John Connolly - Todo Lo Que Muere

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John Connolly posee todas las cualidades con las que cualquier editor sueña a la hora de dar a conocer a un autor: una primera novela que conmociona, una historia terrorífica muy bien tramada, personajes sólidos y complejos (que además aparecerán en otras entregas), una aguda visión de la sociedad y un gran talento y fuste literarios. Éste es, ni más ni menos, el caso de Todo lo que muere y del escritor irlandés Connolly. Que se preparen los adictos a la buena novela policíaca. Una noche, Charlie «Bird» Parker, inspector del Departamento de Policía de Nueva York, discute por enésima vez con su mujer y sale a tomar unas copas; cuando vuelve a casa, se encuentra a su mujer y a su hija de tres años salvajemente asesinadas. Entre los sospechosos figura el propio Parker, pero el crimen no podrá resolverse. Incapaz de superar los sentimientos de culpabilidad y expulsado del cuerpo de policía, Parker se convierte en un hombre atormentado, violento y deseoso de venganza. Cuando su ex jefe le pide ayuda para resolver el caso de una joven desaparecida, Parker acepta y se embarca en una investigación que le llevará hasta el sur de Estados Unidos, donde se las verá con el crimen organizado, con una extraña anciana que dice oír voces de ultratumba y con el «Viajero», un despiadado asesino en serie.

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– ¿Parker? -dijo Dupree. Tendió la mano y me agarró del brazo para sujetarme.

Todavía sentía el contacto de la chica en los dedos.

– Dios mío -dije-. Creo que sé quién es.

Bajo la primera luz del alba, cerca del extremo norte del pantano Courtableau, al sur de Krotz Springs y quizás a unos treinta kilómetros de Lafayette, un equipo de agentes federales, con el respaldo de los ayudantes del sheriff del distrito de St. Landry, cercaron una casa de un solo piso que por detrás daba al pantano y por delante estaba tapada por árboles y matorrales. Algunos de los agentes vestían impermeables negros con las siglas FBI en letras grandes y amarillas en la espalda, otros llevaban cascos y chalecos antibalas. Avanzaron despacio y con sigilo tras quitar el seguro de sus armas. Cuando hablaban, lo hacían deprisa y con el menor número de palabras posible. Mantenían el mínimo contacto por radio. Sabían que pistolas y escopetas escuchaban el sonido de su respiración y los latidos de sus corazones mientras se preparaban para asaltar la casa de Edward Byron, el hombre a quien creían responsable directo de la muerte de su colega, John Charles Morphy, la joven esposa de éste y como mínimo otras cinco personas.

La casa presentaba un estado ruinoso, con tejas partidas o agrietadas, las vigas ya podridas. Dos de las ventanas de la parte delantera estaban rotas y las habían cubierto con cartones sujetos con cinta adhesiva. La madera de la galería se hallaba alabeada y, en algunas partes, había desaparecido. A la derecha de la casa, un jabalí muerto y recién despellejado colgaba de un garfio metálico. La sangre caía gota a gota de su hocico y formaba un charco en el suelo.

Poco después de las seis de la madrugada, a una señal de Woolrich, varios agentes con chalecos de Kevlar se acercaron a la casa por delante y por detrás. Observaron el interior a través de las ventanas que había a ambos lados de la puerta principal y la entrada trasera A continuación reventaron las puertas simultáneamente y avanzaron por el pasillo central haciendo el mayor ruido posible, perforando la oscuridad con sus linternas.

Los dos equipos casi se habían encontrado cuando se oyó la detonación de una escopeta en la parte posterior de la casa y la sangre manó a borbotones en la exigua luz. Un agente llamado Thomas Seltz se precipitó hacia delante, alcanzado por el disparo en la zona desprotegida bajo la axila, el punto vulnerable de un chaleco antibalas, y en un último acto reflejo apretó el gatillo de su pistola ametralladora automática en el momento de morir. Al caer, una ráfaga recorrió la pared, el techo y el suelo, lanzando polvo y astillas por el aire e hiriendo a dos agentes, a uno en la pierna y al otro en la boca.

Los disparos ahogaron el sonido de la escopeta cuando se le introdujo otro cartucho. La segunda bala arrancó un pedazo de madera del marco de una de las puertas interiores al tiempo que los agentes se echaban cuerpo a tierra y abrían fuego a través de la puerta trasera, ya vacía. Un tercer disparo quitó la vida a un agente que doblaba rápidamente una esquina de la casa. Una masa de troncos y muebles viejos, destinados a leña, se dispersó por el suelo cuando el agresor abandonó su escondrijo bajo ella. En el momento en que los agentes se arrodillaban para atender a sus colegas heridos o corrían para sumarse a la persecución, se oyeron disparos de armas ligeras dirigidos hacia el pantano.

Un hombre vestido con gastados vaqueros y una camisa de cuadros blanca y roja había desaparecido en el pantano. Los agentes lo siguieron con cautela, en algunos momentos hundidos casi hasta la rodilla en el agua lodosa, bloqueados por los troncos de árboles secos, hasta llegar de nuevo a tierra firme. Cubriéndose tras los árboles, avanzaban despacio, con las armas al hombro, escrutando el terreno.

Al frente sonó otro estampido. Los pájaros huyeron de los árboles y de un enorme ciprés saltaron astillas a la altura de la cabeza. Un agente lanzó un alarido de dolor y, tambaleándose, salió a descubierto con fragmentos de madera clavados en la mejilla. Se oyó un segundo disparo, que le destrozó el fémur de la pierna izquierda. Se desplomó sobre el barro y las hojas, con la espalda arqueada por el sufrimiento.

El fuego de las automáticas barrió los árboles, partiendo ramas y acribillando el follaje. Tras cuatro o cinco segundos, se dio la orden de cesar el fuego y el pantano volvió a quedar en silencio. Los agentes de la policía avanzaron de nuevo, con movimientos rápidos, de árbol en árbol. Alguien gritó al encontrar sangre junto a un sauce, las ramas rotas se veían de color blanco como si fueran un hueso.

Detrás se oyeron los ladridos de los perros cuando se solicitó la colaboración del rastreador, que se había mantenido en reserva a cinco kilómetros de allí. Se condujo a los perros para que olieran la ropa de Byron y la zona alrededor de la pila de leña. El rastreador, un hombre delgado y con barba y los vaqueros remetidos en unas botas embarradas, les permitió oler la sangre junto al sauce en cuanto alcanzó a la partida principal. A continuación, con los perros tirando de las traíllas, siguieron avanzando con prudencia. Pero Edward Byron no volvió a disparar, porque las fuerzas del orden no eran las únicas que le daban caza en el pantano.

Mientras proseguía la persecución de Byron, Toussaint, dos jóvenes ayudantes y yo estábamos en la oficina del sheriff en St. Martinville, donde continuábamos rastreando entre los dentistas de Miami, llamando cuando era necesario a los números telefónicos de emergencia que nos proporcionaban los contestadores automáticos.

Sólo interrumpimos la búsqueda cuando llegó Rachel con café y buñuelos calientes. Se colocó a mis espaldas y apoyó la mano en mi nuca con delicadeza. Yo entrelacé mis dedos con los suyos y tiré de ellos para besarle con suavidad las yemas.

– No esperaba que te quedases -dije. No le veía la cara.

– Ya casi ha acabado, ¿no? -preguntó en un susurro.

– Eso creo. Lo presiento.

– Si es así, quiero ver el final. Quiero estar presente cuando esto termine.

Permaneció allí un rato más hasta que su agotamiento se hizo casi contagioso. Después regresó al motel a dormir.

Al cabo de treinta y ocho llamadas, la auxiliar de la consulta del dentista Erwin Holdman, en Brickell Avenue, encontró el nombre de Lisa Stott en sus archivos, pero se negó incluso a confirmar si Lisa Stott había estado allí en los últimos seis meses. Holdman estaba jugando a golf y no quería que lo molestaran, informó la auxiliar. Toussaint le dijo que le importaba un carajo lo que Holdman quisiera o dejara de querer y ella le dio el número del móvil.

No mintió. A Holdman no le gustaba que lo molestaran en el campo de golf, y menos cuando estaba a punto de hacer un birdie en el hoyo quince. Tras un intercambio de gritos, Toussaint solicitó las muestras dentales de Lisa Stott. El dentista quería la autorización de su madre y de su padrastro. Toussaint le entregó el auricular a Dupree y éste le dijo que, por el momento, eso no era posible, que sólo querían las fichas para descartar a la chica de sus investigaciones y no sería prudente causar a los padres una preocupación innecesaria. Cuando Holdman siguió negándose a colaborar, Dupree le advirtió que se aseguraría de que le confiscaran el archivo completo y de que sometieran a un examen microscópico sus asuntos fiscales.

Holdman cooperó. Explicó que conservaba las fichas en el ordenador, junto con las copias de las radiografías y los gráficos dentales introducidos mediante escaneo. Los enviaría en cuanto regresara a la consulta. Su auxiliar era nueva, aclaró, y sería incapaz de mandar las fichas por correo electrónico sin su contraseña. Pero antes acabaría el recorrido… Se produjo otro intercambio de gritos y Holdman decidió dar por concluidas aquel día sus actividades golfísticas. Tardaría una hora en regresar a la consulta, si el tráfico lo permitía. Nos sentamos a esperar.

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