John Connolly - Todo Lo Que Muere

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John Connolly posee todas las cualidades con las que cualquier editor sueña a la hora de dar a conocer a un autor: una primera novela que conmociona, una historia terrorífica muy bien tramada, personajes sólidos y complejos (que además aparecerán en otras entregas), una aguda visión de la sociedad y un gran talento y fuste literarios. Éste es, ni más ni menos, el caso de Todo lo que muere y del escritor irlandés Connolly. Que se preparen los adictos a la buena novela policíaca. Una noche, Charlie «Bird» Parker, inspector del Departamento de Policía de Nueva York, discute por enésima vez con su mujer y sale a tomar unas copas; cuando vuelve a casa, se encuentra a su mujer y a su hija de tres años salvajemente asesinadas. Entre los sospechosos figura el propio Parker, pero el crimen no podrá resolverse. Incapaz de superar los sentimientos de culpabilidad y expulsado del cuerpo de policía, Parker se convierte en un hombre atormentado, violento y deseoso de venganza. Cuando su ex jefe le pide ayuda para resolver el caso de una joven desaparecida, Parker acepta y se embarca en una investigación que le llevará hasta el sur de Estados Unidos, donde se las verá con el crimen organizado, con una extraña anciana que dice oír voces de ultratumba y con el «Viajero», un despiadado asesino en serie.

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Para el equipo de dragado, mientras intentaba liberar el barril, aquello se convirtió casi en una broma. La noticia del hallazgo del cadáver de una chica en un barril con una flor de lis días atrás había aparecido en todos los noticiarios y había ocupado noventa líneas en la primera plana del Times-Picayune el día que se descubrió.

Quizá los miembros del equipo bromeaban entre sí con comentarios morbosos mientras sacaban el barril del agua para extraer el alambre. Tal vez estuvieron un poco más callados, salvo por alguna que otra risa nerviosa, mientras uno de ellos intentaba destaparlo. El barril se había oxidado parcialmente y la tapa no había sido soldada. Cuando se desprendió, salieron agua sucia, peces muertos y algas.

Asomaron también las piernas de una chica, medio descompuestas pero rodeadas por una extraña membrana semejante a la cera; no obstante, el cuerpo quedó atascado en el barril, parte dentro, parte fuera. La fauna del río se había cebado en ella, pero cuando un hombre iluminó el interior del barril con una linterna, vio los irregulares restos de piel en la frente y sus dientes parecieron sonreírle desde la oscuridad.

Había sólo dos coches en el lugar del hallazgo cuando llegamos. El cadáver llevaba fuera del agua menos de tres horas. El equipo de dragado permanecía a cierta distancia junto con dos agentes de uniforme. Rodeaban el cuerpo tres hombres de paisano, uno de ellos con un traje algo más caro, y el cabello canoso, corto y bien peinado. Lo había visto durante los interrogatorios posteriores a la muerte de Morphy y lo reconocí: el sheriff James Dupree de St. Martin, el superior de Toussaint.

Dupree nos hizo una seña para que nos acercáramos cuando salimos del coche. Rachel se rezagó un poco pero avanzó de todos modos en dirección al cadáver del barril. Yo nunca había estado presente en el escenario de un crimen donde reinase tal tranquilidad. Incluso cuando apareció más tarde el forense, todo siguió en calma.

Dupree se quitó unos guantes de plástico evitando tocarlos por la parte de fuera con los dedos desprotegidos. Observé que llevaba las uñas muy cortas y muy limpias, pero sin manicura.

– ¿Quiere echar un vistazo de cerca? -preguntó.

– No -contesté-. Ya he visto todo lo que quería ver.

El barro y el légamo extraídos por el equipo de dragado despedían un penetrante olor a podredumbre, aún más intenso que el olor del cadáver. Las aves sobrevolaban los desechos en busca de algún pez muerto y agonizante. Uno de los miembros del equipo se llevó el cigarrillo a la boca, se agachó para coger una piedra y se la lanzó a una enorme rata gris que correteaba entre la inmundicia. La piedra golpeó el barro con un ruido sordo y húmedo, como el de un trozo de carne al caer sobre el tajo de un carnicero. La rata se escabulló.

Alrededor, otras cosas grises cobraron vida. Toda la zona era un hervidero de roedores, ahuyentados de sus nidos por la actividad del equipo de dragado. Chocaban entre sí y se lanzaban dentelladas, dejando a su paso la serpenteante huella de sus colas en el barro. Los otros hombres del equipo imitaron al primero y empezaron a lanzar piedras a ras de tierra. En su mayoría tenían mejor puntería que su amigo.

Dupree encendió un cigarrillo con un Ronson de oro. Fumaba Gitanes, marca que nunca le había visto consumir a ningún otro policía. El humo era acre y fuerte, y la brisa lo arrastraba derecho hacia mi cara. Dupree se disculpó y se volvió para protegerme del humo con su cuerpo. Fue un gesto de especial consideración y me indujo a preguntarme una vez más por qué no estaba sentado en Moisant Field esperando un avión.

– Me han contado que descubrió usted a aquella asesina de niños de Nueva York, la tal Modine -dijo por fin Dupree-. Después de treinta años, tiene mérito.

– Aquella mujer cometió un error -contesté-. Al final todos tienen un descuido. Sólo es cuestión de estar en el sitio y el momento adecuados para aprovechar la coyuntura.

Ladeó un poco la cabeza como si no coincidiera plenamente con lo que acababa de decir pero estuviera dispuesto a meditar al respecto por si se le había escapado algún detalle. Dio otra larga calada al cigarrillo. Era una marca cara, pero fumaba igual que los estibadores de los muelles neoyorquinos, con la colilla entre el pulgar y los dedos índice y corazón, protegiendo el ascua con la palma de la mano. Era una manera de sujetar el pitillo que se aprendía de niño, cuando fumar era aún un placer furtivo y ser sorprendido in fraganti bastaba para ganarse un pescozón del padre.

– Supongo que todos tenemos suerte alguna vez -comentó Dupree. Me miró con atención-. Me pregunto si nosotros habremos tenido suerte aquí.

Esperé a que continuara. En el hallazgo del cuerpo de la chica había algo de afortunado, o quizá yo aún recordaba el sueño en que unas formas salían de la pared de mi habitación y me decían que de pronto se había soltado uno de los hilos del tapiz tejido por el Viajante.

– Cuando murieron Morphy y su mujer, mi primer impulso fue llevarlo a usted a un descampado y dejarlo medio muerto de una paliza -dijo-. Era un buen hombre, un buen policía, pese a todo. También era mi amigo.

»Pero él confiaba en usted, y por lo visto Toussaint también. Opina que quizá represente usted un factor de conexión en todo esto. Si eso es así, meterlo en un avión de regreso a Nueva York no va a servir de nada. Por lo visto, su amigo del FBI, Woolrich, pensaba lo mismo, pero otros que levantaban la voz más que él exigían que lo enviaran a casa. -Dio otra calada al cigarrillo-. Imagino que es usted como un chicle en el pelo. Cuanto más intenta uno desprenderse de él, más pegado se queda, y quizá podamos aprovechar esa circunstancia. Reteniéndolo aquí, me arriesgo a acabar con la mierda hasta el cuello, pero Morphy me contó lo que creía usted acerca de ese tipo, que estaba convencido de que nos observa, nos manipula. ¿Quiere explicarme qué conclusión saca de esto, o prefiere pasarse la noche durmiendo en una silla del aeropuerto?

Contemplé los pies descalzos y las piernas desnudas de la chica del barril, con aquel extraño envoltorio amarillo como una crisálida, en un charco de inmundicia y agua de un trecho de río infestado de ratas en el oeste de Louisiana. El forense y sus ayudantes llegaron con una bolsa para cadáveres y una camilla. Colocaron una lámina de plástico sobre el suelo y con sumo cuidado desplazaron el barril encima, mientras uno de los hombres sostenía las piernas de la chica con una mano enguantada. A continuación, despacio y con delicadeza, el forense introdujo las manos en el barril y empezó a desprender el cuerpo del interior.

– Todo lo que hemos hecho hasta el momento ha sido previsto y seguido de cerca por ese hombre -empecé a explicar-. Los Aguillard descubrieron algo y murieron; Remarr vio algo y lo asesinaron. Morphy intentó ayudarme y ahora también está muerto. Limita las opciones que podamos tomar y nos obliga a actuar conforme a una pauta prefijada por él. Ahora alguien ha filtrado a la prensa detalles de la investigación. Quizás esa misma persona también haya filtrado información a ese hombre, queriendo o sin querer.

Dupree y Toussaint cruzaron una mirada.

– También nosotros hemos considerado esa posibilidad -dijo Dupree -. Hay demasiada gente metida en esto para mantenerlo en secreto durante mucho tiempo.

– Además -proseguí-, los federales nos ocultan algo. ¿Cree que Woolrich le ha contado todo lo que sabe?

Dupree casi se echó a reír.

– Sé tanto de ese tal Byron como del poeta, y eso es nada de nada.

En el interior del barril se oyó un chirrido, el ruido del hueso contra el metal. Unas manos enguantadas sostenían el cuerpo desnudo y descolorido de la chica mientras la extraían del fondo del barril.

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