– Maddox.
– Cassie -dije yo-. Cassie, no vas a casarte con ese pueblerino aburrido, ¿verdad?
La oí coger aire, dispuesta a decir algo. Al cabo de un momento lo soltó otra vez.
– Lo siento -continué-. Por todo. Lo siento mucho, mucho. Te quiero, Cass. Por favor.
Aguardé de nuevo. Tras una pausa larga oí un golpe. Entonces, de fondo, se oyó a Sam:
– ¿Quién era?
– Se han equivocado -respondió Cassie, ahora mucho más lejos-. Un borracho.
– Entonces, ¿por qué has estado tanto rato?
Su voz era algo burlona, para hacerla rabiar. Ruido de sábanas.
– Me ha dicho que me quería, por eso he querido ver quién era. Pero resulta que estaba buscando a Britney.
– Ya somos dos -dijo Sam; y después-: ¡Ay! -Una risita de Cassie-. ¡Me has mordido la nariz!
– Te está bien empleado -respondió Cassie.
Más risas graves, un susurro y un beso; un largo suspiro satisfecho.
– Cariño -dijo Sam con dulzura, feliz.
Después, sólo escuché sus respiraciones, aligerándose al unísono y cada vez más lentas, hasta que volvieron a dormirse.
Me quedé ahí sentado largo rato, observando cómo el cielo se aclaraba al otro lado de la ventana y me di cuenta de que mi nombre no había aparecido en la pantalla del móvil de Cassie. Podía sentir cómo el vodka se introducía en mi sangre; el dolor de cabeza empezaba a hacer su aparición. Sam roncó, muy suavemente. Nunca he sabido, ni ahora ni entonces, si Cassie creía que había colgado o si quiso herirme o darme un último regalo, una última noche escuchándola respirar.
Por supuesto, la autopista siguió con la ruta trazada en un principio. «No a la Autopista» logró detener su avance durante una cantidad de tiempo impresionante -mandamientos judiciales, recusaciones policiales, creo que a lo mejor incluso lo presentaron al Tribunal Supremo europeo- y un puñado de manifestantes andrajosos que se autodenominaban Knocknafree [22](entre los cuales apuesto a que se incluía Mark) acamparon en el yacimiento para detener el paso de las excavadoras, lo que implicó una nueva interrupción de varias semanas mientras el gobierno obtenía una orden judicial contra ellos. Nunca tuvieron ni la más remota posibilidad. Me gustaría haber podido preguntarle a Jonathan Devlin si de veras creía, a pesar de lo que nos enseña la experiencia, que esta vez la opinión pública tendría algún efecto, o si supo que no desde el principio pero aun así tenía que intentarlo. En cualquier caso, le envidiaba.
Fui allí el día que leí en el periódico que la construcción había empezado. Se suponía que debía recorrer Terenure puerta por puerta para encontrar a alguien que hubiera visto un coche robado utilizado en un atraco, pero nadie me echaría de menos por una hora. No sé muy bien por qué fui. No se trataba de un intento de colofón dramático o algo por el estilo; sólo sentí un impulso postrero de ver aquel sitio una vez más.
Era un caos. Me lo esperaba, aunque no hasta ese punto. Oí el rugir salvaje de la maquinaria mucho antes de alcanzar la cumbre de la colina. El yacimiento entero era irreconocible, hombres con prendas protectoras fosforescentes se agitaban como hormigas y gritaban órdenes ininteligibles y roncas por encima del ruido, y excavadoras sucias y gigantescas arrojaban a un lado enormes cantidades de tierra y husmeaban con una delicadeza lenta y obscena los restos excavados de los muros.
Aparqué al lado de la carretera y salí del coche. Había un desconsolado corrillo de manifestantes en el área de descanso (de momento aún no la habían tocado y el castaño volvía a soltar sus frutos), blandiendo pancartas rotuladas a mano -«Salvemos nuestra herencia» o «La historia no está en venta»- por si los medios volvían a aparecer. La tierra descarnada y revuelta parecía extenderse en la distancia mucho más inmensa de lo que había sido la excavación, y tardé un buen rato en comprender el porqué: aquella última franja de bosque casi había desaparecido. Troncos pálidos y astillados y raíces expuestas que empujaban como locas hacia el cielo gris. Las motosierras farfullaban al puñado de árboles que habían dejado.
El recuerdo impactó contra mi plexo solar con tanta fuerza que me dejó sin aliento: nosotros trepando a los muros del castillo, bolsas de patatas crujiendo en mi camiseta y el sonido del río al reírse en algún lugar, más abajo; la zapatilla de Peter buscando un punto de apoyo justo sobre mí, y la mancha rubia que era Jamie alzando el vuelo entre el balanceo de las hojas. Todo mi cuerpo recordó aquello, el tacto familiar y rasposo de la piedra contra mi palma, el tirón de un músculo en mi muslo al darme impulso para subir hacia el remolino verde y la explosión de luz… Me había acostumbrado tanto a pensar en el bosque como un enemigo invencible y acechante, como una sombra que cubría cada rincón secreto de mi mente, que me olvidé por completo de que, durante gran parte de mi vida, había sido nuestra zona de recreo más agradable y nuestro refugio más adorado. Hasta que vi cómo lo cortaban, ni siquiera se me ocurrió que había sido hermoso.
En el límite del yacimiento, cerca de la carretera, uno de los obreros acababa de sacarse un paquete aplastado de tabaco de debajo del chaleco naranja y se palpaba los bolsillos metódicamente en busca de un mechero. Encontré el mío y fui hacia él.
– Gracias, hijo -dijo a través del cigarrillo mientras ahuecaba la mano alrededor de la llama.
Tenía cincuenta y tantos, era bajo y enjuto y con cara de terrier: cordial, indefinida, cejas pobladas y un grueso bigote en U invertida.
– ¿Cómo va? -le pregunté.
Se encogió de hombros, inhaló y me devolvió el mechero.
– Bah, he estado en sitios peores. Esas puñeteras rocas grandes salen por todas partes, pero ya está.
– A lo mejor son del castillo. Antes era un yacimiento arqueológico.
– ¿Me lo dice o me lo cuenta? -preguntó, señalando a los manifestantes con la cabeza.
Sonreí.
– ¿Han encontrado algo interesante?
Su mirada se volvió bruscamente hacia mí y noté que hacía una valoración rápida y concisa: ¿manifestante, arqueólogo o espía del gobierno?
– ¿Como qué?
– No lo sé; fragmentos arqueológicos, quizás. Huesos de animales. O humanos.
Sus cejas se movieron al unísono.
– ¿Es policía?
– No -respondí. El aire era húmedo y denso, cargado de tierra revuelta y lluvia latente-. Dos amigos míos desaparecieron aquí, en los ochenta.
Asintió con aire pensativo, pero sin sorpresa.
– Me acuerdo de eso, sí señor -señaló-. Dos críos. ¿Es usted el chico que estaba con ellos?
– Sí -dije-. Soy yo.
Dio una calada honda y pausada a su cigarrillo y me miró con ojos entornados y un interés relativo.
– Lo siento por usted.
– Fue hace mucho tiempo -comenté.
Asintió.
– No hemos encontrado huesos, que yo sepa. Puede que hayan aparecido conejos o zorros, pero nada más grande que eso. Si no, habríamos llamado a la policía.
– Ya lo sé. Sólo quería asegurarme.
Reflexionó un instante, con la mirada vuelta hacia el yacimiento.
– Uno de los chicos ha encontrado esto hace un rato. -Buscó en todos sus bolsillos y se sacó algo de debajo del chaleco-. ¿Qué diría que es?
Depositó el objeto en mi palma. Tenía forma de hoja, era plano y estrecho y más o menos de la longitud de mi pulgar y estaba hecho de un metal liso ennegrecido por el tiempo. Un extremo estaba cercenado; se habría partido hacía mucho tiempo. El hombre había intentado limpiarlo, pero aún presentaba pequeñas incrustaciones de tierra dura.
– No lo sé -respondí-. Una punta de flecha, tal vez, o parte de un colgante.
– Se lo ha encontrado pegado en la bota durante el descanso -comentó él-. Me lo ha dado para que se lo lleve al crío de mi hija, que está loco por la arqueología.
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