James BeauSeigneur - Los actos de Dios

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Tras las catástrofes que diezmaron a la población mundial, esta se encuentra dividida entre los seguidores del nuevo Mesías y los fundamentalistas que parecen no entender que la humanidad se encuentra en un nuevo paso evolutivo. Pero todo lo que hasta ese momento se ha desvelado como cierto es en realidad una profunda decepción que impulsará inexorablemente a la comunidad internacional a enfrentarse al mayor reto de la historia: el Apocalipsis, la batalla final entre el bien y el mal, una batalla que todavía no ha sido escrita…

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Decker asintió con la cabeza. Tenía más preguntas que hacer, pero su necesidad más acuciante era estar con su mujer y sus hijas. Sorprendentemente, fue Scott Rosen, el otrora fanfarrón egocéntrico, el primero en adivinar sus pensamientos.

– Hay otra cosa que es posible que te interese -dijo Scott-. Hay un río que fluye desde el Templo, cruza la meseta y luego se divide en dos; una mitad del río discurre hasta el Mediterráneo y la otra desemboca en el mar Muerto. Creo que los cambios allí te dejarán atónito. En cuanto al resto de nosotros, estoy convencido de que hay muchas más resurrecciones a las que nos gustaría asistir. Tal vez Elizabeth y las niñas quieran enseñarte el río.

Decker miró a Elizabeth, Hope y Louisa, que le sonrieron y asintieron.

– Te va a encantar, papá -dijo Louisa.

Decker les devolvió la sonrisa, y cuando levantó la vista un instante después, se encontró con que estaba a solas con su familia.

– ¿Qué ha pasado? ¿Adónde se han ido? -espetó sorprendido.

– Tenían cosas que hacer -dijo Elizabeth-. ¿Te apetece que vayamos a ver el río?

Decker arqueó las cejas y las mantuvo arqueadas mientras movía los ojos de un lado a otro, maravillado ante la repentina desaparición de todos.

– Supongo que no querréis ir andando hasta allí.

– Bueno, podríamos ir andando, pero está bastante lejos. Podríamos ir corriendo o volando. O podemos, sencillamente, estar allí.

– ¿A qué te refieres?

– Vamos, papá -dijo Hope cogiéndole de la mano-. Sólo piensa adónde quieres ir… y aquí estamos.

Decker no sintió movimiento alguno, pero en ese mismo instante el paisaje cambió. Ahora se encontraba junto a la base de la montaña que no hacía ni un momento había estado a ciento sesenta kilómetros de distancia. Una fabulosa catarata de aguas ensordecedoras destellaba como un diamante al precipitarse por la escarpada cara de la montaña, desde una altura de más de dos mil cuatrocientos metros, hasta el interior de una inmensa poza de aguas cristalinas. La nube de vapor de agua se elevaba hasta casi la mitad de la altura del saliente desde el que caía el agua y, barrida por una ráfaga de viento, depositó una lluvia de frescas gotas en el rostro de Decker. La sensación fue maravillosa, y el sabor del vapor de agua que Decker se lamió en los labios era fresco y limpio y sació su sed como nada lo había hecho antes en el pasado. Los deseos de Hope de llevar allí a su padre, al parecer, habían cogido desprevenidas a Elizabeth y Louisa, puesto que no estaban con ellos, pero llegaron un segundo después.

Decker respiró hondo y tragó saliva.

– Así que… éste debe de ser el río -consiguió articular, sin querer estropearle la diversión a su familia con su aprensión; iba a tardar un poco en habituarse a aquella forma de transporte.

Desde la poza situada al pie de la cascada fluía el río del que le habían hablado. En sus orillas crecían árboles frutales de toda clase, tanto conocidos como desconocidos. En el aire flotaba el olor dulce a las numerosas variedades de árboles en flor. Otros estaban cargados de fruta madura lista para ser cosechada.

– Los árboles dan fruto todo el año -dijo Elizabeth, que observaba cómo su marido inspeccionaba el entorno.

– Esto… La forma en que hemos venido hasta aquí… ¿podemos utilizarla para ir a donde queramos así, por las buenas?

– A donde queramos, sí. ¿Te gustaría ir a algún sitio en particular? -preguntó ella, ansiosa por complacer a su marido.

– No -se apresuró a contestar Decker, al que la idea de aparecer accidentalmente en otro lugar no resultaba demasiado atractiva-. Tal vez luego. Está bien así, por el momento.

– Entonces, ¿qué es exactamente lo que se hace aquí?

– Pues prácticamente lo que queramos, siempre y cuando obedezcamos los dos mandamientos: ama a Dios y ama al prójimo como a ti mismo. Claro que descubrirás que aquí es mucho más sencillo cumplir esas reglas. Satanás ha sido confinado hasta la conclusión de los mil años, de modo que las tentaciones se han reducido al máximo. No obstante, los humanos podemos hacer mucho mal sin que nadie nos ayude, así que todavía se necesita un gobierno, con Jesús a la cabeza. Muy pronto, cuando hayan resucitado los que faltan, nos reuniremos todos, y él nos colocará en diferentes niveles dentro de su gobierno, siempre con él a la cabeza y basándose en cómo vivimos nuestras vidas antes del Reino.

Decker sabía que en ese gobierno él no ocuparía puesto alguno, pero no le importaba.

– Después se celebrará un gran banquete, llamado la Cena de Esponsales del Cordero, para celebrar la fundación del Reino y el amor que Dios nos profesa.

– Pero, después -insistió Decker inquisitivo-, ¿qué será lo que hagamos en el día a día?

– Decker -dijo Elizabeth sacudiendo la cabeza para recalcar que no había más límites que los que ya había mencionado-, lo que quieras. Puedes hacer lo que te apetezca, desde cultivar una huerta a explorar el universo. Puedes aprender a tocar un instrumento de música; un centenar de ellos si lo deseas. Y lo que sea que decidas hacer, mientras estés dispuesto a dedicarle tiempo y esfuerzo, lo harás bien. Aquí no existe el fracaso.

Decker miró hacia Hope y Louisa, que jugaban sentadas con una carnada de cachorros de león de un mes de edad bajo la atenta mirada de la madre. La escena, que en el pasado habría resultado sobrecogedora, le pareció muy natural, pues ya empezaba a acostumbrarse a la nueva situación y al entorno.

– Hope y Louisa -dijo pensativo- tienen la misma edad que cuando murieron.

– No morimos -insistió Elizabeth-. Fuimos arrebatadas.

Decker asintió, reconociendo su breve despiste.

– ¿Se conservarán así para siempre, con la misma edad?

– No, ahora que hemos regresado a la Tierra, crecerán de forma natural.

– ¿Regresado a la Tierra? ¿Dónde habéis estado desde el Rapto?

– Nos llevaron a todos al cielo durante un tiempo. En el cielo no se envejece. Pero ahora que estamos de nuevo en la Tierra, las niñas crecerán de forma natural. Nunca se harán viejas, pero alcanzarán la madurez. Se casarán, [151]y tendrán hijos. Tendrás nietos. Es más, tendrás bisnietos y tataranietos, y vivirás para montarlos a todos a caballo en las rodillas, sin envejecer y permaneciendo siempre joven y saludable, como ahora.

– Nada de enfermedades, ni de defectos físicos, ni pobreza, y el éxito sólo depende de nuestro esfuerzo. Es curioso, se parece un poco a lo que Christopher prometió -dijo Decker.

– Un poco -afirmó Elizabeth-. Sólo que Christopher jamás habría podido cumplir esa promesa.

– ¿Cómo es que Christopher pudo darle a la gente las cosas que le dio: salud, juventud, poderes psíquicos…? -preguntó Decker.

– La salud y la juventud no las otorgó Christopher, más bien fueron el resultado de lo que Satanás dejó de llevarse. Al reducir el poder parasitario del mal sobre el cuerpo físico de quienes aceptaron la comunión y la marca, permitió que sus cuerpos recobraran un estado similar al que existía en el jardín del Edén, donde no existían la muerte ni la enfermedad.

– ¿Así que la comunión no surtió ningún efecto? -preguntó Decker.

– No -confirmó Elizabeth-. Y los poderes psíquicos no eran más que burdos trucos de los ángeles caídos.

– ¿Y qué hay de los poderes de Robert Milner? ¿Cómo es que pudo detener las plagas?

– Muchas de las cosas que hizo Milner, como invocar rayos en Jerusalén, fueron el resultado de unos poderes reales derivados de Christopher y, en última instancia, de Satanás. Pero no fue Milner quien detuvo las plagas. Christopher y Milner se limitaban a esperar a que cada plaga cumpliera su ciclo y cuando la plaga acababa se presentaba Milner para llevarse el mérito.

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