Jean-Paul Sartre - La Náusea
Здесь есть возможность читать онлайн «Jean-Paul Sartre - La Náusea» весь текст электронной книги совершенно бесплатно (целиком полную версию без сокращений). В некоторых случаях можно слушать аудио, скачать через торрент в формате fb2 и присутствует краткое содержание. Жанр: Философия, на испанском языке. Описание произведения, (предисловие) а так же отзывы посетителей доступны на портале библиотеки ЛибКат.
- Название:La Náusea
- Автор:
- Жанр:
- Год:неизвестен
- ISBN:нет данных
- Рейтинг книги:3 / 5. Голосов: 1
-
Избранное:Добавить в избранное
- Отзывы:
-
Ваша оценка:
- 60
- 1
- 2
- 3
- 4
- 5
La Náusea: краткое содержание, описание и аннотация
Предлагаем к чтению аннотацию, описание, краткое содержание или предисловие (зависит от того, что написал сам автор книги «La Náusea»). Если вы не нашли необходимую информацию о книге — напишите в комментариях, мы постараемся отыскать её.
La Náusea — читать онлайн бесплатно полную книгу (весь текст) целиком
Ниже представлен текст книги, разбитый по страницам. Система сохранения места последней прочитанной страницы, позволяет с удобством читать онлайн бесплатно книгу «La Náusea», без необходимости каждый раз заново искать на чём Вы остановились. Поставьте закладку, и сможете в любой момент перейти на страницу, на которой закончили чтение.
Интервал:
Закладка:
– ¿Por qué?
Me echa una mirada irónica y no responde.
– Ahora -dice- vivo rodeada por mis pasiones difuntas. Trato de recuperar aquel espléndido furor que me precipitó desde el tercer piso, a los doce años, un día que mi madre me azotó.
Agrega, sin relación aparente, con aire lejano:
– Tampoco es bueno mirar demasiado tiempo los objetos. Los miro para saber qué son y tengo que apartar rápidamente los ojos.
– ¿Pero por qué?
– Me desagradan.
¿No se diría?… En todo caso, seguramente hay semejanzas. Ya una vez, en Londres sucedió esto; habíamos pensado separadamente las mismas cosas sobre los mismos temas, casi en el mismo momento. Me gustaría tanto que… Pero el pensamiento de Anny da numerosos rodeos; nunca se está seguro de haberla comprendido del todo. Necesito estar seguro.
– Escucha, quería decirte que jamás supe muy bien lo que eran los momentos perfectos; nunca me lo has explicado.
– Sí, lo sé, no hacías ningún esfuerzo. Eras una estaca a mi lado.
– ¡Ay! Yo sé lo que me costó.
– Mereciste todo lo que te ha sucedido, eras muy culpable; me irritabas con tu aire sólido. Parecías decirme: yo soy normal; y te empeñabas en respirar salud, chorreabas salud moral.
– Sin embargo te pedí más de cien veces que me explicaras lo que era un…
– Sí, pero en qué tono -dice colérica-, condescendías a informarte, ésa es la verdad. Lo preguntabas con una amabilidad distraída, como las señoras de edad me preguntaban a qué estaba jugando cuando era chica. En el fondo -continúa soñadora-, me pregunto si no ha sido a ti a quien más he odiado.
Hace un esfuerzo, se recobra y sonríe con las mejillas encendidas todavía. Está muy bella.
– Con mucho gusto te lo explicaré. Ahora soy bastante vieja para hablar sin cólera, a las señoras de edad como tú, de los juegos de mi infancia. Vamos, habla, ¿qué es lo que quieres saber?
– Qué era aquello.
¿Te he hablado de las situaciones privilegiadas?
– ¡No lo creo!
– Sí -dice con seguridad-. Fue en Aix, en aquella plaza cuyo nombre ya no recuerdo. Estábamos en el jardín de un café, a pleno sol, bajo sombrillas anaranjadas. ¿No te acuerdas?, bebimos limonada y yo encontré moscas muertas en el azúcar en polvo.
– Ah, sí, tal vez…
– Bueno, te hablé de eso en aquel café. A propósito de la gran edición de la Historia de Michelet, la que yo poseía cuando era chica. Era mucho más grande que ésta y las hojas tenían un color desvaído como el interior de un hongo, y olían a hongo. A la muerte de mi padre, mi tío Joseph les echó mano y se llevó todos los volúmenes. Fue aquel día cuando lo llamé viejo cochino, y mi madre me azotó y salté por la ventana.
– Sí, sí… has de haberme hablado de esa Historia de Francia… ¿No la leías en un desván? Mira, me acuerdo. Ya ves que eras injusta hace un momento cuando me acusabas de haberlo olvidado todo.
– Calla. Me llevaba, como muy bien has recordado, esos enormes libros al desván. Tenían muy pocas figuras, quizá tres o cuatro por volumen. Pero cada una ocupaba, sola, una gran página, una página con el reverso en blanco. Esto me hacía mucho efecto porque en las otras hojas el texto estaba distribuido en dos columnas para ganar espacio. Mi amor por esos grabados era extraordinario; los conocía todos de memoria, y cuando releía un libro de Michelet los esperaba con cincuenta páginas de anticipación; siempre me parecía un milagro encontrarlos. Y además había un refinamiento: la escena representada nunca se relacionaba con el texto de las páginas vecinas; había que buscar el acontecimiento treinta páginas más lejos.
– Te lo suplico, háblame de los momentos perfectos.
– Te hablo de las situaciones privilegiadas. Eran aquéllas representadas en los grabados. Yo las llamaba privilegiadas; me decía que debían de tener una importancia muy grande para que hubieran accedido a ponerlas como tema de aquellas imágenes tan escasas. Las habían escogido entre todas, ¿comprendes?, y sin embargo, muchos episodios tenían un valor plástico más grande, otros más interés histórico. Por ejemplo, para todo el siglo dieciséis había sólo tres imágenes: una para la muerte de Enrique II, otra para el asesinato del duque de Guisa y otra para la entrada de Enrique IV en París. Entonces me imaginé que estos acontecimientos tenían un carácter particular. Además, los grabados me confirmaban en esta idea: el dibujo era rústico, los brazos y las piernas nunca estaban bien unidos al tronco. Pero era algo lleno de grandeza. En el asesinato del duque de Guisa, por ejemplo, los espectadores manifiestan su estupor y su indignación tendiendo todos las palmas hacia adelante y apartando la cabeza: es muy hermoso, parece un coro. Y no creas que habían olvidado los detalles divertidos o anecdóticos. Se veían pajes cayendo al suelo, perritos que huían, bufones sentados en los peldaños del trono. Pero todos esos detalles estaban tratados con tanta grandeza e inhabilidad, que armonizaban perfectamente con el resto de la imagen; no creo haber visto cuadros con una unidad tan rigurosa. Bueno, de ahí procedieron.
– ¿Las situaciones privilegiadas?
– En fin, la idea que me hacía de ellas. Eran situaciones que tenían una calidad rara y preciosa, estilo si quieres. Ser rey, por ejemplo, cuando yo tenía ocho años me parecía una situación privilegiada. O morir. Te ríes, pero había tanta gente dibujada en el momento de su muerte, hay tantos que han pronunciado palabras sublimes en ese momento, que yo creía de buena fe… en fin, pensaba que al entrar en agonía uno se veía trasportado sobre sí mismo. Además, bastaba estar en el aposento de un muerto: como la muerte era una situación privilegiada, algo emanaba de ella y se comunicaba a todas las personas presentes. Una especie de grandeza. Cuando mi padre murió, me hicieron subir a su cuarto para verlo por última vez. Al subir la escalera era muy desdichada, pero también estaba como ebria de una especie de alegría religiosa; al fin entraba en una situación privilegiada. Me apoyé en la pared, intenté hacer los gestos que correspondían. Pero mi tía y mi madre, arrodilladas al borde del lecho, lo estropeaban todo con sus sollozos.
Dice estas palabras de mal humor, como si el recuerdo fuera punzante todavía. Se interrumpe; con la mirada fija, las cejas levantadas, aprovecha la ocasión para revivir la escena una vez más.
– Más tarde amplié todo esto; le agregué primero una situación nueva: el amor (quiero decir el acto del amor). Mira, si nunca comprendiste por qué me negaba a… a algunas de tus peticiones, es una ocasión para comprenderlo: para mí había algo que salvar. Y me dije que debía de haber muchas más situaciones privilegiadas; finalmente admití una infinidad.
– Sí, pero al fin, ¿qué eran?
– Bueno, ya te lo he dicho -dice con asombro-, hace un cuarto de hora que te lo estoy explicando.
– ¿Pero era preciso sobre todo que la gente fuera muy apasionada, que sintiera arrebatos de odio o amor, por ejemplo; o el aspecto exterior del acontecimiento tenía que ser grande, quiero decir, lo que se puede ver…?
– Las dos cosas… según -responde de mala gana.
– ¿Y los momentos perfectos? ¿Qué vienen a hacer aquí?
– Llegan después. Primero están los signos anunciadores. Después, la situación privilegiada, lenta, majestuosamente entra en la vida de las personas. Entonces se plantea la cuestión de saber si uno quiere convertirla en momento perfecto.
– Sí -digo-, he comprendido. En cada una de las situaciones privilegiadas hay que realizar ciertos actos, adoptar ciertas actitudes, decir ciertas palabras, y otras actitudes, otras palabras están estrictamente prohibidas. ¿Es así?
Читать дальшеИнтервал:
Закладка:
Похожие книги на «La Náusea»
Представляем Вашему вниманию похожие книги на «La Náusea» списком для выбора. Мы отобрали схожую по названию и смыслу литературу в надежде предоставить читателям больше вариантов отыскать новые, интересные, ещё непрочитанные произведения.
Обсуждение, отзывы о книге «La Náusea» и просто собственные мнения читателей. Оставьте ваши комментарии, напишите, что Вы думаете о произведении, его смысле или главных героях. Укажите что конкретно понравилось, а что нет, и почему Вы так считаете.