Jean-Paul Sartre - La Náusea
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A las cuatro y media entró el Autodidacto. Me hubiera gustado estrecharle la mano y despedirme de él. Pero hay que convencerse de que nuestra última entrevista le dejó un mal recuerdo: me hizo un saludo distante y fue a depositar, bastante lejos de mí, un paquetito blanco que debía de contener, como de costumbre, una rebanada de pan y una tableta de chocolate. Al cabo de un momento volvió con un libro ilustrado que puso junto al paquete. Pensé: “Lo veo por última vez” Mañana a la noche, pasado mañana a la noche, todas las noches que sigan, vendrá a leer a esta mesa comiendo su pan y su chocolate, proseguirá con paciencia su roer de rata, leerá las obras de Nadaud, Naudeau, Nodier, Nys, interrumpiéndose de vez en cuando para anotar una frase en su libretita. Y yo caminaré por París, por las calles de París, veré nuevas caras. ¿Qué me sucedería, mientras él estuviera aquí, mientras la lámpara iluminara su rostro gordo y reflexivo? Sentí justo a tiempo que iba a dejarme atrapar de nuevo por el espejismo de la aventura. Me encogí de hombros y reanudé la lectura.
Bouville y sus contornos.
Monistiers.
Actividad de la brigada de gendarmería durante el año 1932. El sargento de caballería Gaspard, al frente de la brigada de Monistiers, y sus cuatro gendarmes: Lagoutte, Nizan, Pierpont y Ghil, no han descansado durante el año 1932. En efecto, nuestros gendarmes han podido comprobar 7 crímenes, 82 delitos, 159 contravenciones, 6 suicidios y 15 accidentes de automóvil, 3 de ellos mortales.
Jouxtebouville.
Grupo amistoso de Trompetas de Jouxtebouville.
Hoy ensayo general, entrega de entradas para el concierto anual.
Compostel.
Entrega de la Legión de Honor al Alcalde.
El turista bouvillés (Fundación Scout bouvillés, 1924):
Esta noche a las 20 y 45, reunión mensual en la sede social, calle Ferdinand Byron 10, sala A. Orden del día: lectura de la última acta. Correspondencia; banquete anual, cotización 1932, programa de las salidas en marzo; cuestiones diversas; adhesiones.
Protectora de animales (Sociedad bouvillesa): El jueves próximo, de 15 a 17 horas, sala C, calle Ferdinand Byron 10, Bouville, permanencia pública. Dirigir la correspondencia al presidente, a la sede o a la avenida Galvani 154.
Club bouvillés del perro de defensa… Asociación bouvillesa de enfermos de guerra… Cámara sindical de patrones de taxis… Comité bouvillés de Amigos de las Escuelas Normales…
Entraron dos muchachos con valijas. Alumnos del liceo. Al corso le gustan mucho los alumnos del liceo, porque puede ejercer sobre ellos una vigilancia paternal. A menudo los deja, por gusto, charlar y agitarse en las sillas; de pronto va con paso furtivo, se detiene detrás de ellos y los reprende: “¿Es éste el comportamiento de muchachos grande? Si no prometen cambiar, el señor bibliotecario está decidido a quejarse al señor Provisor”. Y si protestan, los mira con sus ojos terribles: “Denme sus nombres”. También dirige sus lecturas: en la biblioteca ciertos volúmenes están marcados con una cruz roja; es el Infierno: obras de Gide, de Diderot, de Baudelaire, tratados de medicina. Cuando un alumno del liceo pide en consulta uno de esos libros, el corso le hace una seña, lo lleva a un rincón y lo interroga. Al cabo de un momento estalla, y su voz llena la sala de lectura: “Sin embargo hay libros más interesantes, cuando se tiene su edad. Libros instructivos. En primer lugar, ¿terminó usted sus deberes? ¿En qué clase está usted? ¿En segundo? ¿Y no tiene nada que hacer después de las cuatro? Su profesor viene aquí a menudo; le hablaré de usted”.
Los dos muchachos permanecían plantados cerca de la estufa. El más joven tenía un hermoso pelo castaño, la piel casi demasiado fina y una boquita maligna y orgullosa. Su compañero, un gordo fornido con una sombra de bigote, le tocó el codo y murmuró unas palabras. El morenito no respondió, pero esbozó una sonrisa imperceptible, llena de altivez y suficiencia. Después los dos eligieron al descuido un diccionario de uno de los estantes y se acercaron al Autodidacto que los miraba con ojos fatigados. Los muchachos parecían ignorar su existencia, pero se sentaron junto a él, el morenito a su izquierda y el rubio a la izquierda del morenito. En seguida comenzaron a hojear el diccionario. El Autodidacto dejó errar su mirada por la sala y volvió a su lectura. Jamás sala alguna de biblioteca ofreció espectáculo más tranquilizador; yo no oía un ruido, salvo el aliento corto de la señora gorda; sólo veía cabezas inclinadas sobre volúmenes en octavo. Sin embargo, en ese momento tuve la impresión de que iba a producirse un acontecimiento desagradable. Todas esas gentes que bajaban los ojos con aire aplicado, estaban como representando una comedia; yo había sentido pasar, momentos antes, sobre nosotros, algo como un hálito de crueldad.
Había terminado mi lectura y no me decidía a irme; aguardaba, fingiendo leer el periódico. Lo que acrecía mi curiosidad y mi turbación era que los demás también aguardaban. Me parecía que mi vecina volvía con más rapidez las páginas del libro. Pasaron unos minutos, y oí cuchicheos. Alcé prudentemente la cabeza. Los dos chicos habían cerrado el diccionario. El morenito no hablaba, volvía hacia la derecha un rostro lleno de deferencia e interés. Medio oculto detrás de su hombro, el rubio aguzaba el oído y se regodeaba en silencio. “¿Pero quién habla?” pensé.
Era el Autodidacto. Se había inclinado hacia su joven vecino, mirándolo a los ojos, y le sonreía; yo le veía mover los labios; de vez en cuando palpitaban sus largas pestañas. No le conocía ese aire de juventud; estaba casi encantador. Pero por momentos se interrumpía y echaba hacia atrás una mirada inquieta. El muchachito parecía beber sus palabras. Esta escenita no tenía nada de extraordinario y ya me aprestaba a proseguir mi lectura, cuando vi que el muchacho deslizaba lentamente su mano detrás de la espalda sobre el borde de la mesa. Así oculta a los ojos del Autodidacto, anduvo un instante y se puso a tantear a su alrededor; luego, habiendo hallado el brazo del rubio gordo, lo pellizcó violentamente. El otro, demasiado absorbido gozando de las palabras del Autodidacto, no la había visto venir. Dio un salto y su boca se abrió desmesuradamente bajo el efecto de la sorpresa y de la admiración. El morenito había conservado su expresión de interés respetuoso. Hubiera podido dudarse de si le pertenecía esa mano traviesa. “¿Qué va a hacer?” pensé. Comprendí que algo innoble iba a producirse, también veía que aún era tiempo de impedir que aquello se produjera. Pero no lograba adivinar qué era lo que había que impedir. Por un segundo se me ocurrió levantarme, dar un golpecito en el hombro del Autodidacto y entablar una conversación con él. Pero en el mismo momento, el Autodidacto sorprendió mi mirada. Cesó bruscamente de hablar y frunció los labios con aire de irritación. Desalentado, aparté rápidamente los ojos y volví al periódico, fingiendo naturalidad. Entre tanto, la señora gorda dejó el libro y levantó la cabeza. Parecía fascinada. Sentí con claridad que iba a estallar el drama: todos querían que estallara. ¿Qué podía hacer yo? Eché ana ojeada hacía el corso; ya no miraba por la ventana, se había vuelto a medias hacia nosotros. Pasó un cuarto de hora. El Autodidacto había reanudado su cuchicheo. Ya no me atrevía a mirarlo, pero imaginaba tan bien su aire juvenil y tierno y las pesadas miradas que gravitaban sobre él sin que lo supiera. En un momento oí su risa, una risita aflautada e infantil. Esto me oprimió el corazón; era como si unos chicuelos sucios fueran a ahogar un gato. De pronto los cuchicheos cesaron. Aquel silencio me pareció trágico: era el fin, la muerte. Yo bajaba la cabeza hacia el periódico y fingía leer, pero no leía; alzaba el entrecejo y levantaba los ojos todo lo posible para sorprender lo que sucedía en aquel silencio, frente a mí. Volviendo ligeramente la cabeza, logré pescar algo con el rabillo del ojo: era una mano, la pequeña mano blanca que hacía un rato se deslizara a lo largo de la mesa. Ahora reposaba sobre el dorso, floja, suave y sensual, con la indolente desnudez de una bañista calentándose al sol. Un objeto moreno y velludo se acercó, vacilante. Era un gran dedo amarillento de tabaco; tenía, junto a esa mano, toda la falta de gracia del sexo masculino. Se detuvo un instante, rígido, apuntando hacia la palma frágil, y de pronto, tímidamente, comenzó a acariciarla. Yo no estaba asombrado sino furioso contra el Autodidacto; ¿no podía contenerse, el imbécil?; ¿no comprendía el peligro que corría? Le quedaba una posibilidad, una pequeña posibilidad: si apoyaba las dos manos sobre la mesa, a cada lado del libro, si permanecía absolutamente tranquilo, quizá escapara por esta vez a su destino. Pero yo sabía que iba a perder esa posibilidad; el dedo pasaba suave, humildemente, por la carne inerte, la rozaba apenas sin atreverse a hacer presión; se hubiera dicho que era consciente de su fealdad. Alcé de golpe la cabeza, no podía soportar ese pequeño vaivén obstinado; buscaba los ojos del Autodidacto y tosía con fuerza para avisarle. Pero él había cerrado los párpados, sonreía. Su otra mano había desaparecido bajo la mesa. Los muchachitos ya no reían, estaban muy pálidos. El morenito fruncía los labios, tenía miedo, como si se sintiera abrumado por los acontecimientos. Sin embargo no retiraba la mano, la dejaba sobre la mesa, inmóvil, apenas un poco crispada. Su camarada abría la boca, con aire estúpido y horrorizado.
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