Javier Negrete - El sueño de los dioses

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El sueño de los dioses: краткое содержание, описание и аннотация

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En un remoto pasado, el dios Tubilok exploró las dimensiones del tiempo y el espacio, y en su busca del poder y el conocimiento absolutos perdió la razón. Durante siglos ha dormido fundido en la roca, pero ahora despierta de su sueño milenario, dispuesto a aniquilar a la humanidad y sembrar la locura y la destrucción por las tierras de Tramórea. Voluntariamente o por la fuerza, el resto de los dioses lo acompañan en su demencial cruzada. Sólo quedan tres magos Kalagorinôr, «los que esperan a los dioses». Para enfrentarse a la amenaza necesitarán la ayuda de los grandes maestros de la espada. Esta vez, Derguín y Kratos tendrán que llevar la guerra a escenarios insospechados. Al hacerlo desvelarán su pasado y nuestro futuro, y descubrirán los secretos que se ocultan en las tres lunas y en las entrañas de Tramórea.

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Un grito unánime de alegría brotó de todas las gargantas, y los guerreros que habían vencido en aquella lucha desesperada saltaron y se abrazaron entre lágrimas.

Kratos se sentó en el pretil y respiró hondo. Le dolía todo el cuerpo, sobre todo el hombro luxado, y le escocía el ojo donde se le había clavado la esquirla de piedra.

Su hijo se acercó a él. Kratos le puso las manos en los hombros y le miró a los ojos.

– Bien hecho, Darkos. Has combatido con tus hermanos.

Al muchacho se le abrió una sonrisa tan grande que sus dientes relucieron en la noche.

– ¡Hemos ganado, padre! ¡Lo hemos conseguido!

– Me temo que no hemos conseguido nada, hijo -respondió él, arrepentido ahora de su ataque de orgullo-. La guerra contra los dioses acaba de empezar.

Unos minutos después, cuando empezaban a recoger cadáveres de las calles, la luz de Rimom se apagó y Shirta, que había salido poco antes, se esfumó del cielo. Taniar, que debía aparecer pasada la medianoche, no llegó a salir.

Siguiendo los designios de los dioses, los humanos no volverían a ver las tres lunas.

EL BARDALIUT

Como bien ha dicho Manígulat, los dioses se divierten. Durante un milenio no han podido utilizar las estatuas de materia transmutable que los hombres conocen como Xóanos. Ellos las denominan waldos, un término antiquísimo inventado en épocas remotas por un visionario que soñó con artefactos mecánicos que podrían reproducir a distancia los movimientos corporales.

Es justo lo que están haciendo ahora los dioses, manejando desde el Bardaliut aquellas imágenes que dejaron en Tramórea antes de que ésta les quedara vedada.

En Koras, capital de Áinar, las estatuas de Rimom y Pothine salen de sus pagodas de madera, no sin antes incendiarlas. Después, recorren las calles de la ciudadela de Alit quemando los jardines con sus haces de luz concentrada, destrozando a patadas y puñetazos todos los edificios que encuentran y aplastando o abrasando a los soldados que han salido de los cuarteles alarmados por las llamas y el ruido. Hay que mencionar que la escultura de Pothine posee unas proporciones que Tarimán encuentra mucho más agradables que las de la esférica diosa del deseo.

En la ciudad de las nubes, Acruria, la imagen que ha cobrado vida es un Xóanos de Taniar al que las Atagairas rinden gran veneración por su antigüedad. La estatua ha destrozado todo el palacio real de Acruria, incluidas sus maravillosas vidrieras. En la lucha mueren la marquesa de Faretra, que en aquel momento actúa como regente, y casi todas las Teburashi. Para evitar que Taniar siga destruyendo la ciudad, las Atagairas se ven obligadas a derribar el puente de piedra que une la torre de Iluanka con el resto de Acruria. La figura viviente queda aislada, pero las Atagairas temen que se produzca cualquier otro portento y Taniar sea capaz de volar y cruzar el abismo para continuar sembrando la devastación.

Para ser la supuesta madre de la raza de las Atagairas, es una progenitora bastante severa, piensa Tarimán.

Malirie, conocida como «la perla de Ritión», sufre las iras de la estatua de Anurie. El incendio que provoca en el puerto se extiende por los barrios vecinos y arrasa media ciudad. En Áttim, la populosa y rica capital de Pashkri, son las figuras de Manígulat, Shirta y Ashine las que recorren las calles de noche. Los grandes palacios de piedra son presas poco apetitosas para ellos, pero el waldo de Manígulat prende fuego a los almacenes de seda en el puerto grande, mientras los otros dos se ceban con los distritos más humildes de la ciudad, donde las casas son de madera y se apiñan unas contra otras en un laberinto de calles tan angostas que los vecinos pueden saludarse de una ventana a otra estrechando las manos. Los muertos deben de ser miles, pero los dioses no van a molestarse en contarlos.

Tarimán es el único que no participa en aquel festival de destrucción. Cuando Manígulat le pregunta la razón, el dios herrero le responde que sólo hay dos Xóanos suyos en Tramórea. Uno se encuentra en Koras y otro en Narak. El primero está encerrado en un sótano de paredes de piedra tan gruesas que ni los puños de metal del waldo pueden derribarlas.

– ¿Y qué ocurre con la estatua que tienes en Narak, divino herrero?

Manígulat se encuentra un poco distraído manejando un waldo por las calles de Pashkri y otro por las de la ciudad Ritiona de Kahurna. Por eso, no se molesta en mirar las imágenes que está contemplando Tarimán en su propia ventana. Desde hace bastantes horas, Narak es una ruina humeante, abrasada por llamas mucho más intensas que los rayos de luz que disparan los ojos de los waldos. Tarimán sabe de quién ha sido obra tamaña devastación, pero se lo calla de momento.

– Me temo que esa estatua ha quedado fuera de servicio -comenta. Está mintiendo, pero la excusa es razonable y convincente.

– ¿Cómo puede ser? -pregunta Manígulat.

Pero en ese momento entre los demás dioses estalla un coro de carcajadas que interrumpe su conversación. La razón es de nuevo Anfiún, que no está gozando de su noche más inspirada. Tras el humillante castigo que ha sufrido a manos de Manígulat, ahora los demás pueden ver cómo su waldo es el único que está sufriendo apuros. Un hombre, un vulgar mortal -sólo Tarimán sabe que no tiene nada de vulgar- se ha subido a los hombros de la estatua viviente y le ha destrozado los ojos.

Ahora que el waldo está ciego, un ejército de humanos, numerosos y persistentes como plaga de langostas, lo llevan calle arriba. Anfiún no parece darse cuenta y se conforma con seguir repartiendo golpes en el aire. Sus movimientos se retransmiten de forma casi instantánea hasta su imagen y ésta los imita.

– ¡Te están llevando a un precipicio, estúpido! -le advierte Taniar, que tiene suficiente habilidad para manejar dos waldos y al mismo tiempo observar los torpes movimientos del dios de la guerra.

– Cuando acabe con esto ya te enseñaré yo a quién llamas estúpido – masculla Anfiún.

La imagen cenital muestra a su estatua en una calle o plaza empedrada, a pocos metros de un abismo que parece peligroso incluso para un waldo de materia transmutable. Aunque ya no vea por los ojos del Xóanos, el dios trata de manejarlo desde las alturas. Las risas de los demás y los insultos de su enemiga Taniar lo han enfurecido tanto que no puede evitar convertirse en portavoz de los dioses sin permiso de Manígulat y proferir amenazas:

– Preparaos para la gloriosa llegada de los Yúgaroi, gusanos. El sueño de los dioses ha terminado. Hemos despertado para conquistar Tramórea. ¡El tiempo de los humanos se acabó!

Anfiún se expresa en Arcano, un idioma que se habló mucho antes de que existieran los acrecentados y que, por idea de Tarimán, se revivió como la lengua oficial del proyecto Tramórea. La base de datos del Bardaliut, que desde la muerte del Rey Gris ha estado recopilando información sobre Tramórea, traduce sus palabras al Ainari, una de las lenguas que se hablan allí abajo, y las transmite al waldo.

– ¿Qué necedades estás diciendo, hermano? -pregunta Taniar.

– A mí me parecen palabras muy apropiadas -dice Pothine, en defensa de Anfiún.

Tarimán mira de reojo a Manígulat. El rey de los dioses está callado. Las comisuras de su boca se tuercen en un amago de sonrisa, gesto muy poco frecuente en él. Debe estar anticipando el ridículo de Anfiún, que no tarda en producirse. Un mortal -sólo Tarimán se da cuenta de que es el mismo que cegó al waldo- se adelanta y responde al desafío del dios. Algo que no tendría mayor importancia de no ser porque su ejército de hormigas humanas le sigue, empuja a la estatua de Anfiún y, por el puro peso de su número, consigue arrojarla por el barranco.

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