Singing Rock dijo:
– ¿Qué fue todo ese ruido ahí fuera? ¿Alguien herido?
Saqué un cigarrillo de un paquete que había sobre el escritorio.
– No lo creo. Era un cámara de la CBS. Estaba filmando por ahí y se desmayó. Creo que debe ser epiléptico o algo así.
Singing Rock frunció su ceño.
– ¿Estaba filmando?
– Sí. Creo que hacía tomas de todo el mundo en este lugar. Se cayó como si alguien le hubiera golpeado en la cabeza. No me pregunte, yo no lo vi.
Singing Rock pensó durante un momento. Luego caminó rápidamente fuera de la oficina y se dirigió a los reporteros de la CBS. Habían formado un círculo, cinco o seis de ellos, y estaban intranquilos, fumando y pensando en qué hacer.
Singing Rock dijo:
– Vuestro amigo… ¿está bien?
Uno de los reporteros, un hombre bajo y fornido, con una camisa color ciruela y gafas gruesas, dijo:
– Sí. Aún está con los médicos, pero ellos dicen que se pondrá bien. Escuche, ¿usted sabe qué demonios sucede aquí? ¿Es verdad eso de los malos espíritus?
Singing Rock ignoró sus preguntas.
– ¿Su amigo es propenso a tener ataques? -preguntó con insistencia.
El reportero de TV movió su cabeza lentamente.
– Nunca vi que tuviese ninguno. Que yo sepa, ésta es la primera vez. Nunca dijo que fuera epiléptico o algo por el estilo.
Singing Rock parecía muy preocupado.
– ¿Alguien más miraba por la cámara al mismo tiempo? -preguntó.
El reportero de TV dijo:
– No, señor. Aquí sólo tenemos esta cámara. Diga… ¿usted sabe a qué se debe este horrible olor?
Singing Rock dijo:
– ¿Puedo? -y sacó la cámara de televisión portátil de su caja. Estaba mellada por el golpe cuando se le había caído al cámara, pero aún funcionaba. Uno de los técnicos, un hombre en blue-jeans, le mostró cómo colocársela en el hombro y cómo ver a través de la mirilla.
El piso del cuarto comenzó a temblar y ondearse, como alguien temblando de miedo, o un perro alcanzando su climax sexual. Las luces disminuyeron de nuevo y el sonido del viento se hizo paulatinamente más fuerte. Hubo unos comentarios de pánico entre los veinte o treinta médicos, policías y reporteros reunidos en el lugar, y el doctor Winsome, con el rostro color ceniza y sudando, finalmente tuvo que descolgar todos los teléfonos internos, que no cesaban de sonar. No se atrevía a pensar en lo que sucedería en los otros pabellones y oficinas, y ahora no podíamos ir a ellos aunque quisiéramos. El teniente Marino aún hablaba por teléfono, esperando novedades de sus refuerzos, pero ya había abandonado cualquier aspecto de optimismo. Fumaba un cigarrillo tras otro, y su rostro se había vuelto duro y preocupado.
Cuando el espasmo del piso hubo pasado Singing Rock apoyó su ojo en la mirilla con borde de goma de la cámara de televisión, la hizo funcionar y lentamente comenzó a recorrer el cuarto. El equipo de la CBS le miraba incómodamente mientras él hacía una toma circular por el cuarto, inclinado hacia adelante, como un buzo hundiendo su tenso y delgado cuerpo.
– ¿Qué demonios hace ese tipo? -dijo uno de los técnicos desconfiadamente.
– Ssh -dijo su colega-. Quizás esté tratando de encontrar de dónde viene el olor.
Después de unos minutos de cuidadosa búsqueda, Singing Rock dejó la cámara. Me hizo señas y me habló con un murmullo bajo y rápido, así nadie más podía oír.
– Creo que sé lo que sucedió -dijo-. Los demonios que siempre acompañan al Gran Viejo han pasado por aquí. Ahora se han ido probablemente al décimo piso a reunirse con Misquamacus. Pero creo que el cámara los vio.
– ¿Los vio? ¿Cómo?
– Usted sabe la vieja historia de que los indios creían que nunca debían ser fotografiados porque las cámaras podían sacarles sus espíritus. Bueno, en cierta forma eso era correcto. Una lente de cámara, aunque nunca puede robar el manitú de un hombre, lo puede percibir. Por eso es que ha habido tantas fotos extrañas en las cuales los fantasmas, invisibles cuando se tomaba la foto, han aparecido misteriosamente cuando se copió la foto.
Yo tosí.
– ¿Quiere decir que el cámara vio los demonios a través de la mirilla? ¿Por eso se desmayó?
– Sí -dijo Singing Rock-. Mejor será que vayamos a hablar con él si aún está consciente. Si puede decirnos qué demonios vio quizá podamos enterarnos cuándo se espera que el Gran Viejo haga su aparición
Llamamos a Jack Hughes y le explicamos lo que sucedía. No dijo nada, pero estuvo de acuerdo cuando Singing Rock sugirió hablar con el cámara. Le dijo unas pocas palabras al doctor Winsome, y luego nos llevó hasta el cuarto de primeros auxilios.
Allí estaba, silencioso. Sobre una alta camilla de hospital, el cámara yacía pálido y sacudiéndose mientras tres médicos vigilaban su pulso y otros signos vitales. Saludaron a Jack Hughes cuando entramos y se apartaron para dejarnos colocar al lado de la cama del cámara.
– No sean muy rudos con él -dijo uno de los internos-. Ha tenido un fuerte susto y no puede soportar mucho.
Singing Rock no contestó. Se inclinó sobre el cámara y susurró:
– ¿Puede oír lo que le digo?
El cámara tembló. Singing Rock dijo otra vez:
– ¿Puede oír lo que le digo? ¿Sabe dónde está?
No hubo respuesta. Los internos se inquietaron y uno de ellos dijo:
– Temo que esté profundamente inconsciente. Cualquier cosa que sea lo que le ha sucedido, su mente es como si estuviese retraída y no vuelve para nadie. Es muy frecuente en casos de grandes conmociones. Déle tiempo.
Singing dijo con menos de un susurro:
– No tenemos tiempo.
Buscó en su bolsillo un collar con cuentas extrañamente pintadas y lo colocó dulcemente en la cabeza del cámara, como si fuese un halo. Uno de los internos trató de protestar, pero Jack Hughes le hizo señas para que se callara.
Con sus ojos cerrados, Singing Rock comenzó una invocación. No podía oír nada de sus palabras, y las que pude oír eran en sioux. Al menos pensé que eran en sioux. No soy un lingüista, y por mí también hubiesen podido ser francés.
Al principio la hechicería pareció no hacer nada. El cámara seguía pálido y quieto, con sus dedos sacudiéndose ocasionalmente y sus labios moviéndose sin sonidos. Pero luego Singing Rock dibujó una figura mágica en el aire, por encima de su cabeza, y sin advertencia previa los ojos del cámara se abrieron. Estaban vidriosos y como fuera de foco, pero en realidad estaban abiertos.
– Bueno -dijo Singing Rock con gentileza-. ¿Qué viste, amigo mío, a través de tu cámara?
El cámara tembló, y en la comisura de su boca aparecieron borbotones de saliva. Parecía un hombre muriendo de un ataque de rabia o en los estadios finales de una sífilis. Algo tan terrible había impresionado su mente que no había nada que pudiese hacer para exorcizarlo de su memoria. Ni siquiera podía morir.
– Eso… eso… -tartamudeó.
– Vamos, mi amigo -dijo Singing Rock-. Te ruego que hables. No te atrapará. El Gitche Manitú te protegerá.
El cámara cerró sus ojos. Por un momento pensé que había retornado a su inconsciencia. Pero después de unos pocos segundos, comenzó a hablar, muy rápido y casi ininteligible, con una cascada de palabras:
– Eso nadaba; estaba nadando, vino nadando a través del cuarto y yo pude ver sólo su borde como una especie de calamar, como un calamar, con brazos que aleteaban, aleteando todo, pero también era grande, no puedo decir cuan grande era; yo estaba tan asustado que había algo adentro de mi cabeza como si me robaran el cerebro. Sólo un vistazo, sin embargo; sólo un vistazo.
Singing Rock se quedó escuchando un rato más, pero el cámara no agregó nada. Cuidadosamente quitó las cuentas de la cabeza del hombre, y dijo:
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