James BeauSeigneur - Los actos de Dios

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Los actos de Dios: краткое содержание, описание и аннотация

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Tras las catástrofes que diezmaron a la población mundial, esta se encuentra dividida entre los seguidores del nuevo Mesías y los fundamentalistas que parecen no entender que la humanidad se encuentra en un nuevo paso evolutivo. Pero todo lo que hasta ese momento se ha desvelado como cierto es en realidad una profunda decepción que impulsará inexorablemente a la comunidad internacional a enfrentarse al mayor reto de la historia: el Apocalipsis, la batalla final entre el bien y el mal, una batalla que todavía no ha sido escrita…

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Enfrascados en el juego, a los hombres les pasó desapercibido el grupo de tres adolescentes que desde muy cerca daba empujones a un niño, animándole a que se acercara a los cuerpos. Lentamente, uno de los pícaros de más edad sacó un palo y animó al niño a que lo usara para tocar los cuerpos. Los otros dos no tardaron en respaldarle, incitando al pequeño a que siguiera adelante.

Uno de los cámaras, al que esa noche no parecía que le acompañara la suerte, levantó la mirada de sus cartas y vio a los chicos.

– Eh, mirad ahí -dijo susurrando a los otros jugadores.

Uno de los hombres empezó a levantarse para advertirles de que se mantuvieran alejados, pero los otros dos lo detuvieron.

– Déjalos -dijo uno mientras se levantaba muy despacio, sin hacer ruido.

– Déjalos -dijo también el segundo, que se fue a hurtadillas hasta el trípode sobre el que descansaba su cámara.

El cuarto jugador, que estaba sentado de espaldas a los profetas muertos, se volvió para ver qué era más importante que el trío de ochos que llevaba en la mano. Lo supo al instante, y se volvió boquiabierto hacia el técnico al que los otros dos habían silenciado, que ahora se encogió de hombros y se incorporó para acercarse también a su cámara. En cuestión de segundos, los técnicos habían informado sobre la situación a sus respectivas cadenas. Los chicos aún no se habían acercado lo suficiente como para propiciar la interrupción de la programación, pero la decisión de hacerlo tendría que tomarse muy pronto. Si se empezaba a emitir en directo y los chicos decidían no seguir adelante con su fechoría, la cadena quedaría en ridículo, además de correr el riesgo de irritar a quienes seguían con asiduidad su programación. Era como si las cadenas, al igual que los chicos, estuvieran jugando a ver quién era el más gallito; ninguna quería precipitarse a ofrecer cobertura en directo y ninguna quería que la competencia se le adelantara y le pisara la noticia. Con todo, la decisión no se hizo esperar. No estaban ni a diez metros de los cuerpos, cuando los chicos se quedaron clavados en el sitio al observar algo que a los técnicos parecía haberles pasado desapercibido. Siguiendo la mirada aterrada de los chicos, los técnicos descubrieron al instante la razón de su agitación. Los cuerpos de los dos hombres habían empezado a emitir un ligero resplandor.

Al instante, las cadenas empezaron a emitir en directo, mientras los niños se alejaban corriendo despavoridos. El resplandor fue ganando intensidad hasta que la luz fue tan brillante que los técnicos tuvieron que retirar la mirada. Uno se echó la mano al bolsillo de la chaqueta para sacar sus gafas de sol, pero el fulgor las rindió inservibles antes incluso de que le diera tiempo a sacarlas. No había más remedio que dar la espalda al resplandor.

Los millones de espectadores que miraban aterrorizados la televisión supieron al instante que lo que allí ocurría era una repetición de lo sucedido en Naciones Unidas sólo cuatro días atrás. Pocos segundos después quedaron confirmados sus peores temores. Allí, en plena calle, se alzaban las figuras de los dos profetas Juan y Saul Cohen, ahora resucitados.

En los desconcertantes instantes que siguieron, la población del planeta revivió el sufrimiento al que había sobrevivido y el terror que había soportado los últimos tres años y medio. La muerte de Juan y Cohen les había hecho creer que había pasado lo peor. Pero ahora que habían regresado, nadie osaba imaginar los cruentos horrores que ellos y su dios podrían traer consigo.

Abandonadas a su suerte por los aterrorizados técnicos, las cámaras, todavía en sus trípodes, continuaron grabando la escena mientras los dos hombres se hincaban de rodillas en el suelo y empezaban aparentemente a rezar. La imagen era aterradora. Quién sabía qué maldición estaban conjurando para que se precipitara sobre la Tierra.

Y entonces, con una voz que sonó como el rugido de un trueno, y hablando en la misma lengua universal que utilizó Christopher en el discurso que había dirigido al mundo tres días atrás, el cielo mismo pareció hablar. «Subid», fue cuanto dijo. Tan pronto se hubo desvanecido el eco, quienes lo habían escuchado se preguntaron si no habría sido, después de todo, nada más que un trueno. Pero la duda se disipó en el instante en que los dos hombres se pusieron en pie y, mirando a las estrellas que se cernían sobre ellos, empezaron a elevarse hacia el cielo nocturno. Uno de los técnicos -el más atrevido, y probablemente el más insensato también- regresó corriendo hasta donde estaban las cámaras para girar la suya y poder grabar así el ascenso de los profetas. Los otros técnicos se precipitaron tras él y apuntaron las cámaras hacia las dos siluetas, que se elevaban lentamente.

Temblando de pánico, los técnicos tardaron un momento en percatarse de que no eran sólo sus nervios los que se sacudían. Cuando la imagen que contemplaban a través de sus cámaras empezó a agitarse, se dieron cuenta de que la tierra también había empezado a vibrar. La intensidad de los temblores creció mucho antes de que pudieran reaccionar, y cámaras, trípodes y hombres se precipitaron al suelo.

18 de marzo, 1 N.E.

Nueva York

Todavía faltaban diez minutos para que la reunión diera comienzo, de modo que Decker no iba con prisa cuando llegó al auditorio del edificio de la Secretaría de Naciones Unidas. Su intención era entrar tranquilamente y sentarse en algún rincón donde no llamara la atención. Christopher le había pedido que asistiera y así lo iba a hacer, pero a pesar de su amistad con él, Decker nunca había llegado a sentirse del todo a gusto con aquella gente. No obstante, parecía que el sentimiento no era mutuo, porque tan pronto entró en la sala fue recibido con un fuerte y largo aplauso. Los diferentes cargos que había ocupado a lo largo de su vida le habían situado muy próximo a hombres y mujeres eminentes, y podría decirse que su puesto en la ONU le investía de cierta eminencia a él mismo. Sus palabras habían arrancado algún que otro aplauso ocasionalmente, pero jamás había sido objeto de semejante honor y aún menos por el solo hecho de entrar en una sala. Decker asintió educadamente con la cabeza para reconocer y agradecer el aplauso.

– Acompáñame -oyó que le decía una voz familiar detrás de él. Era Jackie Hansen, quien, ya fuera por casualidad o deliberadamente, estaba apostada junto a la puerta cuando Decker hizo su entrada-. Gaia te quiere a su lado en primera fila -dijo refiriéndose a Gaia Love, directora del Lucius Trust y patrocinadora de la reunión.

Había mucho público, de modo que tardaron varios minutos en abrirse camino hasta la parte de delante. Por el camino todos querían darle un apretón de manos o unas palmadas en la espalda. Una mujer treintañera y seguidora de Wicca -religión naturalista asociada a la Nueva Era- fue algo más expresiva en su demostración de admiración hacia el hombre que había cuidado a Christopher desde su infancia. Cuando Decker y Jackie no estaban más que a unos pasos de ella, la mujer deshizo el nudo del cordón que llevaba atado a la cintura y dejó que éste se deslizara hasta el suelo, quedando abierta así su larga túnica y revelando ante ellos su exuberante cuerpo desnudo. En un abrir y cerrar de ojos, se lanzó sobre Decker y lo abrazó, atrapándolo en el cálido y sedoso interior de su túnica. Las cosas habían cambiado mucho desde que Decker era joven. Casi todos los viejos tabúes habían desaparecido, excepto en el seno de algunos grupos religiosos conservadores. La desnudez total o parcial -con un puñado de accesorios irrisorios que no ocultaban nada-, en público, estaba al orden del día en todo el planeta, y no era raro encontrarse parejas o incluso grupos practicando sexo en la playa o en los parques. Con todo, Decker estaba algo chapado a la antigua, y no pudo evitar sentir cierta turbación ante semejantes atenciones.

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