré a verla.
– Eso es, señor Antoine. Cuando pase por Bouville, vendrá usted a hacernos una visita. Se dirá: “voy a saludar a Mme. Jeanne, será un gusto para ella”. Es cierto, a uno le gusta saber qué es de la gente. Además, aquí siempre vuelven. Tenemos marinos, empleados de la Transat; a veces me paso dos años sin verlos; unas veces están en Brasil o en Nueva York o hacen el servicio en Burdeos en un barco mercante. Y un buen día vuelvo a verlos. “Buenos días, Mme. Jeanny”. Tomamos un vaso juntos. No me crea si quiere, pero recuerdo lo que suelen beber. ¡A dos años de distancia! Digo a Madeleine: “Sírvale un vermut seco a M. Pierre, un Noilly Cinzano a M. León”. Me dicen: “¿Cómo se acuerda, patrona?” -“Es mi oficio”, les contesto.
En el fondo de la sala hay un hombre gordo que se acuesta con ella desde hace poco. La llama.
– ¡Patronita!
La patrona se levanta:
– Discúlpeme, señor Antoine.
La criada se me acerca:
– ¿Así que nos deja usted?
– Voy a París.
– He vivido en París -dice con orgullo-. Dos años. Trabajé en el Simeón. Pero sentía nostalgia de esto.
Vacila un poco, y se da cuenta de que no tiene nada más que decirme:
– Bueno, adiós señor Antoine.
Se limpia la mano en el delantal y me la tiende.
– Adiós, Madeleine.
Se va. Acerco el Diario de Bouville y luego lo rechazo; hace un rato, en la biblioteca, lo leí de la primera a la última línea.
La patrona no vuelve; abandona a su amigo sus manos regordetas que él oprime con pasión.
El tren parte dentro de tres cuartos de hora.
Hago mis cuentas, para distraerme.
Mil doscientos francos por mes no son gran cosa. Sin embargo, reduciéndome un poco, deberían bastar. Una habitación de trescientos francos, quince francos por día para la comida; quedarán cuatrocientos cincuenta francos para la lavandera, los gastos menudos y el cine. No necesitaré ropa interior, ni trajes por mucho tiempo. Los dos que tengo están limpios aunque un poco brillantes en los codos; me durarán tres o cuatro años más si los cuido.
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