James BeauSeigneur - Los actos de Dios

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Tras las catástrofes que diezmaron a la población mundial, esta se encuentra dividida entre los seguidores del nuevo Mesías y los fundamentalistas que parecen no entender que la humanidad se encuentra en un nuevo paso evolutivo. Pero todo lo que hasta ese momento se ha desvelado como cierto es en realidad una profunda decepción que impulsará inexorablemente a la comunidad internacional a enfrentarse al mayor reto de la historia: el Apocalipsis, la batalla final entre el bien y el mal, una batalla que todavía no ha sido escrita…

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Decker ponderó la respuesta un momento y luego dio voz a otro pensamiento.

– Hay otra cosa en este lugar que es muy, muy diferente a todo -dijo-. Lo percibí desde el primer momento, pero todavía no me lo acabo de explicar. Es como si mi vida entera hasta el momento en que llegué aquí hubiese sido un sueño; un sueño que recuerdo a la perfección y con toda claridad, pero un sueño después de todo. Podría llegar a creer incluso que todo había sido un sueño, excepto que soñar presupone haberse acostado a dormir la noche antes… -meneó la cabeza-… y yo no recuerdo haberme acostado. Lo cierto es que no recuerdo haber estado realmente despierto en el pasado, no como lo estoy ahora. No es sólo que ahora mi vida de entonces me parece un sueño, es que, echando la vista atrás, me doy cuenta de que, incluso entonces , ya palpaba en ella esa cualidad de ensoñación, pero ni podía liberarme ni podía ni siquiera comprenderlo del todo. -Incluso después de haber dicho esto, Decker sintió la necesidad de preguntar-: ¿Fue un sueño?

– No -dijo Elizabeth sonriendo.

– Y hay más -continuó él-. Es como si, bueno, tal vez suene algo estrambótico, pero es como si los límites físicos de mi cuerpo ya no me confinasen, como si ya no me limitaran, y cuanto me rodea, la hierba, los árboles, la tierra misma, el aire incluso hubiesen pasado a formar parte de mí y yo de ellos. -Decker meneó la cabeza. Incluso empleando la lengua universal le costaba encontrar las palabras justas para expresarse adecuadamente-. Es un poco como montar en avión, donde no notas que cambie la presión atmosférica hasta que se te destaponan los oídos, y de repente oyes mejor. Bueno, pues es como si toda mi vida hubiese estado bajo esa presión, y ahora por fin mis oídos se han destaponado. Puedo oír y saborear y ver y palpar y oler y sentir como nunca antes había imaginado que fuera posible. -Decker hizo una pausa-. Y también estás tú. Me siento ahora tan parte de ti y a ti tan parte de mí que sé que nunca lo podría haber sentido así antes. Siento por ti un amor tan fuerte que ni todos los años que me he pasado echándote de menos podrían compararse con un solo instante del amor que siento por ti ahora.

Decker continuó con su explicación, describiendo una belleza, una percepción, una conciencia tan agudos que es imposible describirlo con las palabras de las que disponemos en este lado del suceso. Pero bien está, porque de ser descrito aquí, todos cuantos lo lean y lo tengan como último destino se morirían de deseos de estar allí. Y, con todo, intentaré expresar por medio de estas palabras terrenales cuanto pueda sobre el lugar, y hacerlo sin temor a causar más daño que esa dulce puñalada de dolor y nostalgia que C.S. Lewis describió como «gozo», [152]y al que se renunció tan ligeramente para satisfacer el deseo de Eva de conocer el bien y el mal, y el deseo de Adán por su esposa.

Al parecer, Lewis lo llamó «vida real», una vida que no ha comenzado todavía para ninguno de los que «vivimos», en el sentido estricto de la palabra. Los gurús y los místicos orientales lo llaman «conciencia de unidad». Se trata de una clarividencia mental, de un «nivel superior de conciencia» -a pesar del mal uso que tan a menudo se da a esta terminología-, que convierte lo que llamamos «vida normal» y «experiencia normal» en poco más que un estupor embriagado. Se trata de una conciencia que los gurús y los yoguis sólo han visto en sueños, aunque tanto ellos como nosotros sabemos que está ahí, pero que siempre -salvo en ocasiones fugaces, y entonces sólo en borrosos tonos pastel- existe justo fuera del alcance de los humanos. De verdad, y ésta es la mejor forma en que puede ser descrita aquí, consiste en ser parte de la naturaleza, en estar en armonía con la creación, sincronizado con la mente de Dios. Y es tan sólo la ausencia de esta facultad la que hace posible que cosas imaginarias como las novelas parezca que adquieren vida. Porque quién, tras haber experimentado un único instante de la vida real, iba a plantearse cuestionar su propia existencia, o iba a verse obligado a depender de la lógica del «Pienso, luego existo» [153]para estar seguro de ella.

– Ahora empieza la vida real, Decker -afirmó Elizabeth, que estaba familiarizada con los escritos de C. S. Lewis y, en este Reino, lo había conocido personalmente-. El resto parece un sueño, una ilusión, una pesadilla. La mayoría de las cosas que prometió Christopher eran nada menos que aquello a lo que el hombre había renunciado cuando cayó en el Edén -continuó-. En realidad, Adán y Eva que murieron el día que comieron del fruto prohibido, y todos nosotros lo hicimos con ellos. Sólo en nuestra nueva vida podemos empezar a aprender lo real que fue aquella muerte.

Decker asintió con la cabeza, para expresar que comprendía y que estaba totalmente de acuerdo.

– ¿Cuándo podré volver a ver a Jesús? -preguntó-. Tengo tantas cosas que contarle; tantas que preguntarle.

– Hace escasos minutos te ha dicho que él siempre está contigo -le recordó Elizabeth-. Lo decía en serio. Él está contigo incluso ahora. Puedes contarle lo que sea que estás pensando. Pregunta lo que quieras y él te responderá. Antes de que las palabras se hayan acabado de formar en tu mente, te responderá.

– Ha debido de ser así como Joshua Rosen consiguió explicar mi sueño, y lo que Scott quería decir cuando dijo que el Arca de la Alianza ya no era necesaria porque la evidencia de la alianza de Dios reside en nuestro interior y en cuanto nos rodea.

– Pregúntale tú mismo -le instó Elizabeth.

Decker consideró la sugerencia un segundo y empezó a componer la pregunta. Tan pronto terminó, supo cuál era la respuesta. Y también comprendió que la roca en la que se había sentado después de la resurrección y que no recordaba haber visto allí unos instantes antes le había sido proporcionada a su esposa en respuesta a su plegaria no pronunciada.

Decker suspiró y se mordió el labio mientras miraba a su mujer a los ojos, superado por todo cuanto le había sido dado. Para él no había pasado una hora desde que, en el despacho de Christopher, había tenido que enfrentarse al hecho de que su vida había sido inútil y que sus pecados eran comparables a los de Hitler o Stalin. El perdón de Dios le abrumaba. Decker tomó a su mujer en sus brazos y la abrazó. Pasaron varios minutos y ninguno de los dos dijo palabra, pero ambos comprendían.

– Scott dice que el río desemboca en el mar Muerto -dijo finalmente.

– Sí, pero yo ya no lo llamaría muerto -contestó Elizabeth-. Gracias al río, el mar ha ganado vida. Está repleto de peces y de aves acuáticas. ¿Te gustaría ir a verlo?

– Me encantaría -dijo-, pero limitémonos a andar, aunque sea un rato.

Elizabeth sonrió, y los dos pusieron rumbo hacia el mar. Mientras caminaban juntos a orillas del río de aguas tranquilas, los sonidos de los pájaros llenaban el aire suavemente perfumado. Sin decir nada, Elizabeth deslizó su pequeña mano en la suya. Decker cerró los dedos y la cogió con dulzura, al tiempo que respiraba hondo y se embriagaba de cuanto le rodeaba.

* * *

De nuevo, Decker se las había arreglado para estar en el lugar adecuado, en el momento oportuno. Estaba en casa.

James BeauSeigneur

1 Como es habitual en cualquier novela de suspense no todo es lo que - фото 3
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1 Como es habitual en cualquier novela de suspense no todo es lo que parece - фото 4

[1] Como es habitual en cualquier novela de suspense, no todo es lo que parece en la Trilogía del Cristo clonado, de forma que el lector no debe dar nada por sentado hasta haber concluido la lectura de la trilogía completa. No obstante, soy consciente de que una historia sobre la clonación de Cristo puede ser contemplada con recelo por algunos cristianos. Durante la lectura, por tanto, se ha de tener presente en todo momento lo siguiente: primero, que ninguno de los personajes, ninguno, habla por boca del autor. Segundo, que he adoptado el punto de vista de un narrador objetivo, que cuenta la historia y transcribe los diálogos según se van desarrollando, y que se resiste a juzgar o comentar la veracidad de los personajes de la historia. Al lector cristiano le pido paciencia y le recuerdo las palabras de Eclesiastés 7, 8: «Mejor es el remate de una cosa que su comienzo». [1] Así pues, invito al lector a disfrutar de la Trilogía del Cristo clonado, sean cuales sean sus convicciones religiosas. Todas las referencias a la Biblia, salvo que se indique lo contrarío, las he tomado de la versión en español de Cantera Burgos, Francisco e Iglesias González, Manuel (2000): Sagrada Biblia. Versión crítica sobre los textos hebreo, arameo y griego, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos. (N. de la T.)

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