Jonathan tiró su colilla y se volvió hacia mí, con las manos hundidas en los bolsillos de su abrigo.
– ¿Qué piensa que tendría que haber hecho? -preguntó con voz grave y dura-. Ella también es hija mía. Ya había perdido a una. Margaret no quiere oír ni una palabra contra ella; hace años quise enviar a Rosalind a un psicólogo por la cantidad de mentiras que decía, y Margaret se puso histérica y me amenazó con dejarme y llevarse a las niñas. Y yo no sabía nada. No habría servido de una mierda que les dijera algo a ustedes. Yo la vigilaba y rezaba por que fuera algún promotor inmobiliario. ¿Qué habría hecho en mi lugar?
– No lo sé -respondí con sinceridad-. Es muy posible que hubiera hecho exactamente lo mismo.
Continuaba mirándome, y su fuerte respiración le ensanchaba de forma sutil los orificios nasales. Me aparté y di una calada; al poco tiempo le oí respirar hondo y reclinarse en la pared otra vez.
– Ahora soy yo el que quiere preguntarle algo -dijo-. ¿Es verdad lo que dijo Rosalind de que usted es ese chico cuyos amigos desaparecieron?
No me sorprendió. Tenía derecho a ver o escuchar filmaciones de todos los interrogatorios que se hicieran a su hija, y creo que hasta cierto punto siempre esperé que tarde o temprano me lo preguntara. Sabía que debía negarlo -la versión oficial era que, legal aunque no sin cierta dosis de crueldad, me inventé la historia de la desaparición para ganarme la confianza de Rosalind-, pero no tuve fuerzas para hacerlo, ni tampoco le veía sentido.
– Sí -admití-. Adam Ryan.
Jonathan volvió la cabeza y me miró largo rato, y me pregunté qué vagos recuerdos trataba de relacionar con mi rostro.
– Nosotros no tuvimos nada que ver con eso -declaró, y el trasfondo delicado y casi compasivo de su voz me sobrecogió-. Quiero que lo sepa. Nada de nada.
– Lo sé -contesté al fin-. Siento haber ido a por usted.
Asintió unas cuantas veces, despacio.
– Supongo que yo en su lugar habría hecho lo mismo. No puede decirse que sea un santo inocente. Usted vio lo que le hicimos a Sandra, ¿no? Usted estaba ahí.
– Sí. Y no piensa presentar cargos contra ustedes.
Movió la cabeza como si la idea lo turbara. El río, oscuro, parecía denso, con un lustre aceitoso y poco saludable. Había algo en el agua, un pez muerto, quizás, o un vertido de basura; las gaviotas lo sobrevolaban y chillaban en un torbellino frenético.
– ¿Qué van a hacer ahora? -pregunté sin más.
Jonathan sacudió la cabeza y alzó la vista al cielo encapotado. Se le veía agotado, pero no de esa manera que puede sanar una buena noche de sueño o unas vacaciones. Era un agotamiento que lo calaba hasta los huesos, imborrable e instalado en los surcos y las bolsas que rodeaban sus ojos y su boca.
– Nos mudaremos. Nos han lanzado ladrillos por la ventana y alguien me pintó «Pedofilo» en el coche con espray; fuera quien fuese no lo escribió bien, pero el mensaje quedó muy claro. Puedo aguantar hasta que se tome una decisión sobre la autopista en un sentido u otro, pero luego…
Las denuncias de abuso infantil, por muy infundadas que puedan parecer, tienen que comprobarse. La investigación de las acusaciones de Damien contra Jonathan no halló ninguna prueba que las corroborase y sí una cantidad considerable que las contradecía, y Delitos Sexuales había mostrado toda la discreción que era humanamente posible, pero los vecinos siempre se enteran mediante algún misterioso sistema de tambores selváticos, y siempre hay gente que cree que cuando el río suena, agua lleva.
– Enviaré a Rosalind a terapia, según el dictamen del juez. Me he informado un poco y en todos los libros se afirma que no les sirve de nada a personas como ella, que son así y no tienen cura, pero tengo que intentarlo. Y la mantendré en casa todo el tiempo que pueda, para ver dónde se mete y tratar de evitar que utilice sus trucos con otros. En octubre irá a la universidad, estudiará música en Trinity, pero ya le he dicho que no pienso pagarle el alquiler de un piso; o se queda en casa o tendrá que buscarse un trabajo. Margaret sigue creyendo que no hizo nada y que ustedes le tendieron una trampa, pero se alegra de tenerla en casa un tiempo más. Dice que Rosalind es delicada. -Se aclaró la garganta con un sonido áspero, como si la palabra le hubiera dejado un mal sabor-. Enviaré a Jessica a vivir a Athlone con mi hermana, en cuanto le desaparezcan las cicatrices de las muñecas; para que esté a salvo. -Su boca se torció en una medio sonrisa amarga-. A salvo. De su propia hermana.
Por un instante pensé en lo que debía de haber sido aquella casa en los últimos dieciocho años, en lo que era todavía. Sentí una horrible angustia en el estómago.
– ¿Sabe una cosa? -dijo Jonathan, súbita y lastimeramente-. Margaret y yo sólo llevábamos dos meses saliendo cuando supo que estaba embarazada. A los dos nos entró el pánico. Una vez conseguí sacar el tema de que a lo mejor deberíamos pensar en… coger un barco a Inglaterra. Pero claro, ella es muy religiosa. Para empezar, ya se sentía bastante mal por el embarazo, o sea que lo otro… Es una buena mujer, no me arrepiento de haberme casado con ella. Pero si llego a saber lo que era… lo que aquello… lo que Rosalind iba a ser, que Dios me perdone, pero yo mismo la habría arrastrado a ese barco.
«Ojalá lo hubiera hecho», quise decir, pero habría sido muy cruel.
– Lo siento -repetí, en vano.
Me observó un instante; luego tomó aire y se estrechó el abrigo alrededor de los hombros.
– Será mejor que entre, a ver si Rosalind ya ha terminado.
– Me parece que aún tardará un rato.
– Seguramente -respondió en tono apagado.
Subió las escaleras con pesadez en dirección a la sala del juicio, con el abrigo agitándose detrás de él y algo encorvado contra el viento.
El jurado declaró a Damien culpable. Dadas las pruebas presentadas, no podían emitir otro veredicto. Hubo varias batallas legales, complejas y multilaterales, respecto a la admisibilidad, y los psiquiatras mantuvieron debates cargados de jerga sobre los procesos mentales de Damien. (Todo esto lo supe por terceros, en fragmentos de conversación cogidos al vuelo o en llamadas interminables de Quigley, que al parecer había convertido en la misión de su vida averiguar por qué me relegaron al papeleo en Harcourt Street.) Su abogado optó por una defensa desdoblada -sufrió una enajenación temporal y, aunque no fuese así, él creía que estaba protegiendo a Rosalind de unas lesiones corporales graves-, un arma que a menudo genera la suficiente confusión como para instaurar la duda razonable. Pero disponíamos de una confesión completa y, tal vez más importante, teníamos las fotos de la autopsia de una niña muerta. A Damien lo declararon culpable de asesinato y lo condenaron de por vida, lo que en la práctica suele saldarse con unos diez o quince años.
Dudo que él apreciara las múltiples ironías del asunto, pero es muy posible que esa paleta le salvara la vida, y desde luego le ahorró algunas experiencias desagradables en la cárcel. Debido a la agresión sexual a Katy, se le consideró un delincuente sexual y lo condenaron a la unidad de alto riesgo, junto con los pedófilos y violadores y otros prisioneros que no saldrían muy bien parados con los internos ordinarios. Supongo que era una bendición ambivalente, pero al menos incrementó sus posibilidades de salir de la cárcel con vida y sin enfermedades contagiosas.
Se formó un pequeño grupo de linchamiento, constituido por una docena de personas, que lo esperó a la salida del juicio después de que se dictara sentencia. Vi las noticias en un pub pequeño y deprimente cerca de los muelles y un grave y peligroso murmullo de aprobación se elevó entre los parroquianos mientras, en la pantalla, unos uniformados impasibles guiaban a Damien a trompicones entre la multitud y la furgoneta arrancaba bajo una lluvia de puños, gritos roncos y algún que otro medio ladrillo.
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