Byron se había adentrado casi dos kilómetros en el pantano. La policía se aproximaba y el brazo le sangraba mucho. La bala le había destrozado el codo izquierdo y un incesante dolor recorría su cuerpo. Se detuvo en un pequeño claro y volvió a cargar la escopeta apoyando la culata contra el suelo y accionando con dificultad el mecanismo con la mano ilesa. Los ladridos sonaban más cerca. Liquidaría a los perros en cuanto los tuviese en el punto de mira. Una vez eliminados, despistaría a los policías en el pantano.
Probablemente no se dio cuenta de que algo se movía frente a él hasta que se irguió. Según sus cálculos, la partida de búsqueda no podía haberlo rodeado ya. Al oeste, el agua era más profunda. Sin embarcaciones, no habrían podido cruzar el pantano desde la carretera. Aun si lo hubiesen logrado, sin duda los habría oído acercarse. Había aprendido a identificar los sonidos del pantano. La única amenaza real eran sus alucinaciones, pero éstas iban y venían.
Byron se colocó torpemente la escopeta bajo el brazo derecho y siguió adelante, mirando sin cesar a uno y otro lado. Avanzó despacio hacia los árboles, pero ya nada se movía. Quizás entonces sacudió la cabeza para ver con mayor claridad, por miedo a que lo asaltaran sus visiones, pero no era eso lo que acechaba a Byron. Lo acechaba la muerte: de pronto el bosque cobró vida en torno a él y se vio rodeado de siluetas oscuras. Descerrajó un tiro antes de que le arrancasen la escopeta de la mano y al instante sintió un profundo dolor a través del pecho cuando la hoja del cuchillo hendió su piel de hombro a hombro.
Las siluetas lo circundaron. Eran hombres de expresión dura, uno con un M16 al hombro, los otros armados de hachas y navajas, todos bajo las órdenes de un hombre corpulento de piel morena rojiza y cabello oscuro veteado de gris. Byron cayó de rodillas bajo una lluvia de golpes en la espalda, los brazos y los hombros. Aturdido por el dolor y el agotamiento, alzó la vista a tiempo de ver cómo el hacha del hombre corpulento cortaba el aire antes de caer sobre él.
Después todo fue oscuridad.
Utilizábamos el despacho de Dupree, donde un PC nuevo estaba listo para recibir las muestras dentales que debía enviar Holdman. Yo me había sentado en una silla roja de vinilo, reparada tantas veces con cinta adhesiva que era como sentarse sobre hielo resquebrajado. Tenía los pies apoyados en el alféizar de la ventana, y la silla chirrió cuando cambié de posición. Enfrente se hallaba el sofá donde había conseguido echar una nada apacible cabezada durante tres horas.
Toussaint se había marchado por café hacía media hora y aún no había vuelto. Empezaba a ponerme nervioso cuando oí voces en la sala de reuniones. Crucé la puerta del despacho de Dupree y entré en la sala, con sus filas de escritorios grises de metal, sus sillas giratorias, sus percheros, sus tablones de anuncios, y sus tazas de café, bollos y rosquillas a medio comer.
Apareció Toussaint, en acalorada conversación con un inspector negro que vestía un traje azul y una camisa con el cuello desabrochado. Detrás de él, Dupree hablaba con un agente de uniforme. Toussaint me vio, dio una palmada en el hombro al inspector negro y vino hacia mí.
– Byron ha muerto -anunció-. Ha sido un desastre. Los federales han perdido a dos hombres y hay otros dos heridos. Byron ha escapado a través del pantano. Cuando lo han encontrado, alguien lo había herido con una navaja y le había partido el cráneo con un hacha. Tienen el hacha y muchas huellas de botas. -Se llevó un dedo al mentón-. Creen que quizá Lionel Fontenot decidió zanjar el asunto a su manera.
Dupree nos indicó que pasáramos a su despacho, pero no cerró la puerta. Se acercó a mí y me tocó el brazo con delicadeza.
– Es él. Aún quedan cosas por aclarar, pero han encontrado tarros de muestras como el que contenía la cara de su… -se interrumpió y buscó otras palabras-, como el tarro que usted recibió. Había también un ordenador portátil, una especie de sintetizador de voz de fabricación casera y bisturíes con restos de tejidos, casi todo en un cobertizo de la parte trasera. He hablado con Woolrich, sólo un momento. Ha mencionado algo sobre unos textos de medicina antiguos. Dice que tenía usted razón. Aún están buscando las caras de las víctimas, pero eso puede llevar cierto tiempo. Hoy mismo empezarán a excavar alrededor de la casa.
Yo no estaba seguro de lo que sentía. Por una parte era alivio, la sensación de haberme quitado un peso de encima, la sensación de que todo había acabado. Pero había algo más: sentía decepción por no haber estado presente en el último momento. Después de todo lo que había hecho, después de tantas muertes, a manos mías y de otros, el Viajante me había eludido hasta el final.
Dupree se marchó y me dejé caer en la silla, bajo el sol que se filtraba por las persianas. Toussaint se sentó en el borde del escritorio y me observó. Me acordé de Susan y de Jennifer, y de los días que pasábamos juntos en el parque. Y recordé la voz de Tante Marie Aguillard, con la esperanza de que descansara ya en paz.
El PC de Dupree emitió una débil señal bitonal a intervalos regulares. Toussaint se levantó del escritorio y se acercó para ver el monitor. Pulsó unas teclas y leyó en la pantalla.
– Es el envío de Holdman -dijo.
Me situé junto a él ante el monitor y observé mientras aparecían los registros dentales de Lisa Stott, primero por escrito, luego a modo de mapa bidimensional de la boca con los empastes y las extracciones marcados, y por último en forma de radiografía de la boca.
Toussaint abrió el archivo con las radiografías del forense y puso las dos imágenes una al lado de la otra.
– Parecen iguales -comentó.
Asentí. Prefería no pensar en las posibles consecuencias en caso de que lo fueran.
Toussaint telefoneó a Huckstetter, le dijo lo que teníamos y le pidió que viniese. Al cabo de media hora el doctor Emile Huckstetter examinaba el archivo de Holdman, comparándolo con sus propias anotaciones y las radiografías de la chica muerta que él había hecho. Al final, se echó las gafas hacia la frente y contrajo las comisuras de los ojos.
– Es ella -dictaminó.
Toussaint dejó escapar un suspiro largo y entrecortado y sacudió la cabeza en un gesto de pesar. Era la última broma del Viajante, al parecer, la broma de siempre. La chica muerta era Lisa Stott o, como se la conocía antes, Lisa Woolrich, una joven que se había convertido en víctima emocional del amargo divorcio de sus padres, abandonada por una madre deseosa de iniciar una nueva vida sin las complicaciones de una hija adolescente, iracunda y dolida, y con un padre incapaz de proporcionarle la estabilidad y el apoyo que necesitaba. Era la hija de Woolrich.
Por teléfono, su voz destilaba cansancio y tensión.
– Woolrich, soy Bird -dije. Hablaba mientras conducía; un ayudante del sheriff de St. Martin había ido a buscar el coche que yo había alquilado al Flaisance.
– Vaya. -Pronunció la palabra con absoluta indolencia-. ¿Te has enterado?
– Sé que Byron ha muerto, y algunos de tus hombres también. Lo siento.
– Sí, ha sido una calamidad. ¿Te han llamado a Nueva York?
– No. -Dudé si decirle o no la verdad, y opté por no hacerlo-. Perdí el avión. Voy hacia Lafayette.
– ¿Lafayette? Mierda, ¿a qué vienes a Lafayette?
– A dar una vuelta. -Con Toussaint y Dupree habíamos decidido que era yo quien debía hablar con Woolrich. Alguien tenía que comunicarle que habíamos encontrado a su hija-. ¿Podemos vernos?
– Joder, Bird, no me tengo en pie. -A continuación, resignado, añadió -: Claro que podemos vernos. Hablaremos de lo que ha pasado hoy. Dame una hora. Quedemos en el Jazzy Cajun, al salir de la autovía. Cualquiera te indicará dónde está.
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