Graham Masterton - Manitú

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¿Puede la mente humana proyectar una imagen o sugestionar a alguien, sin importar el tiempo o la distancia? ¿Existe la posesión de espíritus? ¿Es verdad que en nuestra época se dan las manifestaciones de las artes que implican la magia y el espiritismo? ¿Puede ser inmoral crearle daño a otra persona valiéndose de la transmisión del pensamiento para causarle la enfermedad y aun la muerte?
Manitú, uno de los libros más vendidos en España, obra de Graham Masterton, nos da respuesta a más de uno de estos interrogantes, narrándonos la historia más insólita, tan solo comparable con El bebé de Rosemary o El exorcista, tal vez superando estas dos obras en muchísimos cuadros de suspenso, llenos de un terror intenso y escalofriante.

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El Gran Viejo hervía y se revolvía en poderosas espirales de tinieblas. Dejó escapar un ronquido torturado y se convirtió en bramido furioso, más y más fuerte hasta que sentí que estaba siendo tragado por sus ensordecedoras profundidades vibrantes; un túnel de furia rugiente que hacía sacudirse a las paredes y temblar al piso.

Las resplandecientes rejas del manitú de Unitrak disminuyeron y oscilaron por un momento, pero luego ardieron aún más brillantes…; un estallido quemante de poder tecnológico que sobrepasó toda visión y todo sonido. Sentí como si me hubiesen arrojado en un caldero de acero hirviendo, hundido en luz y bañado de ruido.

Escuché una cosa más. Fue un sonido que nunca olvidaré. Fue como alguien o algo retorciéndose en una intensa agonía, más y más durante más tiempo que el que yo pudiera soportar. Era el sonido de nervios siendo puestos al desnudo, las sensibilidades siendo desgarradas, los espíritus despojados. Era el Gran Viejo. Su asidero al mundo material estaba siendo retirado por el ilimitado y sofisticado poder de Unitrak. Estaba siendo quitado por el fuego sagrado de la tecnología actual a los empalidecidos y desmayados seguidores de los antiguos planos astrales.

Hubo un ruido de desgarrón, de burbujeo, de balbuceos, y los costados del camino que Misquamacus había marcado en el piso comenzaron a dirigirse hacia su centro, absorbiendo la sombría forma del Gran Viejo como un tubo de ventilación chupando el humo. Hubo un extravagante estallido final de energía que me dejó aturdido y temporalmente ciego, y luego en el cuarto se hizo el silencio.

Yo me quedé tendido allí, incapaz de moverme, incapaz de ver durante cinco o diez minutos. Cuando pude ponerme de pie, aún había formas verdes de rejas flotando en mi retina, y me tambaleé alrededor como un viejo, dándome contra las paredes y los muebles.

Finalmente mi visión se aclaró. No muy lejos, Singing Rock yacía en el piso entre un montón de camas y muebles rotos, pestañeando sus ojos mientras recobraba el conocimiento gradualmente. El cuerpo de Misquamacus estaba donde había caído, carbonizado. Las paredes del cuarto parecían como arrasadas por las llamas, y las cortinas de plástico se habían derretido y formaban largas tiras que caían.

Sin embargo, no fue ninguna de esas cosas lo que me dejó atónito. Era la figura pálida, trémula, que estaba silenciosamente en un rincón del cuarto, descolorida y blanca como si fuese el fantasma de alguien que alguna vez había conocido. No dije nada, pero simplemente estiré mis manos hacia ella… dándole la bienvenida a una existencia que casi había perdido para siempre.

Harry -susurró-. Estoy viva, Harry.

Y fue entonces cuando el teniente Marino, con su revólver empuñado, entró por la puerta hacia nosotros.

Estaba sentado con Singing Rock en La Guardia, bajo el pesado busto de bronce del mismo La Guardia, fumando un último cigarrillo antes que tomase su vuelo. Se le veía tan pulcro y compuesto como siempre, con su brillante traje y sus gafas con marco de carey, y no había nada que demostrara lo que había hecho, o por lo que había pasado, excepto por una venda en su mejilla.

Oímos aterrizar aviones en las pistas, y el murmullo de voces, y el sol del atardecer brillaba anaranjado a través del cielo invernal.

– En algunos sentidos estoy algo triste -me dijo.

– ¿Triste? -le pregunté-. ¿Por qué?

– Por Misquamacus. Si sólo hubiésemos tenido la oportunidad de explicarle lo sucedido. Si sólo nos hubiésemos podido comunicar con él.

Tomé una larga bocanada de cigarrillo.

– Ahora es un poco tarde para eso. Y recuerde que hubiese podido matarnos, tan rápida y seguramente como nosotros necesitábamos matarlo a él.

Singing Rock asintió.

– Quizá volvamos a encontrarle en mejores circunstancias. Entonces quizá podamos hablar.

Yo dije:

– El está muerto, ¿no? ¿Qué quiere decir con eso de volver a encontrarle?

Singing Rock se sacó las gafas y las limpió con un pañuelo inmaculadamente blanco.

– El cuerpo murió, pero no podernos estar seguros de que su manitú se destruyó. Quizá fue liberado a un plano superior y está listo para reunirse con los que existen sin ninguna presencia física. Quizá retorne a la tierra y viva de nuevo en el cuerpo de algún otro.

Yo fruncí mi ceño.

– ¿No estará diciendo que esto podría pasar de nuevo?

Singing Rock alzó sus hombros.

– ¿Quién sabe? Hay tantos misterios en el universo de los que no sabemos nada. Lo que vemos durante nuestra vida física en la tierra es simplemente un fragmento. Hay mundos extraños dentro de los mundos, y mundos más extraños dentro de aquellos mundos. Nos vendría bien no olvidar eso.

– ¿Y el Gran Viejo?

Singing Rock tomó su maleta y se paró.

– El Gran Viejo -dijo-, estará siempre entre nosotros. Siempre que existan noches oscuras y miedos inexplicables el Gran Viejo estará presente.

Fue todo lo que dijo. Me tomó la mano y la apretó y luego se fue a tomar su vuelo.

Pasaron casi tres semanas antes que pudiese partir hacia Nueva Inglaterra. Conduje todo el camino, y los campos y las casas aún estaban blanqueadas por la nieve. El cielo tenía color de goma, y un sol naranja se ocultaba descoloridamente detrás de los árboles.

Llegué justo antes del anochecer, aparqué mi «Cougar» delante de una elegante casa colonial pintada de blanco y descendí. La puerta del frente se abrió y allí estaba Jeremy Tandy, tan seco y activo como siempre, viniendo a recibirme y tomando mis maletas.

– Estamos muy contentos de que pudiera venir, señor Erskine -dijo todo lo cálidamente que pudo-. Debe haber tenido frío en el viaje.

Adentro, la señora Tandy tomó mi abrigo; estaba caluroso con el fuego encendido y había alegría. El gran salón estaba lleno de antigüedades domésticas, grandes sillones coloniales, y sofás, y lámparas de cobre, y lleno de adornos y de cuadros de escenas rurales.

– ¿Le gustaría un guiso caliente? -preguntó la señora Tandy, y yo hubiese querido besarla.

Me senté frente al fuego. Jeremy Tandy me sirvió un gran whisky mientras su mujer se ocupaba de la cocina.

– ¿Cómo está Karen? -le pregunté-. ¿Continúa mejorando?

Jeremy Tandy asintió.

– Aún no puede caminar, pero recupera peso y está mucho más alegre. Más tarde podrá subir a verla. Ha estado esperando su visita toda la semana.

Yo bebí el whisky.

– Yo también -dije, con un poco de cansancio-. No he dormido muy bien desde que terminó todo eso.

Jeremy Tandy bajó su cabeza.

– Bueno… no… ninguno de nosotros ha podido.

Charlamos de cualquier cosa durante un rato y luego la señora Tandy trajo el guiso. Estaba bueno, caliente y espeso, y yo me senté junto al chispeante fuego y lo comí agradecidamente.

Más tarde subí a ver a Karen. Estaba flacucha y pálida, pero su padre tenía razón. Aumentaba de peso e iba a recuperarse. Me senté a los pies de su cama de nogal con colcha campesina y charlamos sobre sus distracciones, su futuro y todo en el mundo, menos Misquamacus.

– El doctor Hughes me dijo privadamente que usted es muy valiente -comentó después de un rato-. Dijo que lo que realmente ocurrió no tuvo nada que ver con lo que contaron los periódicos. Señaló que nadie les hubiese creído si hubieran contado la verdad.

Le tomé la mano.

– La verdad no es muy importante. Yo mismo no puedo creer la verdad.

Me hizo una pequeña y amistosa sonrisa.

– De todos modos, yo sólo quería decirle gracias, porque pienso que le debo la vida.

– No tiene por qué. Quizás algún día usted pueda hacer lo mismo por mí.

Me puse de pie.

– Ahora voy abajo. Su madre me dijo que no la fatigara. Creo que necesita todo el descanso que pueda tener.

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