John Connolly - Todo Lo Que Muere

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John Connolly posee todas las cualidades con las que cualquier editor sueña a la hora de dar a conocer a un autor: una primera novela que conmociona, una historia terrorífica muy bien tramada, personajes sólidos y complejos (que además aparecerán en otras entregas), una aguda visión de la sociedad y un gran talento y fuste literarios. Éste es, ni más ni menos, el caso de Todo lo que muere y del escritor irlandés Connolly. Que se preparen los adictos a la buena novela policíaca. Una noche, Charlie «Bird» Parker, inspector del Departamento de Policía de Nueva York, discute por enésima vez con su mujer y sale a tomar unas copas; cuando vuelve a casa, se encuentra a su mujer y a su hija de tres años salvajemente asesinadas. Entre los sospechosos figura el propio Parker, pero el crimen no podrá resolverse. Incapaz de superar los sentimientos de culpabilidad y expulsado del cuerpo de policía, Parker se convierte en un hombre atormentado, violento y deseoso de venganza. Cuando su ex jefe le pide ayuda para resolver el caso de una joven desaparecida, Parker acepta y se embarca en una investigación que le llevará hasta el sur de Estados Unidos, donde se las verá con el crimen organizado, con una extraña anciana que dice oír voces de ultratumba y con el «Viajero», un despiadado asesino en serie.

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Tenía el rostro más demacrado que nunca y las ojeras le conferían un aspecto cadavérico. Pero los ojos brillaban en la penumbra como joyas negras. Cuando mi vista se adaptó a la tenue luz, vi que sus iris casi habían desaparecido. Sus pupilas, grandes y oscuras, absorbían vorazmente la luz de la sala.

– ¿Por qué tenías que ser tú? -pregunté, tanto para mí como para él-. Tú eras mi amigo.

Sonrió. Era una sonrisa vacía y siniestra que flotó en su rostro como copos de nieve.

– ¿Cómo la encontraste, Bird? -preguntó en voz baja-. ¿Cómo encontraste a Lisa? Yo te llevé hasta Lutice Fontenot, pero ¿cómo encontraste a Lisa?

– Quizás ella me encontró a mí -contesté.

Movió la cabeza en un lento gesto de decepción.

– Da igual -susurró-. Ahora no me queda tiempo para esto. Tengo una nueva canción que cantar.

Ahora lo veía de cuerpo entero. En una mano empuñaba un arma que parecía una pistola de aire comprimido de cañón ancho modificada y en la otra un bisturí. Llevaba una SIG bajo la cintura del pantalón. Me fijé en que aún tenía los dobladillos manchados de barro.

– ¿Por qué la mataste?

Woolrich hizo girar el bisturí entre sus dedos.

– Porque podía.

Alrededor, la luz de la sala cambió, y se hizo más tenue cuando una nube tapó los rayos de sol que se filtraban a través de las claraboyas. Desplacé el peso del cuerpo de una pierna a otra, con la mirada en mi pistola. Aquel movimiento se me antojó exagerado, como si, ante la perspectiva de la ketamina, todo se moviera demasiado deprisa en comparación. Woolrich levantó el arma al instante con un ágil movimiento.

– No, Bird, no tendrás que esperar mucho. No precipites el final.

La claridad volvió a hacerse mayor pero sólo relativamente. El sol se ponía deprisa. Pronto estaríamos a oscuras.

– Éste era el final previsto desde el principio, Bird. Tú y yo solos en una sala como ésta. Lo planeé desde el primer momento. Tú ibas a morir así. Quizás aquí o quizá más tarde en otra parte. -Sonrió de nuevo-. Al fin y al cabo, iban a ascenderme. Habría tardado un tiempo en volver a actuar. Pero al final tenía que reducirse a esto. -Dio un paso al frente, con la pistola firme en su mano-. Eres un hombre insignificante, Bird. ¿Tienes idea de a cuántas personas insignificantes he matado? A miserables que vivían en caravanas en pueblos de mala muerte de aquí a Detroit. A tías buenas que se pasaban la vida viendo a Oprah por la tele y follando como perras. A drogadictos. A borrachos. ¿Nunca has odiado a esa gente, Bird, a todos esos que sabes que no valen nada, esos que nunca llegarán a ninguna parte, que nunca harán nada bueno, que nunca aportarán nada? ¿Te has planteado alguna vez que quizá tú seas uno de ellos? Yo les demostré lo poco que valían, Bird. Les demostré lo poco que importaban. Demostré a tu mujer y tu hija lo poco que importaban.

– ¿Y Byron? -pregunté-. ¿Era una de esas personas insignificantes o lo convertiste tú en eso?

Deseaba hacerlo hablar, y quizás acercarme poco a poco a mi pistola. En cuanto callara intentaría matarnos a Rachel y a mí. Pero por encima de todo deseaba conocer la explicación a todo aquello, si es que podía haber una explicación para algo así.

– Byron -repitió Woolrich con una sonrisa fugaz-. Yo necesitaba ganar un poco de tiempo. Cuando abrí el cadáver de aquella chica en Park Rise, todo el mundo pensó lo peor de él, y entonces huyó derecho a Baton Rouge. Fui a visitarlo, Bird. Probé la ketamina con él y luego seguí administrándosela. Una vez intentó escapar pero lo encontré. Al final los encuentro a todos.

– Le avisaste de que los federales irían a por él, ¿verdad? Sacrificaste a tus hombres para asegurarte de que él los atacaba, para asegurarte de que moría sin hablar. ¿Avisaste también a Adelaide Modine después de descubrir su identidad? ¿Le dijiste que yo iba a buscarla? ¿La obligaste a escapar?

Woolrich no contestó. En lugar de eso recorrió el brazo de Rachel con el lado romo del bisturí.

– ¿Te has preguntado alguna vez cómo es posible que una piel tan fina… pueda contener tanta sangre?

Dio la vuelta al bisturí y deslizó la hoja desde su omoplato derecho hasta el espacio entre los pechos. Rachel no se movió. Mantuvo los ojos abiertos, pero algo resplandeció y una lágrima rodó desde la comisura de su ojo derecho hasta perderse entre las raíces del pelo. La sangre manó de la herida y resbaló a lo largo del cuello formando un pequeño charco bajo la barbilla antes de extenderse por la cara y trazar líneas rojas en sus facciones.

– Fíjate, Bird. Creo que se le está subiendo la sangre a la cabeza. -Dicho esto ladeó la cabeza-. Y luego te involucré a ti. Hay en esto una circularidad que deberías agradecerme, Bird. Cuando mueras todo el mundo sabrá de mí. Entonces desapareceré y empezaré de nuevo. No me encontrarán, Bird, me conozco todos los trucos del oficio. -Esbozó una ligera sonrisa-. No eres muy agradecido. Al fin y al cabo, Bird, al matar a tu familia te hice un favor. Si hubieran seguido vivas te habrían abandonado y te habrías convertido en un borracho más. En cierto sentido, mantuve la familia unida. Las elegí a ellas por ti, Bird. Tú me trataste como un amigo en Nueva York, las hiciste desfilar ante mí y yo me las llevé.

– Marsias -susurré.

Woolrich miró de soslayo a Rachel.

– Es una mujer inteligente, Bird. Tu tipo. Igual que Susan. Y pronto no será para ti más que otra amante muerta, sólo que esta vez no tendrás mucho tiempo para llorar por ella.

Con rápidos movimientos de bisturí, abrió finas líneas en el brazo de Rachel. Dudo de que se diera cuenta siquiera de lo que hacía, y de que fuera consciente de su propia expectación ante lo que iba a ocurrir.

– No creo en la otra vida, Bird. Es sólo un vacío. El infierno es esto, Bird, y estamos en él. Todo el dolor, toda la aflicción, todo el sufrimiento que pueda imaginarse, lo encontramos aquí. Es una cultura de la muerte, una religión digna de seguirse. El mundo es mi altar, Bird.

»Pero dudo que llegues a entenderlo. Al final, un hombre sólo comprende la realidad de la muerte, del dolor último, en el momento de su propia muerte. Ése es el defecto de mi obra, pero en cierto modo la hace más humana. Considéralo una presunción mía. -Hizo girar el bisturí en la mano, y en la hoja se fundieron el sol del ocaso y la sangre-. Ella tenía razón desde el principio, Bird. Ahora te toca a ti aprender. Estás a punto de recibir, y de ser, una lección de mortalidad.

»Voy a recrear otra vez la Piet à , Bird, pero en esta ocasión contigo y con tu amiga. ¿Te das cuenta? La representación más famosa del dolor y la muerte en la historia del mundo, un poderoso símbolo de auto-sacrificio por el bien de la humanidad, de la esperanza, de la resurrección, y tú vas a formar parte de ella. Salvo que aquí estamos recreando la antirresurrección, oscuridad hecha carne. -Volvió a avanzar, con un brillo aterrador en la mirada-. No regresarás de entre los muertos Bird, y sólo morirás por tus propios pecados.

Me había desplazado ya hacia la derecha cuando disparó. Noté un intenso escozor en el costado izquierdo al clavarse la jeringuilla de aluminio y oí cómo se acercaban los pasos de Woolrich por el suelo de madera. Tiré de la jeringuilla con la mano izquierda y arranqué dolorosamente la aguja de mi carne. Era una dosis enorme. Notaba ya los efectos cuando tendí la mano hacia mi pistola. Empuñé la culata con firmeza e intenté apuntar hacia Woolrich.

Apagó las luces. Sorprendido en el centro de la sala, lejos de Rachel, se desplazó hacia la derecha. Advertí una silueta moviéndose ante la ventana y descerrajé dos tiros. Se oyó un gruñido de dolor y ruido de cristales rotos. Un fino haz de luz penetró en la sala.

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