El póster yacía bocabajo en el suelo. En la parte de atrás del marco había unas hojas de papel polvoriento pegadas para formar un soporte improvisado, y encima de ellas estaba el diario. Era un simple cuaderno de los que utilizan los niños en la escuela, con hojas pautadas y la cubierta de un repugnante naranja reciclado.
– Paula, que es quien lo ha encontrado, está en su otro trabajo -dijo Simone-, pero tengo su teléfono. Me lo quedé.
– ¿Lo ha leído? -quise saber.
Simone asintió.
– Un poco. Lo suficiente.
Llevaba unos pantalones negros estrechos y un jersey suave del mismo color y no sé por qué eso la hacía parecer más exótica que con la falda plisada y el maillot. Sus extraordinarios ojos tenían la misma expresión inmovilizada que cuando le contamos lo que le había sucedido a Katy.
Me senté en una silla de plástico. «Katy Devlin MUY PRIVADO NO LO ABRAS TE LO DIGO A TI», rezaba la cubierta, pero lo abrí de todos modos. Tenía unas tres cuartas partes llenas. La letra, redonda y esmerada, empezaba a desarrollar toques de individualidad: marcadas florituras en las «y» y las «g» y una alta y sinuosa «S» mayúscula. Simone se sentó frente a mí y me observó, con una mano colocada sobre la otra en el regazo, mientras leía.
El diario cubría casi ocho meses. Las entradas eran regulares al principio, como de media página al día, pero al cabo de unos cuantos meses se volvieron intermitentes: dos por semana y luego una. La mayoría eran sobre danza. «Simone dice que mi arabesco es mejor pero que aún tengo que pensarlo como que viene de todo el cuerpo no sólo de la pierna sobre todo en la izquierda la línea tiene que ser recta.» «Estamos haciendo una pieza nueva para fin de año con música de Giselle y yo tengo fouettés. Simone dice que recuerde que es la forma de Giselle de decirle a su novio que le ha roto el corazón y que le echará mucho de menos es su única posibilidad así que ésa ha de ser la razón de todo lo que yo haga. Una parte es así», y entonces unas cuantas líneas de una notación laboriosa y misteriosa, como una partitura musical codificada. El día que la aceptaron en la Real Escuela de Danza fue un estallido salvaje y sobreexcitado de mayúsculas y signos de exclamación y adhesivos con forma de estrellas: «¡¡¡¡¡¡ME VOY ME VOY ME VOY DE VERDAD!!!!!!».
Había pasajes sobre las cosas que hacía con sus amigas: «Nos hemos quedado a dormir en casa de Christina y su madre nos dio una pizza rara con aceitunas y jugamos a verdad o prenda y a Beth le gusta Matthew. A mí no me gusta nadie las bailarinas casi ninguna se casa hasta después de su carrera o sea que igual cuando tenga treinta y cinco o cuarenta. Nos maquillamos y Marianne estaba muy guapa pero Christina se puso demasiada sombra de ojos y parecía su madre». La primera vez que a sus amigas y ella las dejaron ir solas al centro: «Hemos cogido el bus luego de compras a Miss Selfrige. Marianne y yo nos hemos comprado el mismo top pero ella en rosa con letras lilas y yo azul cielo con rojo. Jess no podía venir y le he traído un clip de flores para el pelo. Después hemos ido al Mac Donalds y Christina ha metido el dedo en mi salsa barbacoa y yo le he echado un poco en el helado nos reíamos tanto que el guardia ha dicho que nos echaría si no parábamos. Beth le ha preguntado ¿quiere helado de barbacoa?».
Se probaba las zapatillas de punta de Louise, odiaba la calabaza y la expulsaron de la clase de lengua por enviarle una nota a Beth desde el otro extremo de la clase. Una niña feliz, se diría, risueña y decidida y demasiado apresurada para emplear los signos de puntuación; nada de particular excepto la danza, y satisfecha con eso. Pero entre líneas el terror se desprendía de las páginas como vapores de gasolina, acre y malsano. «Jess está triste de que me vaya a la escuela de danza y lloraba. Rosalind dice que si voy Jess se matará será culpa mía no tendría que ser tan egoísta siempre. No sé qué hacer si pregunto a mamá y papá a lo mejor no me dejan ir. No quiero que Jess se muera.»
«Simone dice que no puedo volver a ponerme enferma y hoy le he dicho a Rosalind que no quiero beberme eso. Dice que me lo beba o ya no bailaré bien. Me he asustado mucho porque se ha puesto furiosa pero yo también y le he dicho que no me lo creía y que creo que me pone enferma. Dice que me arrepentiré y ahora no deja a Jess que me hable.»
«Christina está enfadada conmigo vino el martes y Rosalind le dijo que yo he dicho que ya no sería lo bastante buena para mí una vez que vaya a la escuela de danza y Christina no me cree pero no lo dije. Ahora Christina y Beth no me hablan pero Marianne aún sí. Odio a Rosalind LA ODIO LA ODIO LA ODIO.»
«Ayer este diario estaba debajo de mi cama como siempre y después no lo encontraba. No dije nada pero entonces mamá se llevó a Rosalind y Jess a casa de la tía Vera yo me quedé en casa y busqué por toda la habitación de Rosalind estaba dentro de una caja de zapatos de su armario. Me daba miedo cogerlo porque entonces lo sabrá y se enfadará de verdad pero me da igual. Lo guardaré aquí donde Simone puedo escribir cuando me quede a practicar sola.»
La última entrada del diario estaba fechada tres días antes de la muerte de Katy. «Rosalind siente haberse puesto así porque me iba sólo estaba preocupada por Jess y triste porque estaré muy lejos y ella también me echará de menos. Para que la perdone me va a regalar un amuleto de la suerte para que me traiga suerte en danza.»
Su voz resonaba en un hilo brillante a través de esas letras redondeadas de bolígrafo, y se arremolinaba en el haz de luz junto con las motas de polvo. Katy, un año muerta; sus huesos, en el cementerio gris y geométrico de Knocknaree. Apenas había pensado en ella desde el final del juicio. Incluso durante la investigación, para ser sincero, ocupó en mi mente un lugar menos prominente de lo que cabría esperar. La víctima es una persona a la que nunca conoces; ella sólo fue un conjunto de imágenes translúcidas y contradictorias que se reflejaban a través de las palabras de otros, crucial no en sí misma sino por su muerte y la inmediata retahíla de consecuencias que ésta provocó. Un instante en la excavación de Knocknaree había eclipsado todo lo que Katy había sido. Me la imaginé tumbada bocabajo en aquel suelo de madera clara, con las frágiles alas de sus omóplatos moviéndose mientras escribía y la música dibujando espirales a su alrededor.
– ¿Habría servido de algo que lo encontrásemos antes? -quiso saber Simone.
Su voz me sobresaltó y me hizo palpitar el corazón; casi me había olvidado de su presencia.
– Seguramente no -dije. No tenía ni idea de si era cierto, pero ella necesitaba oírlo-. Aquí no hay nada que vincule a Rosalind directamente con un crimen. Se menciona que le hacía beber algo a Katy, pero se habría buscado alguna explicación, como que eran vitaminas, quizás, o una bebida energética. Y en cuanto al amuleto de la suerte, no demuestra nada.
– Pero si lo hubiéramos encontrado antes de que muriera -señaló Simone en voz baja-, entonces…
Y, desde luego, no pude responder nada a eso; nada de nada.
Metí el diario y el soporte de papel en una bolsa para pruebas y se los mandé a Sam, al Castillo de Dublín. Acabarían en una caja del sótano, en algún lugar cerca de mi ropa vieja. El caso estaba cerrado, no se podía hacer nada salvo, o hasta, que Rosalind le hiciera lo mismo a otra persona. Me habría gustado enviarle el diario a Cassie, como una especie de disculpa muda e inútil, pero ahora tampoco era su caso, y de todos modos ya no podía estar seguro de que entendiera lo que quería decir.
Unas semanas más tarde oí que Cassie y Sam se habían prometido; Bernadette mandó un correo electrónico general, pidiendo aportaciones para un regalo. Esa noche le dije a Heather que el hijo de no sé quién tenía escarlatina, me encerré en mi cuarto y bebí vodka, despacio pero a conciencia, hasta las cuatro de la madrugada. Luego llamé al móvil de Cassie. A la tercera señal dijo, balbuciendo:
Читать дальше