Decker intentó ayudar clavando los dedos en la pendiente, pero no podía controlar sus brazos y manos entumecidos. Nathan se colocó detrás de su madre y la sujetó de los tobillos para que no se deslizara hacia abajo mientras sacaba a Decker. Cuando por fin lo tuvo a su altura, su madre se recostó sobre el lado derecho para intentar sacarle del agujero, pero no podía con él. Él intentaba ayudar, pero no conseguía clavar los pies en la embarrada pendiente. Permanecieron unos instantes en aquella posición antes de que Nathan pudiera darse cuenta del problema.
– ¡Ayúdame! -gritó su madre.
Nathan corrió a su lado y agarró a Decker por una de sus agarrotadas manos. Nathan tenía dieciséis años, y a Decker siempre le había parecido extremadamente fuerte. Algo que quedó demostrado cuando, con un gruñido y de una sola vez, sacó a su hermano del pozo.
Nathan arrastró a Decker lejos de la boca del agujero e intentó ponerle de pie, pero el niño estaba exhausto y las piernas no le aguantaban de pie.
Rápidamente, su madre se acercó a rastras hasta ellos. Hincada de rodillas en el suelo, abrazó a Decker con todas sus fuerzas y rompió a llorar. Él la sentía temblar del miedo que había sentido dentro mientras intentaba sacarle. Y entonces lloró con ella, mientras sus brazos le colgaban exangües a los lados.
Detrás de su madre, Decker vio el resplandor del sol poniéndose al oeste. Las sombras en la sima le habían hecho pensar que era mucho más tarde, así que le reconfortó aún más que el día no se hubiese acabado sin él. Con su madre todavía abrazada a él, mientras contemplaba el atardecer emborronado por las lágrimas, pudo sentir como la sangre volvía a circular por sus brazos y sus manos. Era una sensación extraña, pero parecía que algo más insólito incluso estaba ocurriendo. El sol no estaba poniéndose, al contrario, estaba amaneciendo.
¿Podía ser posible que hubiese pasado la noche entera en el pozo? ¿Era aquello efectivamente el amanecer? No, sabía que era el oeste por la situación de un enorme roble donde se había construido una cabaña. Entonces, bajo su atenta mirada, el sol creció de tamaño hasta que pareció que podía llenar el cielo. El resplandor tendría que haber sido deslumbrante, pero no podía dejar de mirar. Y sin embargo no sentía dolor, sólo calidez. Decker cerró los ojos un instante no a causa de la luz, sino para orientarse. Cuando los volvió a abrir, le asaltó la extraña sensación de encontrarse en otro lugar. Mientras sus ojos se acostumbraban a la luz, se dio cuenta de que había más personas a su alrededor.
Estaba su hermano Nathan, pero había envejecido. Y junto a él estaba Scott Rosen, luciendo la marca del Koum Damah Patar en la frente. Junto a Rosen estaban sus padres, Joshua e Ilana. Unos metros más allá estaban Tom y Rhoda Donafin y sus hijos, Tom júnior, Rachael y el pequeño Decker. Cuando por fin pudo ver con absoluta nitidez, observó que a su alrededor había una gran muchedumbre, de mil personas o más. A algunas las conocía muy bien, a otras sólo las había visto una o dos veces antes. Con sorprendente claridad, recordó cada cara y el contexto en el que las había conocido en su vida. Era como si, de alguna forma, tuviera absoluto acceso a los recuerdos de cuanto le había sucedido en su vida. Entonces vio a alguien a quien no reconoció: un niño de unos cuatro años acompañado por una mujer. A ella sí que la había visto antes; en dos ocasiones y muy brevemente. Decker recordó. Había sido en Turín. Era la mujer del restaurante cuyo hijo estaba enfermo.
La situación era ya de por sí sorprendente, pero entonces vio algo que no tenía ningún sentido. ¡Allí entre los demás estaba su madre! Pero ¿no eran los brazos de su madre los que le rodeaban?
Sintió como si sus sentidos estuviesen despertando uno a uno, y notó que los que le rodeaban lanzaban gritos de alegría. Decker Donafin reía y aplaudía a la vez, y algunos bailaban como si celebrasen algo. Se dio cuenta de que volvía a ocupar su cuerpo adulto, pero se sentía joven y fuerte.
Entonces bajó la mirada para ver quién le abrazaba y para su sorpresa y gozo vio a su amada Elizabeth, con los ojos llenos de lágrimas levantados hacia él. A su lado estaban sus hijas, Hope y Louisa, abrazadas a sus padres. Tenían el mismo aspecto que el día antes del Desastre.
Y entonces lo comprendió todo. Lo había conseguido. No había ido al infierno. Decker atrajo a su familia contra sí y rompió a llorar de alegría. Su familia lloraba con él, y también muchos de los que les rodeaban.
De nuevo quiso mirar hacia la luz, pero ya no se divisaba a lo lejos. Al contrario, estaba justo delante de él, y la luz era un hombre. Un hombre que le sonreía, con los brazos abiertos. En su vida de antes, Decker habría estudiado con curiosidad el insólito parecido, y a la vez las grandes diferencias, existentes entre Jesús y el pretendiente, Christopher. Pero eso había sido antes. Ahora se limitó a comprender, soltó a Elizabeth y se postró tumbado a los pies, todavía cubiertos de cicatrices, del hombre.
Nada más hacerlo, el hombre se inclinó para levantarle. Decker estaba asustado, pero no se sentía con fuerzas para resistirse; es más, no quería hacerlo. Pero ¿cómo iba a mirarle a los ojos a su salvador? Su repentina buena memoria se le antojó ahora más una maldición que una bendición, cuando recordó cada oscuro detalle de su vida. ¿Cómo permitir que alguien tan bondadoso mirase a su vida de autoestima y a la culpa que sabía estaría escrita en su rostro? La sensación de pérdida y de vergüenza le llenó los ojos de lágrimas.
Luego sintió de pronto el frío y dulce frescor del aire. Mientras el hombre le levantaba, Decker se sintió extrañamente atraído hacia sus ojos. Poco a poco, levantó la cabeza y le miró a través de las lágrimas. En los ojos donde había esperado encontrar cólera, sólo había comprensión. Donde había esperado encontrar ira, sólo halló perdón. De quien debiera haberle condenado, sólo emanaba amor. En ese instante, Decker sintió cómo el miedo, la culpa y el dolor de setenta y cuatro años se desvanecían y eran reemplazados por una llama de paz.
Algo le empujó a mirar más adentro y al hacerlo, supo que su amor era la fuente de la que brotaba la luz que los rodeaba.
– Bien hecho -dijo Jesús.
Decker enterró el rostro en el hombro de Jesús y rompió a llorar.
– Lo siento tanto -gimió.
– Lo sé, Decker. Lo sé -dijo Jesús llorando con él-. Todo está perdonado -dijo acariciándole el pelo a la vez que le sostenía en sus brazos.
Ánimo, consuelo y purificación envolvieron a Decker y llenaron su ser al tiempo que emanaban de su salvador. Enseguida sus lágrimas cesaron, y en lugar de la punzada de la culpa sintió la tierna calidez de un niño en brazos de su padre. Todo sucedió en apenas unos momentos, aunque parecieron una eternidad, porque ese breve rato había cambiado su eternidad.
– Ahora debo irme, Decker -dijo Jesús.
– Pero tengo tantas cosas que preguntarte -pidió él, asombrado ante su propio descaro.
Jesús sonrió y afirmó con la cabeza.
– Tendremos tiempo de hablar más adelante -dijo-. Ahora hay muchos que aguardan su resurrección. Además, están aquí tus amigos y tu familia. Pero no te inquietes, yo siempre estoy contigo.
Entonces se fue. Decker no se movió durante un rato largo. Por increíble que pareciera, se había olvidado momentáneamente de que hubiera allí más personas.
– Siéntate, Decker -dijo Elizabeth a su espalda.
Decker se volvió, y vio a Elizabeth, que le esperaba junto a un saliente en la roca que parecía tener la altura perfecta para sentarse. No recordaba haberlo visto allí instantes antes, pero supuso que había quedado oculto por la gente. Se sentó, y Hope, Louisa y Elizabeth se colocaron junto a él, aunque dejando un hueco para que los demás pudieran saludarle y hablar con él.
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