John Connolly - Todo Lo Que Muere

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John Connolly posee todas las cualidades con las que cualquier editor sueña a la hora de dar a conocer a un autor: una primera novela que conmociona, una historia terrorífica muy bien tramada, personajes sólidos y complejos (que además aparecerán en otras entregas), una aguda visión de la sociedad y un gran talento y fuste literarios. Éste es, ni más ni menos, el caso de Todo lo que muere y del escritor irlandés Connolly. Que se preparen los adictos a la buena novela policíaca. Una noche, Charlie «Bird» Parker, inspector del Departamento de Policía de Nueva York, discute por enésima vez con su mujer y sale a tomar unas copas; cuando vuelve a casa, se encuentra a su mujer y a su hija de tres años salvajemente asesinadas. Entre los sospechosos figura el propio Parker, pero el crimen no podrá resolverse. Incapaz de superar los sentimientos de culpabilidad y expulsado del cuerpo de policía, Parker se convierte en un hombre atormentado, violento y deseoso de venganza. Cuando su ex jefe le pide ayuda para resolver el caso de una joven desaparecida, Parker acepta y se embarca en una investigación que le llevará hasta el sur de Estados Unidos, donde se las verá con el crimen organizado, con una extraña anciana que dice oír voces de ultratumba y con el «Viajero», un despiadado asesino en serie.

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Retrocedí hasta llegar al segundo pasillo. Intenté localizar a Woolrich, pero parecía haber desaparecido entre las sombras. Una segunda jeringuilla se estrelló contra la pared a mi lado y me vi obligado a lanzarme hacia la izquierda. Me pesaban los miembros; apenas conseguía impulsarme con brazos y piernas. Sentía una presión en el pecho y sabía que no sería capaz de sostener mi propio peso si intentaba levantarme.

Seguí retrocediendo, cada movimiento me suponía un colosal esfuerzo, pero presentía que, si me paraba, no podría moverme nunca más. De la sala principal llegó un crujido de tablas y oí la respiración ronca de Woolrich. Soltó una breve carcajada, y adiviné dolor en ella.

– Jódete, Bird -dijo-. ¡Mierda, cómo duele! -Volvió a reírse-. Tú y esa mujer vais a pagar por esto, Bird. Voy a arrancaros el alma.

Su voz parecía llegarme a través de una densa niebla que distorsionara el sonido e hiciera difícil conocer la distancia y la dirección. Las paredes del pasillo se fragmentaron emitiendo un murmullo, y sangre negra rezumó por las rendijas. Alguien tendió una mano hacia mí, una mano femenina, estilizada, con un estrecho aro de oro en el dedo anular. Me vi a mí mismo alargar el brazo para tocarla, pese a que aún sentía las manos en contacto con el suelo. Apareció una segunda mano femenina, acercándose temblorosa, a tientas.

«Bird.»

Retrocedí y sacudí la cabeza para aclararme la vista. Entonces surgieron de la oscuridad otras dos manos más pequeñas, delicadas e infantiles; cerré los ojos y apreté los dientes.

«Papá.»

– No -mascullé. Hundí las uñas en el suelo hasta que una se me rompió, y el dolor me traspasó el dedo índice de la mano izquierda.

Necesitaba el dolor. Tenía que combatir los efectos de la ketamina. Apreté con el dedo herido y el dolor me cortó la respiración. Aún veía sombras deslizándose por la pared, pero las figuras de mi mujer y mi hija habían desaparecido.

Percibí un resplandor rojizo en el pasillo. Mi espalda tropezó con algo frío y pesado, que se desplazó lentamente cuando lo empujé. Estaba apoyado contra una puerta de acero reforzado medio abierta, con tres pasadores en el lado izquierdo. El pasador central era enorme, como mínimo de dos centímetros y medio de diámetro, y de él colgaba un gran candado abierto. Una luz roja se filtraba por el resquicio de la puerta.

– Birdman, ya casi ha terminado -dijo Woolrich. Oía su voz muy cerca, pero aún no lo veía. Supuse que estaba en el rincón, esperando a que dejara de moverme-. La droga pronto te paralizará. Tira el arma, Bird, y podremos empezar. Cuanto antes empecemos antes terminaremos.

Empujé con más fuerza la puerta y noté que cedía por completo. Me impulsé con los talones una vez, dos, tres, hasta que me topé con una estantería que iba desde el suelo hasta el techo. La habitación estaba iluminada por una sola bombilla roja, que pendía sin pantalla del centro del techo. Las ventanas habían sido tapiadas y los ladrillos quedaban a la vista. No entraba luz natural para iluminar el contenido de la habitación.

Frente a mí, a la izquierda de la puerta, vi una hilera de estantes metálicos sostenidos por varillas atornilladas. En cada estante cabían varios tarros de cristal, y cada tarro, reluciente bajo la tenue luz roja, guardaba los restos de una cara humana. En su mayoría eran irreconocibles. Flotando en formol, algunas se habían encogido, en algunas se veían aún las pestañas, en otras los labios habían perdido casi por completo el color, y en todas la piel del contorno colgaba en jirones. En el estante inferior, dos caras oscuras se mantenían en posición casi vertical contra el cristal, y pese a haber sido maltratadas de aquel modo, reconocí los rostros de Tante Marie Aguillard y de su hijo. Frente a mí conté unos quince tarros. A mis espaldas, la estantería se sacudió un poco y oí el tintineo del cristal y el movimiento untuoso del líquido.

Levanté la cabeza. Los tarros se elevaban, fila tras fila, hasta el techo, cada uno contenía pálidos restos humanos. Junto a mi ojo izquierdo, una cara descansaba contra la parte delantera del tarro. Sus ojos vacíos muy abiertos, como si tratara de escrutar la oscuridad.

Y supe que en algún lugar entre aquellas caras se encontraba la de Susan.

– ¿Qué te parece mi colección, Bird?

La mole oscura de Woolrich avanzaba despacio por el pasillo. En una mano distinguí el contorno de la pistola. En la otra sostenía el bisturí y frotaba el borde limpio con el pulgar.

– ¿Tienes curiosidad por saber dónde está tu mujer? En el estante de en medio, el tercer tarro por la izquierda. Joder, Bird, probablemente estás sentado a su lado en este preciso momento.

No me moví. No parpadeé. Seguía desplomado contra la estantería rodeado de los rostros de los muertos. Pronto mi cara estaría allí, pensé, mi cara y la de Rachel y la de Susan, las tres juntas hasta el fin de los tiempos.

Woolrich siguió adelante hasta llegar al umbral de la puerta. Levantó la pistola de aire comprimido.

– Nadie había aguantado tanto, Bird. Ni siquiera Tee Jean, y eso que era un chico fuerte. -Sus ojos emitían un brillo rojizo-. Debo decírtelo, Bird: al final, esto te va a doler.

Apretó el gatillo de la pistola y oí el agudo chasquido de la aguja hipodérmica al salir del cañón. Yo alzaba ya la pistola cuando sentí el intenso escozor en el pecho, el doloroso peso en el brazo, la visión borrosa a causa de las sombras que se deslizaban ante mis ojos. Tensé el dedo en el gatillo, concentré toda mi voluntad en aumentar la presión. Woolrich se abalanzó hacia delante, alerta ante el peligro, con el bisturí en alto para clavármelo en el brazo.

El gatillo retrocedió lentamente, con una lentitud infinitesimal, y el mundo se hizo también más lento. Woolrich parecía estar suspendido en el aire, el filo descendiendo en su mano como a través del agua, la boca muy abierta y un sonido como el aullido del viento en un túnel surgiendo de su garganta. El gatillo retrocedió otro trecho insignificante y se me paralizó el dedo en el instante en que el arma detonaba sonoramente en aquel espacio cerrado. Woolrich, ya a menos de un metro de mí, saltó cuando recibió el primer impacto en el pecho. Los otros siete disparos parecieron salir de forma simultánea, y sólo se oyó una detonación al tiempo que las balas lo traspasaban, balas de diez milímetros que le perforaron la ropa y la carne hasta que se vació el cargador. El cristal se hizo añicos cuando las balas lo traspasaron y el suelo se encharcó de formol. Woolrich cayó de espaldas y quedó tendido en el suelo, su cuerpo sacudido por temblores y espasmos. Intentó levantarse una vez, elevando los hombros y la cabeza del suelo, sus ojos ya casi sin luz. A continuación cayó de nuevo hacia atrás y ya no volvió a moverse.

Mi brazo cedió bajo el peso del arma y cayó al suelo. Oí el goteo del líquido, percibí la presencia de los muertos que se arrastraban alrededor. A lo lejos, se oyeron sirenas que se acercaban y supe que, al margen de lo que me pasara, Rachel al menos estaría a salvo. Algo me rozó la mejilla con la ligereza de una gasa, como la última caricia de un amante antes de dormirse, y me invadió una especie de paz. Con un último esfuerzo de voluntad cerré los ojos y aguardé la quietud.

Epílogo

Dobl é a la izquierda en el cruce de Scarborough y, bajando por la empinada pendiente, dej é atr á s la iglesia cat ó lica de Maximillian Kolbey el viejo cementerio, con el cuartel de bomberos a mi derecha, y el crudo resplandor del sol vespertino sobre la marisma al este y al oeste de la carretera. Pronto anochecer í a y se encender í an las luces en las casas de los vecinos del pueblo, pero los chalets de Prouts Neck Road no se iluminar í an.

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