Jean-Paul Sartre - La Náusea

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Por ecima de su formato de diario íntimo, La náusea (1938) es sin duda una novela metafísica, una novela de un innegable calado filosófico, pero tambien es el relato detallado de la experiencia humana de una calamidad, de una calamidad de nuestro tiempo: el sentimiento y la contemplación del absurdo de la existencia

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¿Y si sucediera algo? ¿Si de golpe se pusiera a palpitar? Entonces comprenderían que está aquí y les parecería que el corazón iba a estallarles. ¿Entonces de qué les servirían sus diques y sus murallas, y sus centrales eléctricas, sus altos hornos, sus prensas hidráulicas? Puede suceder en cualquier momento, quizá en seguida; éstos son los presagios. Por ejemplo, un padre de familia de paseo vera acercársele, por la calle, un guiñapo rojo como empujado por el viento. Y cuando el guiñapo esté muy cerca, verá que es un trozo de carne podrida, manchada de polvo, que se arrastra reptando, brincando, un pedazo de carne torturada que rueda por las alcantarillas proyectando espasmódicos chorros de sangre. O una madre mirará la mejilla de su hijo y le preguntará: “¿Qué tienes ahí? ¿Un grano?” y verá que la carne se hincha, se resquebraja un poco, se entreabre, y en el fondo de la grieta aparecerá un tercer ojo, un ojo risueño. O sentirán suaves roces en todo el cuerpo, como las caricias que los juncos hacen a los nadadores en la ribera. Y sabrán que sus ropas se han convertido en cosas vivas. Y otro encontrará que algo le raspa en la boca. Y se acercará a un espejo, abrirá la boca; y su lengua se habrá convertido en un enorme ciempiés vivo, que agitará las patas y le arañará el paladar. Querrá escupirlo, pero el ciempiés será una parte de sí mismo y tendrá que arrancárselo con las manos. Y aparecerán multitud de cosas para las cuales habrá que buscar nombres nuevos: el ojo de piedra, el gran brazo tricornio, el pulgar-muleta, la araña-muleta. Y aquél que esté dormido en su buena cama, en su dulce cuarto caliente, se despertará desnudo en un piso azulado, en un bosque de vergas zumbantes, erguidas, rojas y blancas, hacia el cielo, como las chimeneas de Jouxtebouville, con grandes testículos medio salidos de tierra, velludos y bulbosos, como cebollas. Y revolotearán pájaros alrededor de estas vergas y las picotearán y las harán sangrar. El esperma correrá lenta, dulcemente, de esas heridas, esperma con sangre, vidrioso y tibio, con burbujitas. O no sucederá nada de todo esto, no se producirá ningún cambio apreciable, pero una mañana, al abrir las celosías, las gentes quedarán sorprendidas porque las cosas estarán pesadamente rasgadas de una especie de sentido horrible, como si esperaran. Nada más que esto; pero por poco que dure, habrá cientos de suicidios. ¡Bueno, sí! Que esto cambie un poco, para ver; no pido otra cosa. Entonces veremos a otros bruscamente sumidos en la soledad. Hombres solos, completamente solos, con horribles monstruosidades, correrán por las calles, pasarán pesadamente delante de mí, con los ojos fijos, huyendo de sus males y llevándolos consigo, con la boca abierta y su lengua-insecto batiendo las alas. Entonces lanzaré una carcajada, aunque mi cuerpo esté cubierto de sucias costras opacas que se abrirán en flores de carne, en violetas, en ranúnculos. Me apoyaré en una pared y les gritaré al pasar: “¿Qué habéis hecho de vuestra ciencia? ¿Qué habéis hecho de vuestro humanismo? ¿Dónde está vuestra dignidad de cañas pensantes?” No tendré miedo, o por lo menos no más que en este momento. ¿Acaso no será siempre existencia, variaciones sobre la existencia? Todos esos ojos que devorarán lentamente un rostro, estarán de más, sin duda, pero no más que los dos primeros. La existencia es lo que temo.

Cae la noche, las primeras lámparas se encienden en la ciudad. ¡Dios mío! Qué natural parece la ciudad a pesar de todas sus geometrías, qué aplastada por la noche. Es tan… evidente, desde aquí: ¿es posible que yo sea el único en verlo? ¿No hay en ninguna parte otra Casandra, en la cima de una colina, mirando a sus pies una ciudad sumergida en el fondo de la naturaleza? Por lo demás, ¿qué me importa? ¿Qué podría decirle?

Muy despacito mi cuerpo se vuelve hacia el este, oscila un poco y echa a andar.

Miércoles: mi último día en Bouville.

He recorrido la ciudad entera en busca del Autodidacto. Seguramente no ha regresado a su casa. Ha de caminar sin rumbo, abrumado de vergüenza y de horror ese pobre humanista de quien los hombres no quieren saber ya nada. A decir verdad, no me sorprendí cuando sucedió la cosa, sentía desde hace mucho tiempo que su cabeza dulce y temerosa llamaba sobre sí el escándalo. Era tan poco culpable; su humilde amor contemplativo por los muchachos jóvenes es apenas sensualidad, más bien una forma de humanismo. Pero algún día tenía que encontrarse solo. Como M. Achille, como yo: es de mi raza, tiene buena voluntad. Ahora ha entrado en la soledad, y para siempre. Todo se ha desmoronado de golpe: sus sueños de cultura, sus sueños de armonía con los hombres. Primero vendrá el miedo, el horror y las noches sin sueño; después de esto, la larga serie de días de exilio. Irá a vagabundear, de noche, por el patio de las Hipotecas; mirará de lejos las ventanas resplandecientes de la biblioteca, y se le oprimirá el corazón cuando recuerde las largas hileras de libros, sus encuadernaciones en cuero, el olor de sus páginas. Lamento no haberlo acompañado, pero no quiso; fue él quien me suplicó que lo dejara solo; comenzaba el aprendizaje de la soledad. Estoy escribiendo esto en el café Mably. Entré ceremoniosamente; quería contemplar al encargado, a la cajera y sentir con fuerza que los veía por última vez. Pero no puedo apartar mi pensamiento del Autodidacto, tengo siempre delante de los ojos su rostro descompuesto, cargado de reproche y su cuello alto con manchas de sangre. Entonces pedí papel y ahora voy a contar lo que le sucedió.

Me dirigí a la biblioteca a eso de las dos de la tarde. Pensaba: “La biblioteca. Entro aquí por última vez”.

La sala estaba casi desierta. Me costaba reconocerla porque sabía que no volvería nunca más. Estaba ligera como vapor, casi irreal, toda rojiza; el sol poniente teñía de rojo la mesa reservada a las lectoras, la puerta, los lomos de los libros. Por un segundo tuve la impresión encantadora de penetrar en un bosque lleno de hojas doradas; sonreí. Pensé: “Cuánto tiempo que no sonrío”. El corso miraba por la ventana, con las manos atrás. ¿Qué veía? ¿El cráneo de Impétraz? “Yo ya no veré el cráneo de Impétraz, ni su chistera, ni su levita. Dentro de seis horas, habré salido de Bouville”. Dejé en el escritorio del sub-bibliotecario los dos volúmenes que había pedido el mes pasado. El sub-bibliotecario rompió una ficha verde y me tendió los pedazos:

– Sírvase, M. Roquentin.

– Gracias.

Pensé: “Ahora, no les debo ya nada. No debo ya nada a nadie de aquí. Dentro de un rato iré a despedirme de la patrona del Rendez-vous des Cheminots. Soy libre”. Vacilé unos instantes: ¿emplearía esos últimos momentos en hacer un largo paseo por Bouville, en ver de nuevo el bulevar Victor-Noir, la avenida Galvani, la calle Tournebride? Pero aquel bosque era tan tranquilo, tan puro; me daba la impresión de que apenas existía, y de que la Náusea lo había pasado por alto. Fui a sentarme cerca de la estufa. Sobre la mesa estaba el Journal de Bouville. Estiré la mano, lo tomé.

Salvado por su perro.

M. Dubosc, propietario de Remiredon, regresaba anoche en bicicleta de la feria de Naugis…

Una señora gorda vino a sentarse a mi derecha. Dejó el sombrero de fieltro a su lado. Tenía la nariz plantada en la cara como un cuchillo en una manzana. Bajo la nariz, un agujerito obsceno se fruncía desdeñosamente. Sacó de su bolso un libro encuadernado, se acodo en la mesa apoyando la cabeza en sus manos gordas. En frente de mí dormía un señor viejo. Lo conocía: estaba en la biblioteca la noche que tuve tanto miedo. Creo que él también tuvo miedo. Pensé: “Qué lejos quedó todo aquello”

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