Daniel Silva - Octubre

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Durante los primeros años de incertidumbre del proceso de paz en Irlanda del Norte, tres ataques terroristas simultáneos en Belfast, Dublin y Londes rompen la esperanza de que el baño de sangre por fin se haya acabado. Los responsables son un nuevo grupo terrorista denominado la Brigada por la Libertad del Ulster. Y tienen un único objetivo: destruir el proceso de paz. Michael Osbourne, el héroe de La Marca del Asesino, ha abandonado la CIA, amargado y desilusionado. Pero cuando el Presidente de los EEUU escoge a su suegro para ser el próximo embajador en Gran Bretaña, Osbourne es arrastrado a la batalla contra algunos de los más implacables y violentos terroristas.

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Todo parecía listo poco después de las diez de la mañana, cuando empezó a oírse el amortiguado sonido de un helicóptero procedente de la bahía de Little Peconic. El día había amanecido encapotado y húmedo, pero a media mañana el sol había disipado las nubes y el extremo oriental de Long Island centelleaba a la luz del brillante sol invernal. Una bandera estadounidense ondeaba al viento en Chequit Point. Sobre el tejado del club náutico de Shelter Island yacía una enorme pancarta en la que se leía Bienvenido presidente Beckwith para que el aludido pudiera verla cuando su helicóptero la sobrevolara. Un sinfín de lugareños flanqueaba Shore Road, y la banda del instituto local interpretaba una entusiasta aunque no demasiado acompasada versión de Hail to the Chief.

El helicóptero Marine One sobrevoló Nassau Point y Great Hog Neck. Voló bajo sobre las aguas de la bahía de Southold antes de pasar sobre Conkling Point. La muchedumbre congregada a lo largo de Shore Road divisó por primera vez el helicóptero del presidente cuando sobrevolaba el estrecho de Shelter Island. Los equipos televisivos apostados en el agua apuntaron sus cámaras al cielo y empezaron a filmar. Marine One pasó por encima del puerto de Dering, provocando pequeñas olas con el golpeteo del rotor, y se posó sobre la hierba de Cannon Point.

Douglas Cannon lo esperaba junto a Elizabeth, Michael y sus dos perdigueros. Los perros echaron a correr en cuanto James y Anne Beckwith bajaron del helicóptero ataviados para el campo con pantalones planchados de color caqui y anoraks ingleses de color verde cazador.

Un pequeño grupo de periodistas, el llamado núcleo duro, habían recibido autorización para presenciar la llegada presidencial desde el interior de la finca.

– ¿Cuál es el objetivo de su visita? -gritó un vocinglero corresponsal de ABC News.

– Pasar un día en el campo con un viejo amigo -repuso el presidente con una sonrisa.

– ¿Adónde irán ahora?

– A la iglesia -terció Douglas Cannon, avanzando un paso.

La primera dama, Anne Beckwith, o lady Anne Beckwith, como se la conocía en los ambientes del chismorreo de Washington, quedó visiblemente perpleja ante la respuesta del senador. Al igual que su esposo, era casi atea y detestaba la visita semanal a la iglesia episcopaliana de San Juan, donde se veía obligada a aguantar una hora de plegarias masculladas y falsa reflexión espiritual. Pero diez minutos más tarde, una caravana improvisada recorría Manhanset Road en dirección a la iglesia de Santa María. Al poco, los dos antiguos adversarios se sentaban juntos en el primer banco, Beckwith con su americana azul, Cannon enfundado en una raída americana de tweed con agujeros en los codos, y empezaban a entonar Nuestro Señor es una fortaleza inexpugnable.

A mediodía, Beckwith y Cannon decidieron salir a navegar un rato pese a que la temperatura era de apenas cuatro grados y un fuerte viento barría el estrecho de Shelter Island. Para consternación del servicio secreto, los dos hombres subieron a bordo del Athena y se pusieron en marcha.

Recorrieron el estrecho canal que separa Shelter Island y el extremo norte de Long Island e izaron velas cuando el Athena llegó a las aguas abiertas de la bahía de Gardiners. Los seguían un cúter de los guardacostas, dos balleneros atestados de agentes del servicio secreto y media docena de embarcaciones cargadas de periodistas. Sólo se produjo un incidente cuando la Zodiac alquilada por la CNN hizo agua y se hundió frente a las rocas de Cornelius Point.

– Muy bien, señor presidente -suspiró Douglas Cannon-. Ahora que ya hemos proporcionado a los medios de comunicación muchas fotos bonitas, ¿por qué no me cuenta de una vez de qué va todo esto?

Ligeramente ladeado hacia estribor, el Athena surcaba la bahía de Gardiners en dirección a Plum Island por una amplia extensión. Cannon llevaba el timón, y Beckwith estaba sentado junto a la escalera de cámara.

– Nunca hemos sido demasiado buenos amigos, señor presidente. De hecho, creo que el único acto social al que hemos asistido juntos fue el funeral de mi mujer.

– Éramos competidores cuando estábamos en el Senado -comentó Beckwith-, pero eso fue hace mucho tiempo. Y deja esa chorrada de presidente, Douglas. Hace demasiado tiempo que nos conocemos.

– Nunca fuimos competidores, Jim. Desde el día en que tú y Anne llegasteis a Washington, tenías las miras puestas en la Casa Blanca, mientras que yo sólo quería quedarme en el Senado y hacer leyes. Me gustaba ser legislador.

– Y eras muy bueno, uno de los mejores de la historia.

– Gracias, Jim -masculló Cannon antes de observar las velas con el entrecejo fruncido-. Ese foque orza un poco, señor presidente. ¿Le importaría tirar de ese cabo?

Dejaron Orient Point a babor. Las sirenas de la costa aullaron en su honor. Plum Island se alzaba a proa. Cannon viró hacia el sur, en dirección a Gardiners Island.

– Quiero que trabajes para mí -anunció Beckwith de sopetón-. Te necesito, el país te necesita.

– ¿Qué quieres que haga?

– Quiero que vayas a Londres como embajador. No puedo quedarme de brazos cruzados mientras una panda de delincuentes protestantes dan al traste con el proceso de paz. Necesito a un hombre fuerte en Londres ahora mismo, y Tony Blair también.

– Jim, tengo setenta y un años, estoy jubilado y soy feliz.

– Si la paz no prevalece en Irlanda del Norte, la violencia alcanzará niveles no vistos desde los setenta. No quiero cargar eso sobre mi conciencia, y me parece que tú tampoco.

– Pero ¿por qué yo?

– Porque eres un estadista americano respetado y distinguido. Porque tus antepasados procedían de Irlanda del Norte. Porque en tus declaraciones públicas sobre el conflicto has sido igual de implacable con el IRA que con la mayoría protestante. Porque ambos bandos confiarán en que seas justo.

Beckwith se interrumpió y contempló el agua.

– Y porque tu presidente te pide que hagas algo por tu país -prosiguió al cabo de unos instantes-. Antes eso significaba algo en Washington, y creo que aún significa algo para ti, Douglas. No me obligues a pedírtelo otra vez.

– Te olvidas de una cosa, Jim.

– ¿Te refieres al intento de asesinato contra tu yerno el año pasado?

– Y contra mi hija. Espero que una copia del memorándum de Michael llegara al Despacho Oval. Michael cree que uno de tus benefactores más importantes fue el responsable del atentado contra el vuelo 002 de TransAtlantic. Y a decir verdad, estoy de acuerdo con él.

– Vi su informe -corroboró Beckwith con el entrecejo fruncido-. Michael era un buen agente, pero sus conclusiones son incorrectas. La insinuación de que un hombre como Mitchell Elliot tuvo algo que ver con el atentado contra ese avión es absurda. Si creyera que guarda la menor relación con el asunto, utilizaría hasta el último resquicio del poder que tengo para cerciorarme de que recibe su merecido. Pero no es cierto, Douglas. Fue la Espada de Gaza quien derribó ese avión.

– Si me nombras embajador, los peces gordos republicanos se subirán por las paredes. Londres siempre va a parar a manos de algún benefactor importante.

– Lo mejor de no jugarse la reelección, Douglas, es que me la suda lo que digan los peces gordos.

– ¿Y qué me dices del proceso de ratificación?

– Te las arreglarás.

– Yo no estaría tan seguro. El Senado ha cambiado desde que nos fuimos. Tu partido metió a un montón de jóvenes agresivos, y tengo la sensación de que quieren echarlo abajo.

– Yo me encargaré de ellos.

– No quiero que acaben conmigo sólo porque he fumado hierba algunas veces. Por el amor de Dios, era profesor universitario en Nueva York durante los sesenta y los setenta. Todo el mundo fumaba hierba.

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