Jean-Paul Sartre - La Náusea

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Por ecima de su formato de diario íntimo, La náusea (1938) es sin duda una novela metafísica, una novela de un innegable calado filosófico, pero tambien es el relato detallado de la experiencia humana de una calamidad, de una calamidad de nuestro tiempo: el sentimiento y la contemplación del absurdo de la existencia

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Fue entonces cuando el corso empezó a aullar. Se había situado, sin que lo oyeran, detrás de la silla del Autodidacto. Estaba carmesí y parecía reír, pero sus ojos centelleaban. Salté de mi silla, pero me sentí casi aliviado: la espera era demasiado penosa. Deseaba que aquello terminara lo antes posible, que lo echaran si querían, pero que terminara. Los dos muchachos, blancos como el papel, tomaron sus valijas en un abrir y cerrar de ojos, y desaparecieron.

– Lo he visto -gritaba el corso ebrio de furor-, esta vez lo be visto, no irá usted a decir que no es cierto. ¿Irá a decirme, que esta vez no es cierto?. ¿Cree que no vi su manejo? No soy ciego, buen hombre. ¡Paciencia, me decía yo, paciencia! Cuando lo pesque le costará caro. Oh, si, le costará caro. Conozco su nombre, conozco su dirección, me he informado, ¿comprende? También conozco a su patrón, M. Chuillier. Será él el sorprendido mañana por la mañana, cuando reciba una carta del señor bibliotecario. ¿Eh? Cállese -le dice, revolviendo los ojos-. Ante todo, no hay por qué imaginar que esto se detendrá aquí. En Francia hay tribunales para gente de su clase. ¡El señor se instruía! ¡El señor completaba su cultura! El señor, me molestaba todo el tiempo por informes o libros. Nunca me la hizo tragar, ¿sabe?

El Autodidacto no demostraba sorpresa. Hacía años que esperaba este desenlace Cien veces se habría imaginado lo que sucedería cuando el corso se deslizara con paso furtivo detrás de él y una voz furiosa resonara de golpe en sus oídos. Y sin embargo, volvía todas las tardes, continuaba febrilmente sus lecturas y, de vez en cuando, como un ladrón, acariciaba la mano blanca, o tal vez la pierna de un muchachito. Era más bien resignación lo que yo leía en su rostro.

– No sé que quiere usted decir -balbuceó-, hace años que vengo aquí.

Fingía indignación, sorpresa, pero sin convencimiento. Sabía perfectamente que el hecho estaba allí, y que ya nada podría detenerlo, que era preciso vivir sus minutos uno por uno.

– No le haga caso, yo lo he visto -dijo mi vecina. Se había levantado pesadamente-: ¡Ah, no! No es la primera vez que lo veo; el lunes pasado, sin ir más lejos, lo vi y no quise decir nada porque no di crédito a mis ojos, y no hubiera pensado que en una biblioteca, un lugar serio donde la gente viene a instruirse, pasaran cosas que hacen sonrojar. No tengo hijos, pero compadezco a las madres que envían a los suyos a trabajar aquí y creen que están bien tranquilos, al abrigo, cuando hay monstruos que no respetan nada y les impiden hacer los deberes.

El corso se acercó al Autodidacto.

– ¿Oye lo que dice la señora? -le gritó a la cara-. No necesita usted representar una comedia. ¡Lo han visto, cochino infeliz!

– Señor, le ordeno que sea educado -dijo el Autodidacto con dignidad. Estaba en su papel. Acaso hubiera querido confesar, huir, pero tenía que desempeñar su papel basta el fin. No miraba al corso, había cerrado casi los ojos. Le colgaban los brazos; estaba horriblemente pálido. Y entonces, de golpe, una ola de sangre le subió al rostro.

El corso se ahogaba de furor.

– ¿Educado? ¡Porquería! Quizá crea usted qué no lo he visto. Lo espiaba, ya le digo. Hace meses que lo espío. El Autodidacto se encogió de hombros y fingió sumirse de nuevo en la lectura. Escarlata, con los ojos llenos de lágrimas, había adoptado un aire de extremo interés y miraba atentamente una reproducción de mosaico bizantino.

– Tiene el tupé de seguir leyendo -dijo la señora mirando al corso.

Éste estaba indeciso. Al mismo tiempo, el sub-bibliotecario, un joven tímido y bien pensado, a quien el corso aterroriza, se había levantado lentamente por encima del escritorio, y gritaba: “Paoli, ¿qué pasa?”. Hubo un segundo de indecisión y pude esperar que el asunto quedaría ahí. Pero el corso debió de pensar en sí mismo y sentirse ridículo. Enervado, sin saber ya qué decir a esa víctima muda, se irguió en toda su talla y lanzó un gran puñetazo al vacío. El Autodidacto se volvió espantado. Miraba al corso con la boca abierta; había un miedo horrible en sus ojos.

– Si usted me golpea, me quejaré -dijo penosamente-; quiero irme por mi propia voluntad.

Yo me había levantado también, pero era demasiado tarde; el torso emitió un pequeño gemido voluptuoso y de improviso aplastó el puño en la nariz del Autodidacto. Por un segundo sólo vi los ojos de éste, sus magníficos ojos abiertos de dolor y vergüenza sobre una manga y un puño moreno. Cuando el corso retiró el puño, la nariz del Autodidacto comenzaba a chorrear sangre. Quiso llevarse las manos a la cara, pero el corso le dio otro golpe en la comisura de los labios. El Autodidacto se desplomó sobre la silla y miró hacia adelante con ojos tímidos y dulces. La sangre le corría de la nariz a, la ropa. Tanteó con la mano derecha en busca del paquete mientras con la izquierda, obstinadamente, trataba de enjugar sus nances empapadas.

– Me voy -dijo como para sí.

La mujer, a mi lado, estaba pálida y le brillaban los ojos.

– Tipo cochino, bien hecho.

Yo temblaba de cólera. Rodeé la mesa, tomé al pequeño corso por el cuello y lo levanté pataleando: de buena gana lo hubiera aplastado contra la mesa. Se había puesto azul, se debatía, trataba de arañarme; pero sus brazos cortos no alcanzaban mi cara. Yo no decía nada, pero quería golpearlo en la nariz y desfigurarlo. El corso lo comprendió, alzó el codo para protegerse el rostro; me alegraba ver, que tenía miedo. De pronto se puso a hipar:

– Suélteme, bruto. ¿También usted es un marica?

Todavía me pregunto por qué lo solté. ¿Temí las complicaciones? ¿Me han enmohecido estos años perezosos en Bouville? En otro tiempo no lo hubiera dejado sin haberle roto los dientes. Me volví hacia el Autodidacto que al fin se había levantado. Pero evitaba mi mirada; con la cabeza baja, fue a descolgar su abrigo. Se pasaba constantemente la mano izquierda por debajo de la nariz, como si siquiera detener la sangre. Pero la sangre seguía salpicando y temí que se descompusiera. Masculló, sin mirar a nadie:

– Hace años que vengo aquí…

Pero apenas estuvo sobre sus pies, el hombrecito recuperó el dominio de la situación…

– Lárguese -dijo al Autodidacto-, y no vuelva a poner los pies aquí o lo haré salir con la policía.

Alcancé al Autodidacto al pie de la escalera. Me sentía incómodo, avergonzado de su vergüenza; no sabía qué decirle. No pareció advenir mi presencia. Por fin sacó el pañuelo y escupió algo. La nariz le sangraba un poco menos.

– Venga conmigo a una farmacia – le dije desmañadamente.

No respondió. Un inerte rumor salía de la sala de lectura. Toda aquella gente debía de hablar al mismo tiempo. La mujer lanzó una carcajada aguda.

– Nunca más podré volver -dijo el Autodidacto. Se volvió y miró con aire perplejo la escalera, la entrada de la sala de lectura. Este movimiento le hizo correr la sangre entre el cuello postizo y el pescuezo. Tenía la boca y las mejillas embadurnadas de sangre.

– Venga -le dije tomándolo del brazo.

Tembló y se desprendió violentamente.

– ¡Déjeme!

– Pero no puede quedarse solo. Hay que lavarle la cara, hay que curarlo.

El Autodidacto repetía:

– Déjeme, se lo ruego, señor, déjeme.

Estaba al borde de una crisis nerviosa; lo dejé alejarse. El sol poniente iluminó un momento su espalda encorvada; después desapareció. En el umbral de la puerta había una mancha de sangre, estrellada.

Una hora más tarde.

El tiempo está gris, se pone el sol; dentro de dos horas parte el tren. Crucé por última vez el jardín público y me paseo por la calle Boulibet. que es la calle Boulibet, pero no la reconozco. Por lo general, cuando me metía en ella, me parecía atravesar una profunda capa de buen sentido; tosca y cuadrada, la calle Boulibet se asemejaba, con su seriedad sin gracia alguna, su calzada comba y embreada, a las rutas nacionales cuando atraviesan las villas ricas, flanqueadas, durante más de un kilómetro, por voluminosas casas de dos pisos; yo la llamaba calle de paisanos y me encantaba por estar tan fuera de sitio, tan paradójica en un puerto comercial. Hoy las casas están ahí, pero han perdido su aspecto rural; son inmuebles, nada más. En el jardín público tuve, hace un rato, una impresión del mismo tipo; las plantas, el césped, la fuente de Olivier Masqueret parecían obstinadas a fuerza de ser inexpresivas. Comprendo: la ciudad es la primera en abandonarme. No he salido de Bouville y ya no estoy. Bouville guarda silencio. Me parece extraño tener que quedarme dos horas todavía en esta ciudad que sin preocuparse ya de mí ordena sus muebles y los enfunda para descubrirlos en toda su frescura esta noche, mañana, a los recién llegados. Me siento más olvidado que nunca.

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