Cabe imaginarse mi sorpresa, pues, cuando me di cuenta de que allí no había nada. Todo lo anterior a mi primer día de internado parecía haber sido extirpado de mi mente con precisión quirúrgica, y esta vez para siempre. Peter, Jamie, los moteros y Sandra, el bosque, cada pedacito de recuerdo que había rescatado con un esmero tan laborioso en el transcurso de la operación Vestal: todo había desaparecido. Recordaba cómo había sido recordar esas escenas en un momento dado, pero ahora tenían ese cariz remoto y usado de viejas películas o de historias que me habían contado; las veía desde una vasta distancia -tres chicos de piel bronceada con pantalones cortos y estropeados, escupiéndole en la cabeza a Willy Little desde las ramas y alejándose a trompicones entre risas- y sabía con fría certeza que, con el tiempo, incluso esas imágenes desarraigadas se marchitarían y se quedarían en nada. Ya no parecían pertenecerme a mí, y no podía deshacerme de la lóbrega e implacable sensación de que era porque había perdido mi derecho a ellas, de una vez para siempre.
Sólo permanecía una imagen. Una tarde de verano, Peter y yo estábamos tumbados en la hierba del jardín de su casa. Habíamos intentado con poco entusiasmo montar un periscopio según las instrucciones de un viejo álbum, pero necesitábamos el tubo de cartón de un rollo de papel de cocina y no se lo podíamos pedir a nuestras madres porque no les hablábamos. En su lugar habíamos utilizado papel de periódico enrollado, pero se torcía y lo único que veíamos a través del periscopio era la página de deportes, y al revés.
Los dos estábamos de un humor de perros. Era la primera semana de vacaciones y hacía sol, o sea que tendría que haber sido un día genial, tendríamos que haber estado arreglando la cabaña del árbol o congelándonos el pito nadando en el río, pero de camino a casa después del último día de colegio el viernes anterior, Jamie dijo, mirándose los zapatos: «Dentro de tres meses me voy al internado».
– Cállate -respondió Peter al tiempo que la empujaba sin fuerza-. No es verdad. Tu madre se rendirá.
Pero aquello nos había empañado las vacaciones como una nube inmensa de humo negro planeando sobre todo lo que estaba a la vista. No podíamos entrar porque nuestros padres estaban furiosos con nosotros porque no les hablábamos, y tampoco podíamos ir al bosque ni hacer nada que estuviera bien porque todo lo que se nos ocurría nos parecía estúpido, y ni siquiera podíamos ir a buscar a Jamie y decirle que saliera porque se limitaría a sacudir la cabeza y decir: «¿Para qué?», y lo empeoraría todo aún más. Así que estábamos tumbados en el jardín, aburridos y picajosos e irritados el uno con el otro, con el periscopio que no funcionaba y con el mundo entero que era un grano en el culo. Peter arrancaba briznas de hierba, les mordía las puntas y las escupía al aire, a un ritmo impaciente y automático. Yo estaba tumbado bocabajo, con un ojo abierto para observar a las hormigas que correteaban de aquí para allá; tenía el pelo sudado por culpa del sol. «Este verano ni siquiera cuenta -pensé-. Este verano es una mierda.»
La puerta de Jamie se abrió de golpe y ella salió gritando, como disparada por un cañón, y su madre corría tras ella llamándola con una sonrisa compungida en su voz. La puerta rebotó al cerrarse con estrépito y el horrible jack russell de los Carmichael estalló en una histeria innata y aguda. Peter y yo nos enderezamos y Jamie se detuvo ante la verja derrapando, giró la cabeza para buscarnos y, cuando la llamamos, bajó corriendo, saltó el muro del jardín de Peter, cayó de plano en la hierba con un brazo rodeando el cuello de cada uno y nos arrastró con ella. Los tres chillamos a la vez y tardamos unos segundos en distinguir qué estaba gritando Jamie:
– ¡Me quedo! ¡Me quedo! ¡No tengo que irme!
El verano cobró vida. Pasó del gris a un azul y oro intenso en un abrir y cerrar de ojos; en el aire repicaron cantos de saltamontes y ruidos de cortacéspedes, se arremolinaron las ramas, las abejas y las semillas de diente de león, y volvió dulce y suave como la nata montada. Más allá del muro, el bosque nos llamaba con una intensa voz silente, agitando sus mejores tesoros para darnos la bienvenida. El verano lanzó una cascada de hiedra, nos atrapó por debajo del esternón y tiró de nosotros; el verano rescatado se desplegó ante nuestra vista y duraba un millón de años.
Nos desenredamos y nos sentamos jadeando, incapaces de creerlo.
– ¿En serio? -pregunté-. ¿Seguro?
– Sí. Ha dicho que ya veremos, que se lo volvería a pensar y que encontraríamos una solución, pero eso significa que vale pero que aún no lo quiere decir. ¡No me iré a ninguna parte!
Jamie se quedó sin palabras, así que me hizo caer de un empujón. Yo le agarré el brazo, me subí encima de ella y se lo retorcí. Una sonrisa inmensa surcaba mi rostro, y era tan feliz que pensé que nunca lo dejaría de ser.
Peter estaba de pie.
– Tenemos que celebrarlo. Picnic en el castillo. Vamos a casa a buscar cosas y quedamos allí.
Salí como un cohete hacia la cocina de mi casa, mi madre pasaba la aspiradora en algún lugar del piso de arriba. «¡Mamá, Jamie se queda, cojo cosas para un picnic!», me hice con tres bolsas de patatas y varias natillas y me llené la camiseta con ellas, crucé otra vez la puerta, saludé ante la cara de sorpresa de mi madre en el rellano y salté el muro con una mano.
Las latas de Coca-Cola silbaron y lanzaron espuma y nosotros, de pie en lo alto del muro del castillo, las entrechocábamos.
– ¡Hemos ganado! -gritó Peter a las ramas y las franjas refulgentes de luz, con la cabeza hacia atrás y hendiendo el aire con el puño-. ¡Lo conseguimos!
Jamie gritó:
– ¡Me voy a quedar para siempre! -Y bailó encima del muro como si fuese de aire-. ¡Para siempre, siempre jamás!
Y yo chillaba gritos salvajes y sin palabras, y el bosque atrapó nuestras voces y las lanzó hacia el exterior en grandes ondas expansivas, y las tejió con el remolino de hojas y la algazara y el borboteo del río y la telaraña de susurros y llamadas de los conejos y los escarabajos y los petirrojos y todos los demás habitantes de nuestros dominios, en forma de himno largo y elevado.
Este recuerdo, el único que atesoro, no se diluyó ni se me escurrió entre los dedos. Permaneció -y aún lo hace- nítido, cálido y mío como una brillante moneda en mi mano. Supongo que, si el bosque tenía que dejarme un único momento, era una buena elección.
En uno de esos despiadados coletazos que dan a veces estos casos, Simone Cameron me llamó poco después de que me reincorporara al cuerpo. El número de mi móvil estaba en la tarjeta que le di, y ella no podía saber que yo me dedicaba a verificar declaraciones de ladrones de coches en Harcourt Street y que ya no tenía nada que ver con el caso Katy Devlin.
– Detective Ryan -dijo-, hemos encontrado algo que creo que debería ver.
Era el diario de Katy, aquel del que Rosalind nos dijo que se había cansado y que había tirado. La señora de la limpieza de la Academia Cameron, en un acceso de meticulosidad poco habitual, lo había encontrado pegado con cinta adhesiva detrás de un póster enmarcado de Anna Pavlova que estaba colgado en la pared del aula. Al leer el nombre de la cubierta, llamó a Simone muerta de excitación. Debería haberle dado a Simone el número de Sam; sin embargo, dejé a un lado las declaraciones sin verificar y me dirigí a Stillorgan.
Eran las once de la mañana y Simone era la única persona que había en la academia. El aula estaba inundada de sol y las fotos de Katy habían desaparecido del tablón de anuncios, pero una exhalación de aquel olor profesional tan específico -resina, sudor reciente e intenso y abrillantador de suelo- me obligó a recordar: patinadores gritando en la calle oscura de abajo, las prisas de unos pies acolchados y la cháchara en el pasillo, la voz de Cassie a mi lado, la agitación aguda y cantarina que causamos al entrar en la habitación…
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