John Connolly - Todo Lo Que Muere

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John Connolly posee todas las cualidades con las que cualquier editor sueña a la hora de dar a conocer a un autor: una primera novela que conmociona, una historia terrorífica muy bien tramada, personajes sólidos y complejos (que además aparecerán en otras entregas), una aguda visión de la sociedad y un gran talento y fuste literarios. Éste es, ni más ni menos, el caso de Todo lo que muere y del escritor irlandés Connolly. Que se preparen los adictos a la buena novela policíaca. Una noche, Charlie «Bird» Parker, inspector del Departamento de Policía de Nueva York, discute por enésima vez con su mujer y sale a tomar unas copas; cuando vuelve a casa, se encuentra a su mujer y a su hija de tres años salvajemente asesinadas. Entre los sospechosos figura el propio Parker, pero el crimen no podrá resolverse. Incapaz de superar los sentimientos de culpabilidad y expulsado del cuerpo de policía, Parker se convierte en un hombre atormentado, violento y deseoso de venganza. Cuando su ex jefe le pide ayuda para resolver el caso de una joven desaparecida, Parker acepta y se embarca en una investigación que le llevará hasta el sur de Estados Unidos, donde se las verá con el crimen organizado, con una extraña anciana que dice oír voces de ultratumba y con el «Viajero», un despiadado asesino en serie.

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Lo oí toser al otro extremo de la línea.

– ¿Ha vuelto a casa tu amiga? -preguntó.

– No, sigue aquí.

– Mejor así. Es bueno tener a alguien al lado en momentos como éste -dijo, y colgó.

El Jazzy Cajun era un bar pequeño y oscuro anexo a un motel, donde había mesas de billar y una gramola con música country. Mientras sonaba Willie Nelson por los altavoces, una mujer repostaba la cerveza tras la barra.

Woolrich llegó poco después de empezar a tomarme el segundo café. Llevaba una chaqueta de color amarillo canario colgada del brazo. La camisa, con manchas de sudor en las axilas, tenía un codo roto y restos de tierra en la espalda y las mangas. Placas de barro oscuro se adherían a los dobladillos del pantalón marrón y las botas de media caña. Pidió bourbon y café antes de sentarse a mi lado, cerca de la puerta. Permanecimos un rato en silencio, hasta que Woolrich se bebió la mitad del bourbon y empezó a tomar a sorbos el café.

– Oye, Bird -dijo-. Siento mucho lo que ocurrió la semana pasada entre nosotros. Los dos nos proponíamos poner fin a esto, cada uno a su manera. Ahora que se ha acabado, bueno… -Se encogió de hombros e inclinó el vaso hacia mí para apurarlo después y pedir otro. Tenía ojeras, y vi que comenzaba a asomarle un doloroso forúnculo en la base del cuello. Sus labios estaban secos y agrietados, e hizo una mueca cuando tuvo el bourbon en la boca-. Úlceras en la boca -explicó-. Son un tormento. -Bebió otro sorbo de café-. Supongo que quieres que te cuente lo que ha pasado.

Negué con la cabeza. Deseaba postergar el momento, pero no así.

– ¿Qué vas a hacer ahora? -pregunté.

– Dormir -respondió-. Luego quizá me tome unos días libres y vaya a México para ver si consigo rescatar a Lisa de las garras de esos fanáticos religiosos.

Un dolor me traspasó el corazón y súbitamente me levanté. Deseé una copa con desesperación, como nunca en la vida había deseado nada. Woolrich no pareció advertir mi desasosiego, ni siquiera que me dirigía hacia los servicios. Tenía la frente bañada en sudor y notaba la piel hipersensible, como si fuera a subirme la fiebre de un momento a otro.

– Ha preguntado por ti, Birdman -le oí decir, y me detuve en seco.

– ¿Cómo? -pregunté sin darme la vuelta.

– Pregunta por ti -repitió él.

Esta vez sí me volví.

– ¿Cuándo has tenido noticias suyas por última vez?

Agitó el vaso.

– Hace un par de meses, creo. Dos o tres.

– ¿Estás seguro?

Se interrumpió y clavó sus ojos en mí. Me sentía como si colgase de un hilo sobre un espacio oscuro y viese que algo pequeño y brillante se separaba del todo y desaparecía en la negrura, perdiéndose para siempre. Como si todo alrededor del bar se alejara y nos quedásemos únicamente Woolrich y yo, solos, sin nada que nos distrajese de las palabras del otro. No notaba el suelo bajo mis pies, ni el aire alrededor. Oí un aullido en mi cabeza y una serie de imágenes y recuerdos empezaron a desfilar por mi mente.

Woolrich de pie en el porche, su dedo en la mejilla de Florence Aguillard.

«La considero mi corbata metafísica; mi corbata de lector de George Herbert.»

Unos versos de Ralegh, de la «Peregrinación del hombre apasionado», el poema que a Woolrich tanto le gustaba citar: «La sangre será el bálsamo de mi cuerpo, / ningún otro bálsamo recibirá».

La segunda llamada telefónica en el Flaisance, durante la cual el Viajante no había permitido preguntas, y durante la cual Woolrich estaba presente.

«No tienen visión. No tienen una visión más amplia de lo que hacen. Sus actos carecen de objetivo.»

Woolrich y sus hombres confiscando las notas de Rachel.

«A veces dudo entre mantenerte al corriente de lo que ocurre o no decirte nada.»

Los agentes echando a un cubo de basura la bolsa de buñuelos que él había tocado.

«¿Te la estás tirando, Bird?»

«No puedes marcarte un farol con alguien que no está prestando atención.»

Adelaide Modine. «Se reconocen entre sí por el olfato.»

Y alguien en un bar de Nueva York hojeando una antología de poesía metafísica publicada por Penguin y citando versos de Donne.

«Los cuerpos desmembrados no sirven al anatomista.»

Una sensibilidad metafísica: eso poseía el Viajante, lo que Rachel intentaba definir hacía sólo unos días, lo que unía a los poetas cuyas obras llenaban las estanterías del apartamento de Woolrich en el East Village, la noche que me llevó a dormir allí, la noche después de matar a mi mujer y a mi hija.

– Bird, ¿te pasa algo? -preguntó. Tenía las pupilas contraídas, como diminutos agujeros negros que absorbían la luz del local.

Me di media vuelta.

– No, sólo un momento de debilidad. Enseguida vuelvo.

– ¿Adónde vas, Birdman? -Su voz delataba incertidumbre, y algo más, un tono de advertencia, de violencia, y me pregunté si Susan lo había percibido también cuando intentó escapar, cuando Woolrich fue tras ella, cuando le rompió la nariz contra la pared.

– Tengo que ir al baño -dije.

Aún no sé por qué me marché. La bilis me subía a la garganta y temí que las náuseas me hicieran vomitar en el suelo. Un dolor atroz, abrasador, me roía el estómago y me oprimía el corazón. Era como si un velo se hubiese descorrido en el momento de mi muerte y revelado, más allá, sólo un vacío negro y gélido. Quería marcharme. Quería alejarme de todo, y que, al regresar, todo hubiese vuelto a la normalidad, que tuviese una mujer y una hija que se parecía a su madre, una casa pequeña y tranquila con un jardín y alguien que permaneciese a mi lado, incluso al final.

El lavabo estaba a oscuras y el inodoro apestaba a orines porque nadie tiraba de la cadena, pero el grifo funcionaba. Me mojé la cara con agua fría y después me llevé la mano al bolsillo de la chaqueta para sacar el móvil.

No lo tenía. Lo había dejado en la mesa al lado de Woolrich. Abrí la puerta de un tirón y rodeé la barra a la vez que desenfundaba la pistola, pero Woolrich se había ido.

Llamé a Toussaint, pero no estaba en la oficina. Dupree se había marchado a casa. Convencí a la telefonista para que se pusiera en contacto con él en su casa y le pidiera que me devolviese la llamada. Así lo hizo al cabo de cinco minutos. Habló con voz soñolienta.

– Vale más que sea algo importante -dijo.

– Byron no es el asesino -contesté.

– ¿Cómo? -Se despertó por completo al instante.

– No los mató él -repetí. Me hallaba frente al bar, pistola en mano, pero no había el menor rastro de Woolrich. Detuve a dos mujeres negras que pasaban con un niño, pero retrocedieron al ver el arma-. Byron no era el Viajante. Es Woolrich. Ha escapado. Lo he descubierto en una mentira sobre su hija. Ha dicho que habló con ella hace dos o tres meses. Usted y yo sabemos que eso no es posible.

– Quizá se trate de un error.

– Escúcheme, Dupree. Woolrich tendió una trampa a Byron. Mató a mi mujer y a mi hija. Mató a Morphy y a su mujer, a Tante Marie, a Tee Jean, a Lutice Fontenot, a Tony Remarr, y mató también a su propia hija. Se ha escapado, ¿me oye? Se ha escapado.

– Le oigo -dijo Dupree, el timbre de su voz sonó seco al comprender lo equivocados que habíamos estado.

Una hora más tarde entraron en el apartamento de Woolrich en Algiers, en la orilla sur del Mississippi. Vivía en el piso superior de una casa restaurada de Opelousas Avenue, sobre una vieja tienda de alimentación, al que se accedía por una escalera de hierro forjado adornada con gardenias, que daba a una galería. El apartamento de Woolrich era el único del edificio con dos ventanas en arco y una puerta de roble macizo. Seis hombres del FBI ofrecían respaldo a la policía de Nueva Orleans. Los policías iban delante y los federales se apostaron a ambos lados de la puerta. Por las ventanas no se veía movimiento dentro de la vivienda. Tampoco lo esperaban.

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