Graham Masterton - Manitú

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¿Puede la mente humana proyectar una imagen o sugestionar a alguien, sin importar el tiempo o la distancia? ¿Existe la posesión de espíritus? ¿Es verdad que en nuestra época se dan las manifestaciones de las artes que implican la magia y el espiritismo? ¿Puede ser inmoral crearle daño a otra persona valiéndose de la transmisión del pensamiento para causarle la enfermedad y aun la muerte?
Manitú, uno de los libros más vendidos en España, obra de Graham Masterton, nos da respuesta a más de uno de estos interrogantes, narrándonos la historia más insólita, tan solo comparable con El bebé de Rosemary o El exorcista, tal vez superando estas dos obras en muchísimos cuadros de suspenso, llenos de un terror intenso y escalofriante.

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– Bien, parece que eso es todo.

– ¿Está bien? -le pregunté-. Quiero decir, ¿él no está…?

– No -dijo Singing Rock-. No está muerto. No creo que nunca vuelva a ser el mismo, pero no está muerto.

– El calamar -dije-. ¿Sabe qué significa eso?

Singing Rock dijo:

– Sí. Este hombre tuvo el privilegio de ver algo que había desaparecido de la tierra desde hace siglos. No lo vio completo, lo cual probablemente es casi lo mismo. El Gran Viejo está de nuevo entre nosotros.

CAPITULO DIEZ

En la luz

Salí con Singing Rock del cuarto de primeros auxilios hacia el pasillo. Sus ojos negros brillaban de nuevo con algo del celo que había visto desaparecer lentamente en nuestra larga y horripilante noche. El dijo:

– Ya estamos, Harry. ¿Vendrá a ayudarme?

– ¿Estamos adonde? ¿Qué demonios va a pasar?

Singing Rock se lamió los labios. Su voz no tenía aliento y parecía como si estuviese con fiebre.

– El Gran Viejo está aquí. Luchar con el mismo Gran Viejo… ¿Comprende lo que eso significa para un hechicero? Es como para un cristiano tener la oportunidad de luchar con Satanás en persona.

– Singing Rock…

– Tenemos que hacerlo -dijo Singing Rock-. No nos queda tiempo. Tenemos que bajar y hacerlo.

– ¿Bajar? ¿Quiere decir volver al décimo piso?

Singing Rock pareció crecer, como si algún viento mágico lo estuviese inflando. Temblaba de miedo, de expectativa y por la lujuria última de arriesgar su vida contra el mayor demonio de la Norteamérica mítica.

Cuando no dije nada más, simplemente se dio la vuelta y comenzó a caminar rápido hacia las escaleras, tanto que apenas podía mantenerme a su lado.

Le tomé de la manga y él se dio la vuelta.

– Singing Rock -dije-. Por el amor de Dios, allí fueron matados once hombres armados. Usted vio lo que sucedió.

– Es demasiado tarde -dijo Singing Rock-. El Gran Viejo está aquí, y lo que suceda ahora será peor.

– Singing Rock…

Se zafó. Abrió la puerta que conducía a las escaleras oscuras y dijo:

– ¿Viene, o se queda atrás?

Como un eco en el agujero de la escalera escuché el detestable gemido de ese viento sin viento y se me pusieron los pelos de punta. El fétido hedor del Gran Viejo llenaba el aire y podía oír ruidos allí abajo que me hicieron recordar los grabados del infierno de Doré. Demonios y bestias y cosas sin nombre que caminaban por la noche. Cosas que hacían volver locos a los hombres. Cosas que saltaban, y gateaban, y se arrastraban a través de la oscuridad de una imaginación aterrada.

Yo tragué saliva. No importaba lo asustado que me sintiera; no podía dejar bajar allí a Singing Rock solo. Dije:

– Voy -y le adelanté por los escalones de cemento. Si no iba ahora, no iría nunca.

Una vez que la puerta se cerró detrás de nosotros nos quedamos hundidos en una atmósfera sofocante. Nos tomamos del pasamanos y recorrimos nuestro camino hacia abajo, escalón tras escalón. Cada sombra me llenaba de un miedo que me ponía la piel de gallina, y cada sonido o eco me paralizaba el corazón. Hubiese podido jurar que escuché pasos descendiendo las escaleras justo fuera de nuestra vista debajo nuestro, pero no era el momento de detenerse a escuchar.

– Singing Rock -murmuré-. ¿Qué vamos a hacer?

– Estoy tratando de pensarlo -dijo serenamente Singing Rock-, Pero no puedo juzgar la situación hasta que vea por mí mismo. Sólo espero poder invocar el espíritu de Unitrak en el momento debido y en la forma debida. También espero que Unitrak no nos sea hostil como lo es al Gran Viejo. Siempre hay ese riesgo.

Yo tosí.

– Suponga que simplemente nos rindamos, ¿Eso no salvaría más vidas? Si luchamos así… Dios sabe cuánta gente puede ser herida.

Singing Rock movió su cabeza.

– Esta no es una lucha en el sentido que usted piensa. Este es un acto de venganza de un hechicero pielroja en nombre de todo el dolor y los engaños y la masacre que su gente sufrió a manos del hombre blanco. Uno no se puede rendir ante alguien que busca venganza. Misquamacus sólo estará satisfecho cuando todos estemos muertos; en cuanto al Gran Viejo…

– ¿Qué pasa con el Gran Viejo?

Singing Rock se encogió de hombros.

– No sé qué trato ha hecho Misquamacus con él. Pero el Gran Viejo es conocido en la cultura de Pueblo como el Gran Devorador. Los Paiute tienen otro nombre: El-que-se-alimenta-en-el-foso. Saque sus conclusiones.

Mientras descendíamos a través de la oscuridad, el lúgubre silbido y gemido del viento que no era viento llegó más fuerte e incluso más deprimente. Yo comencé a sentir una tremenda jaqueca y apenas si podía ver. Me sentía con picazones e incómodo, y tenía la sensación de que mis ropas estaban llenas de bichos. Si hubiera tenido elección hubiese abandonado en ese momento y dejado que el Gran Viejo, el-que-se-alimenta-en-el-foso, hiciera lo peor que le viniera en gana.

Singing Rock dijo:

– Nos estamos acercando. Por eso se siente tan mal. Tome este collar de cuentas. No es mucho, pero puede ayudarle a protegerse contra trampas e ilusiones.

Casi sordos por el rechinante viento llegamos al décimo piso. Singing Rock sacó una hoja de papel en la cual había anotado los números de Unitrak y los miró de cerca en las tinieblas. Luego puso su pulgar para arriba y abrió suavemente la puerta que conducía a los corredores donde acechaba Misquamacus y donde ahora el Gran Viejo, el terrible y malévolo manitú de los siglos pasados, estaba repelentemente volviendo a la vida.

El hedor era enfermante. Incluso aunque los corredores estaban vacíos había unos pasos acelerados, como de ratas, por todas partes; un ruido que ni siquiera el sonar del viento aplacaba. Era como si todo el lugar estuviese lleno de invisibles roedores, juntándose y apiñándose alrededor del apestoso olor del Gran Viejo. Singing Rock se dio la vuelta para asegurarse que yo aún estaba detrás de él, y luego guió el camino hacia el cuarto de Karen Tandy, el cuarto en el cual Misquamacus había hecho su primera y obscena aparición.

El zumbido del viento astral de la Bestia Estrella me hizo sentir exhausto e irritable. Mientras nos acercábamos al cuarto de Karen Tandy el ruido se hacía más y más fuerte, hasta que se impregnó en todos mis sentidos con el agudo dolor de una navaja oxidada. Alrededor nuestro, mientras caminábamos, se escuchaba el escurrirse de esas ratas fantasmas, como si tuviésemos una horrible escolta de alimañas adondequiera que fuésemos. Una vez sentí como si una de ellas hubiese saltado a mi espalda y me encontré sacudiéndome la camisa con disgusto y miedo.

Singing Rock había comenzado sus invocaciones. Llamaba a los espíritus de la nación sioux para protegernos de la maldad devoradora del Gran Viejo; a los manitús del aire, las rocas y el suelo; a los demonios de las enfermedades y la peste para vencer a Misquamacus. Apenas si podía oír lo que decía por culpa del crujido de ese viento sobrenatural, pero podía sentir que nuestra escolta de ratas nos amenazaba con una cierta cantidad de impaciente respeto.

Dimos la vuelta a la esquina y de pronto el corredor estuvo lleno de brillantes relámpagos de luz, que crujía y escupía alrededor nuestro. Singing Rock levantó sus manos, con las palmas hacia afuera, y la luz chocaba contra ellas y luego desaparecía en el piso de cemento. Era-la-luz-que-se-ve, la primera indicación de que Misquamacus sabía que estábamos allí.

Llegamos al fragmento de corredor en el cual estaba el cuarto de Karen Tandy. La-luz-que-ve parecía haber dispersado a la mayoría de las ratas fantasmas, pero el rugiente viento continuaba y ahora era un viento real, que golpeaba contra nuestros rostros como arena. Singing Rock me arrastró hacia adelante y luchamos para avanzar y acercarnos más y más a nuestra inevitable confrontación con Misquamacus y el Gran Viejo. El crujir y soplar del viento nos hacía imposible hablar, pero por la puerta del cuarto de Karen Tandy vimos salir relámpagos de luz astral, la energía azul helada que había creado el camino para el mayor y más terrible de todos los seres legendarios.

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