– Vengo para que poderes como éste sean vuestros -gritó. Su voz reflejaba claros signos de fatiga, prueba del gran esfuerzo que había requerido la demostración de sus poderes.
– Como he dicho -recalcó Christopher retomando el hilo de su discurso-, no pido ni busco vuestra devoción. Os pido vuestra lealtad.
Esta vez no hubo vacilaciones, y la vasta mayoría de los presentes, junto con el resto del mundo, se puso a aplaudir, a vitorear y a gritar el nombre de Christopher.
Christopher volvió a levantar la mano derecha, esta vez para acallar a la multitud.
– Algunos os preguntaréis -continuó Christopher-: ¿Y qué hay de los miles de millones caídos en los desastres de Yahvé?
Christopher hizo una pausa para que la pregunta calara entre quienes le escuchaban. Sabía que, en el contexto de su discurso, no podía haber muchos que se hubiesen planteado la pregunta, pero la mayoría acabaría planteándose la cuestión tarde o temprano. De modo que era mejor abordar el asunto ahora y no esperar a que le preguntaran sobre él.
Christopher sacudió la cabeza con tristeza y dijo:
– Es imposible devolverles la vida. Pero quienes lloráis la muerte de amigos y familiares, no os aflijáis. Alegraos, más bien, porque no están verdaderamente muertos. Volverán a sentir la tierra bajo sus pies, porque los dioses no pueden morir del todo. Como Jesús dijo a Nicodemo hace dos mil años: «Es necesario que nazcáis de nuevo». [7]Así es con los que han muerto. Llámese reencarnación o «nacer de nuevo» o lo que se quiera, lo cierto es que algunos de los que han muerto en estos últimos tres años y medio ya han vuelto a nacer; pero, afortunadamente, pocos recordarán su vida anterior. No obstante, como enseñan los hindúes y los budistas, el sufrimiento que soportaron en sus vidas anteriores les servirá de escalón hacia un futuro más elevado y luminoso. De modo que no lloréis ni penéis. Enjugad vuestras lágrimas y alegraos de que cuando regresen, nacerán en una era a la que siempre ha aspirado la humanidad, la Nueva Era, la Era de la Ascensión para toda la humanidad.
»Pueblos de la Tierra, pueblo de Jerusalén, ha llegado el momento de dejar a un lado cuanto nos divide. El destino de la humanidad al completo espera a la unidad de la humanidad. Desechemos las diferencias, como el color de la piel, el género, la lengua o el lugar de procedencia. Que desparezca la división entre razas o nacionalidades. No haya más gentiles y judíos. Todas estas distinciones carecen ya de validez y sentido -dijo Christopher-. ¡Todos los pueblos son el pueblo elegido!
»Así, este edificio dejará de ser un templo a Yahvé, para convertirse en monumento a la divinidad del hombre. Nunca más volverá nadie a traer animales a su interior para su brutal sacrificio en honor a un dios sanguinario. ¡Desde este día cesarán los sacrificios y el Templo permanecerá abierto a todos!
En las primeras filas de la muchedumbre, Decker se preparó para lo que sabía estaba a punto de acontecer.
– Y si hay alguien que duda todavía -dijo Christopher preparándose para concluir su oración-, os ofrezco una última prueba de que soy quien digo ser. Hace cuatro mil millones de años, las simples naves espaciales enviadas desde Theata a la Tierra necesitaron veintitrés mil años para llegar a nuestro planeta, viajando casi a la velocidad de la luz. Ahora, una vez alcanzado el estado espiritual en su evolución, los theatanos pueden recorrer esa distancia en menos de un segundo.
»Todo cuanto disfruta Theata está a vuestro alcance. En este mismo instante nos rodean millones de nuestros hermanos. Han venido a conducir, a guiar a cada una de las personas de la Tierra por el camino que lleva a la integración en el universo.
»¿Los veis? -exclamó Christopher-. ¿Los veis?
Christopher alzó la mano derecha en el aire, echó la cabeza majestuosamente hacia atrás y gritó:
– ¡He aquí los ejércitos celestiales!
De pronto, el firmamento apareció repleto de miles o cientos de miles de luces preciosas, algunas de centenares de metros de ancho, otras pequeñas como la cabeza de un alfiler, unas moviéndose lentamente, otras cruzando el cielo a gran velocidad.
– ¡He aquí los ejércitos celestiales! -tronó Christopher. Luego saltó al vacío desde el pináculo.
UN DIOS QUE SE NUTRE DEL MIEDO
Para la mayoría, el futuro descrito por Christopher en el discurso del Templo, en Jerusalén, resultaba tan abstracto que escapaba a su comprensión. Que aquel hombre poseía un gran poder era evidente; el mundo entero había sido testigo de su resurrección, de la facilidad con que había despachado a Juan y Cohen, y del fabuloso desarrollo que la vegetación del planeta había experimentado gracias a él. Pero, a pesar de que el anuncio del advenimiento de un periodo de cambios dramáticos en el mundo y en la evolución del género humano se anunciaba como una visión esperanzadora muy necesitada, buena parte de quienes seguían vivos habían convertido el afán de supervivencia en su principal meta vital. No era fácil imaginarse los cambios tangibles que podían derivarse de lo que Christopher decía.
En el contexto de lo sucedido -los asteroides, las langostas, la resurrección de Christopher y los milagros de Milner-, la historia sobre los theatanos no resultaba tan inverosímil. La mayoría de la gente creía ya en la existencia de seres extraterrestres. El anuncio de que Yahvé y Jesús procedían de Theata tenía más de respuesta a un viejo enigma que de revelación sorprendente. Y la aparición de aquellas luces que danzaban y se movían en el cielo, sobrevolándolos, rodeándolos, e incluso atravesando a algunas personas en la muchedumbre, terminó de convencer a muchos. (Quienes habían experimentado un «atravesamiento», así lo apodó la prensa, lo describieron como una sensación emocionante y fortalecedora, que incluso les había producido un cierto cosquilleo.) Además habían contemplado apabullados cómo Christopher saltaba de pronto desde el pináculo del Templo, y en lugar de precipitarse hacia el suelo y una muerte segura, había sido «atrapado» por las extrañas luces, que lo dejaron suspendido sobre la multitud, haciendo exhibición las luminosas criaturas de su capacidad para aprehender sólidos y, lo que es más, demostrando claramente la autoridad de Christopher sobre todas ellas. Más tarde, cuando volaban de regreso a Nueva York, Christopher explicó a Decker que las luces eran lo que en el pasado se habían conocido como ángeles, y que tenían la facultad de tomar cualquier forma, incluso la humana.
Aun así, la idea de que pudiesen llegar a experimentar un salto evolutivo que les convirtiera en una especie de seres espirituales enormemente poderosos era algo que la gran mayoría era incapaz de asimilar. La evolución era un concepto comprensible si se contemplaba como un proceso para el cual hacían falta decenas de millones de años, pero la posibilidad de que ellos mismos fueran a ser testigos y parte de un gran salto evolutivo era más de lo que sus mentes podían asimilar, por seductor que se les antojara. Los psicólogos que discutían el asunto en la televisión comparaban la ansiedad y la confusión que estaba experimentando la gente en general con las emociones de quien se acaba de enterar de que le ha tocado la lotería. Uno quiere creerlo, pero como jamás hasta ese momento ha experimentado nada tan extraordinario, las circunstancias acaban por sobrepasarle.
A la confusión generalizada se sumó la alusión que hizo Christopher a la posibilidad de vivir un millar de años, comentario que no había llegado a aclarar del todo, y sobre el que sólo había dicho que el camino a esa larga vida «sería revelado muy pronto, aunque no antes de que llegara el momento». Decker, que también estaba algo confuso, preguntó después a Christopher cómo iba a extender un milenio la vida de las personas. Y éste se limitó a contestarle diciendo que la gente dispondría de un año, aproximadamente, para asimilar la dimensión de la nueva verdad y del nuevo paradigma de la vida, y que luego recibirían «la comunión que otorga la vida eterna».
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