Schwartzbaum se salto unas décadas y llego a I899, cuando un tal Dragutin Gorjanovic-Kramberger, un croata que era hijo de un zapatero y que nunca gozo de aceptación entre los intelectuales de Berlín y de Paris, descubrió la cueva de Krapina, que albergaba un tesoro de centenares de especimenes neandertales. Lo que le asombro fue que los esqueletos estaban diseminados por todos lados y que huesos grandes estaban astillados, y algunos de ellos incluso quemados. Por otra parte, un gran numero de ellos pertenecían a criaturas. Gorjanovic lo interpreto como una prueba irrefutable de que se trataba de victimas de banquetes prehistóricos.
Eagleton daba la impresión de que estaba mirando a Schwartzbaum con atención, pero sus palabras le llegaban envueltas en brumas. Su mente empezaba a abordar el problema que se había planteado a si mismo en la intimidad; avanzaba ya en su resolución por el río principal y la barquita de su interlocutor desaparecía en las márgenes cenagosas.
Schwartzbaum siguió hablando como un actor borracho bajo las luces de un escenario.
– Todas las teorías y los sombríos rumores llegaron a su punto álgido años mas tarde, en I939, justo en vísperas de la guerra.
Contó la historia de Alberto Blanco, un joven italiano que iba en busca de fósiles y que pasaba la luna de miel en Monte Circeo, al sur de Roma. Unos obreros perforaron el techó de una cueva oculta y se encontraron tanteando en la oscuridad. Uno de ellos cogió un cráneo para dárselo a Alberto. La cuestión era: ¿en que lugar de la cueva lo había hallado exactamente?
– El debate trajo cola y todavía hoy sigue vivo. Ha arruinado no se ya cuantas conferencias.
– Blanco insistió en que habían hallado el cráneo en el centro de un grupo de piedras que formaban un circulo. El lo llamaba "la corona de piedras" con el fin de rodear el hecho de un efectismo teatral.
¿Que era aquella fractura en la sien derecha? La prueba de un antiguo asesinato. El gran agujero que había en la base del cráneo lo habían hecho, según Blanco, con el objeto de extraer el cerebro. Sostenía que, con toda probabilidad, el hombre de Neandertal se acercaba sigilosamente por la espalda a su enemigo, le asestaba un golpe mortal, separaba la cabeza del resto del cuerpo, se comía el cerebro y utilizaba con posterioridad el cráneo de cáliz sagrado para sus ritos; lo colocaba con delicadeza en la "corona de piedras" del mismo modo que hoy día un cura alza el cáliz sobre el altar. Interesante, ¿verdad?
Eagleton gruñó unas palabras evasivas mientras Schwartzbaum seguía hablando como si nada.
– Pero hoy día la mayoría de paleontólogos rechazan esta teoría. Hay demasiados interrogantes. ¿Era el circulo realmente un circulo? ¿Fue un animal el que desgarro el cráneo?
¿Era Blanco algo mas que un simple italiano romántico? Es todo muy apropiado para que salga en los diarios sensacionalitas pero es un tema del que no se habla en una reunión en el comedor de la Facultad de Harvard.
– ¿Y la doctora Arnot?
La pregunta le dejo sin palabras. A Schwartzbaum le gustaba ver los toros desde la barrera y Susan Arnot era una persona que derribaba barreras.
– Puede decirse que, en líneas generales, su trabajo ha sido ejemplar y es una persona que goza de prestigio, aunque naturalmente no ha publicado nada sobre su ultima… contribución a la teoría de Blanco.
– ¿Y que piensa usted?
– ¿Yo?
– Si, usted.
Schwartzbaum tomo una actitud cautelosa; era como un experto en el banquillo de los testigos a quien finalmente se le pedía que se comprometiera y aportara pruebas.
– Yo no tomo partido por ninguno de los dos bandos. Todavía no me he formado una idea clara al respecto. Pero estoy dispuesto a decir aquí, en este despacho donde nadie nos oye, que no suscribo la hipótesis del canibalismo.
– Usted afirmo que la gente creía que los neandertales eran caníbales porque así querían creerlo. ¿Que quiso decir con ello?
– Bueno, hoy día la teoría de la evolución nos parece lógica y de sentido común; vista retrospectivamente la consideramos incluso obvia. Thomas Huxley es quien mejor lo dijo: ‹‹Que estupido he sido al no haber pensado antes en ello››. Olvidamos lo revolucionaria que era en la época en que surgió, porque echaba por los suelos el concepto básico que teníamos formado sobre la humanidad. De golpe y porrazo ya no éramos una creación divina; el hombre no era ningún ser separado de las bestias, dotado de inteligencia y con una chispa de divinidad. Ya no éramos especiales; de repente nos derribaron del pedestal. Resultaba que éramos un animal como cualquier otro, un poco mas inteligente, eso si, o incluso mucho mas inteligente, pero seguíamos siendo básicamente un animal. Nos impusimos gracias a nuestro intelecto, que se desarrollo en gran parte por azar, porque teníamos un par de piernas, un pulgar prensil y los órganos de fonación. Debemos reconocer que la imagen de una criatura que procede del cienago primordial no es tan ennoblecedora como el arco entre el dedo de Dios y la mano del hombre que este alarga para tocarlo, como vemos en la capilla Sixtina.
– De modo que ya no somos dioses menores sino simplemente monos mas desarrollados. Para empeorar las cosas, se hallaron estos restos fósiles que llenaron los vacíos, por lo que nuestra relación con los monos es todavía mas irrefutable. De acuerdo, el hombre de Piltdown es un fraude pero incluso sin el hay muchísimos "eslabones que se han perdido" y el mas importante es el hombre de Neandertal. De ahí que necesitemos algo que nos separe de el con la finalidad de poder volver a subirnos a nuestro pedestal. Nos es preciso transformarlo en una bestia. Y que mejor manera de hacerlo que acusarlo de violar el tabú mas espantoso de cuantos quepa imaginar, de cometer el crimen mas horroroso que existe, el símbolo de todo lo que nos coloca por encima de los restantes animales en este horrible continuo por salir del estado salvaje: comer a los de su propia raza.
Ahora Schwartzbaum estaba tan encantado de su elocuencia que casi se había olvidado de la persona que estaba sentada frente a el, detrás del escritorio, en la penumbra. Se sobresalto cuando Eagleton lo interrumpió.
– Le felicito. Ha contestado usted todas las preguntas salvo la mas importante.
– ¿Y cual es?
– ¿Por que habrían de ser caníbales?
– Fácil -respondió Schwartzbaum tirándose otra vez de la perilla-. Desde tiempos inmemoriales la razón ha sido siempre la misma: apropiarse de la inteligencia de la victima.
Eagleton lo despacho bruscamente.
El hijo de Caralarga estaba tendido en una losa hecha de tierra prensada en el interior de la choza que había junto al río.
Tenia los ojos cerrados y estaba pálido y desencajado, pero todavía respiraba. Susan le examino el rostro. La protuberancia en forma de mono que tenia en la parte posterior de la cabeza, un rasgo que en los homínidos servía para contrarrestar el peso de sus caras alargadas, le mantenía la cabeza echada hacia delante de forma que la barbilla casi le tocaba el pechó. Aquella postura le daba un aire solemne y pacifico, como si estuviera muerto; parecía una estatua de las que se ven en las catedrales medievales de Europa sobre los sarcófagos. Las largas pestañas se movían. No es feo, pensó Susan. En cierto modo tiene un aspecto noble, aunque no angélico; si, destacaba sobre los demás como un joven príncipe. No debe de tener mas de quince o dieciséis años, se dijo. Susan ya casi no sentía el escalofrío inconsciente de aversión que la sobrecogía cada vez que contemplaba aquellos rostros deformes.
Observó la pintura de la cara, pinceladas salvajes cuya única finalidad era inspirar miedo. Eran universales; las tribus primitivas del mundo entero utilizaban aquellos adornos cuando cazaban o en las batallas, y a veces también en los funerales de los grandes guerreros. Le toco una línea roja y se le quedó el dedo pringado; lo olió: era hematites u oxido, que tiene una tonalidad ocre rojizo. Se empleaba en los entierros prehistóricos como símbolo de la sangre; hacia poco lo había visto en las caras de los salvajes que habían matado a Kudy y que habían intentado atraparlos en la caverna.
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