John Connolly - Todo Lo Que Muere

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John Connolly posee todas las cualidades con las que cualquier editor sueña a la hora de dar a conocer a un autor: una primera novela que conmociona, una historia terrorífica muy bien tramada, personajes sólidos y complejos (que además aparecerán en otras entregas), una aguda visión de la sociedad y un gran talento y fuste literarios. Éste es, ni más ni menos, el caso de Todo lo que muere y del escritor irlandés Connolly. Que se preparen los adictos a la buena novela policíaca. Una noche, Charlie «Bird» Parker, inspector del Departamento de Policía de Nueva York, discute por enésima vez con su mujer y sale a tomar unas copas; cuando vuelve a casa, se encuentra a su mujer y a su hija de tres años salvajemente asesinadas. Entre los sospechosos figura el propio Parker, pero el crimen no podrá resolverse. Incapaz de superar los sentimientos de culpabilidad y expulsado del cuerpo de policía, Parker se convierte en un hombre atormentado, violento y deseoso de venganza. Cuando su ex jefe le pide ayuda para resolver el caso de una joven desaparecida, Parker acepta y se embarca en una investigación que le llevará hasta el sur de Estados Unidos, donde se las verá con el crimen organizado, con una extraña anciana que dice oír voces de ultratumba y con el «Viajero», un despiadado asesino en serie.

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– ¿Cuánto tiempo podremos mantener en secreto los detalles? -pregunté a Dupree.

– No mucho, habrá que informar a los federales y la prensa se enterará. -Abrió las manos con un gesto de impotencia-. Si está proponiendo que no se lo notifique a los federales…

No obstante, advertí en su rostro que él había tomado ya las medidas necesarias en esa dirección, que la razón por la que el forense examinaba el cuerpo tan pronto después del hallazgo, la razón por la que se advertía tan poca presencia policial en el lugar del crimen, era que el menor número posible de personas conociera los detalles.

Decidí presionar.

– Estoy proponiendo que no informe a nadie. Si lo hacen, el responsable de esto quedará sobre aviso y nos cortará otra vez el paso. Si se ve en la situación de tener que decir algo, conteste con vaguedades. No mencione el barril, oculte la localización, diga que no cree que el descubrimiento guarde relación con alguna otra investigación. No diga nada hasta que se identifique a la chica.

– Eso si la identificamos -dijo Toussaint con pesimismo.

– Eh, no seas agorero -reprendió Dupree.

– Lo siento -se disculpó Toussaint.

– Tiene razón -convine-. Quizá no sea posible identificarla. Es un riesgo que tendremos que correr.

– Cuando acabemos con nuestros archivos, habrá que recurrir a los de los federales -dijo Dupree.

– Ya quemaremos las naves cuando llegue el momento -respondí-. ¿Es posible hacerlo?

Dupree escarbó con los pies en la tierra y se acabó el cigarrillo. Se inclinó a través de la ventanilla abierta de su coche y apagó la colilla en el cenicero.

– Veinticuatro horas máximo -dijo-. Pasado ese tiempo nos acusarán de incompetencia o de obstrucción deliberada de una investigación. Ni siquiera estoy seguro de si dispondremos de todo ese tiempo -miró a Toussaint y luego otra vez a mí-, aunque puede que no sea necesario.

– ¿Va a decírmelo o tengo que adivinarlo?

Fue Toussaint quien contestó.

– Los federales creen haber encontrado a Byron. Por la mañana irán a por él.

– Si es así, esto no es más que una maniobra de apoyo -comentó Dupree-. Una baza más.

Pero yo ya no escuchaba. Iban a ir en busca de Byron, y yo no estaría presente. Si trataba de intervenir, buena parte de los efectivos de las fuerzas del orden de Louisiana se destinarían a meterme en un avión rumbo a Nueva York o a encerrarme en una celda.

El equipo de dragado era probablemente el eslabón más débil. Los llevaron aparte y les ofrecieron café. A continuación, Dupree y yo fuimos con ellos todo lo sinceros que podíamos ser. Les dijimos que si no mantenían en secreto lo que habían visto durante un día por lo menos, casi con toda seguridad el hombre que había matado a la chica quedaría impune y volvería a matar. Como mínimo eso era verdad en parte; apartados de la búsqueda de Byron, íbamos a continuar con la investigación en la medida de nuestras posibilidades.

El equipo se componía de hombres de la zona acostumbrados al trabajo duro, la mayoría de ellos casados y con hijos. Accedieron a guardar silencio hasta que nos pusiéramos en contacto con ellos y les comunicáramos que ya podían hablar. Tenían el firme propósito de cumplir su palabra, pero yo sabía que alguno se lo contaría a su esposa o a su novia en cuanto llegara a casa, y se correría la voz. Un hombre que afirma que se lo cuenta todo a su mujer es un mentiroso o un idiota, decía mi primer sargento. Por desgracia, estaba divorciado.

Dupree se encontraba en su despacho cuando le llegó el aviso, y eligió a ayudantes y a inspectores de su absoluta confianza. Contándonos a Toussaint, a Rachel y a mí, junto con el forense y sus auxiliares y el equipo de dragado, alrededor de unas veinte personas conocíamos el hallazgo del cadáver, diecinueve más de las convenientes para mantener un secreto durante cierto tiempo, pero eso no podía evitarse.

Después del examen inicial y las fotografías, se decidió trasladar el cuerpo a una clínica privada de las afueras de Lafayette, donde el forense ejercía a veces y donde accedió a ponerse manos a la obra casi de inmediato. Dupree preparó un informe con los detalles del hallazgo de una mujer de edad indeterminada, muerta por causas desconocidas, a unos ocho kilómetros del verdadero lugar del hallazgo. Anotó la fecha y la hora y lo dejó en su escritorio bajo una pila de expedientes.

Cuando llegamos los dos a la sala de autopsias, los restos mortales habían sido medidos y radiografiados. La camilla en la que se había llevado el cuerpo estaba en un rincón, lejos de la mesa de autopsias, provista de un depósito cilíndrico que suministraba agua a la mesa y recogía los fluidos que se desaguaban por los orificios de la propia mesa De un armazón metálico pendía una balanza para pesar los órganos y al lado había una mesa de disección de partes pequeñas, con su propia base lista para ser utilizada.

Sólo tres personas, aparte del forense y su ayudante, asistieron a la autopsia. Dupree y Toussaint eran dos de ellas. Yo era el tercero. El olor era intenso y el antiséptico lo camuflaba sólo en parte. El cabello oscuro colgaba del cráneo y la piel que quedaba estaba encogida y desgarrada. La sustancia de color blanco y amarillento cubría casi por completo los restos de la chica.

Fue Dupree quien formuló la pregunta.

– Doctor, ¿qué es eso que envuelve el cuerpo?

El nombre del forense era Emile Huckstetter, un hombre alto y fornido, de rostro rubicundo y de poco más de sesenta años. Con los guantes ya calzados, palpó la sustancia con el dedo antes de contestar.

– Se llama adipocera -explicó-. Es poco común. Habré visto dos o tres casos a lo sumo, pero la combinación del légamo y el agua podría ser la causa de que se haya desarrollado aquí. -Se inclinó hacia el cuerpo con los ojos entornados-. Tras disolverse en agua, las grasas corporales se han endurecido y han creado esta sustancia, la adipocera. Ha pasado bastante tiempo sumergida. Esto tarda al menos seis meses en formarse sobre el tronco, algo menos en la cara. Es sólo una primera impresión, pero calculo que ha estado en el agua menos de siete meses, más no, desde luego.

Huckstetter describió con detalle la autopsia a través de un pequeño micrófono prendido del pijama verde de quirófano. Dijo que la chica tenía diecisiete o dieciocho años. No había sido atada ni inmovilizada en modo alguno. Presentaba una herida de arma blanca en el cuello, que inducía a pensar en un corte profundo a través de la arteria carótida como causa probable de la muerte. Tenía incisiones en el cráneo allí donde el filo había rozado el hueso al extraerse la piel de la cara y otras marcas similares en las cuencas de los ojos.

Cuando se estaba terminando la autopsia, llamaron a Dupree por el interfono, y al cabo de unos minutos regresó con Rachel. Se había alojado en un motel de Lafayette y, tras dejar allí su bolsa y la mía, había vuelto. En un primer instante retrocedió al ver el cadáver. Luego se acercó a mí y, sin hablar, me agarró de la mano.

Al terminar, el forense se deshizo de los guantes y empezó a quitarse el pijama de quirófano. Dupree sacó las radiografías del sobre y las observó al trasluz una por una.

– ¿Qué es esto? -preguntó al cabo de un rato.

Huckstetter tomó la radiografía de su mano y la examinó.

– Una fractura múltiple, la tibia derecha -dijo señalando con el dedo-. Probablemente de hace unos dos años. Está en el informe, o mejor dicho, lo estará en cuanto lo redacte.

Me asaltó una sensación de vértigo y un dolor se propagó por mi estómago. Alargué el brazo buscando dónde apoyarme y los platillos de la balanza tintinearon contra el armazón. De pronto posé la mano en la mesa de autopsias y toqué con los dedos los restos de la muchacha. La retiré de inmediato, pero aún notaba el olor en mis dedos.

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