Graham Masterton - Manitú

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¿Puede la mente humana proyectar una imagen o sugestionar a alguien, sin importar el tiempo o la distancia? ¿Existe la posesión de espíritus? ¿Es verdad que en nuestra época se dan las manifestaciones de las artes que implican la magia y el espiritismo? ¿Puede ser inmoral crearle daño a otra persona valiéndose de la transmisión del pensamiento para causarle la enfermedad y aun la muerte?
Manitú, uno de los libros más vendidos en España, obra de Graham Masterton, nos da respuesta a más de uno de estos interrogantes, narrándonos la historia más insólita, tan solo comparable con El bebé de Rosemary o El exorcista, tal vez superando estas dos obras en muchísimos cuadros de suspenso, llenos de un terror intenso y escalofriante.

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Luego, contra un huracán despedazador, llegamos hasta la misma puerta. Singing Rock miró primero, y de pronto sacó su cabeza con completo terror, arrojándose las manos sobre el rostro como un hombre en los espasmos de la electrocutación. Yo también miré y me quedé sacudido con tal horror y miedo que sentí como que nunca iba a poder moverme de nuevo de aquella puerta.

El cuarto estaba repleto por un humo de terrible olor, que salía incesantemente de dos fogatas que Misquamacus había encendido en bolsas de metal y colocado a cada lado de su camino astral. En el piso estaba marcado el más siniestro y extraño círculo de figuras que yo hubiese visto nunca, todas dibujadas elaboradamente y coloreadas con lo que debía haber sido la sangre de los oficiales de policía del teniente Marino. Había extrañas cabras y criaturas horribles, como enormes babosas, y mujeres desnudas, de cuyos vientres emergían atroces bestias. Presidiendo este círculo, jorobado y deformado, con su cuerpo oscuro, borroso a través del humo, estaba Misquamacus. Pero no era el mismo Misquamacus quien nos provocaba el mayor terror; era lo que apenas percibíamos a través de las más densas nubes de humo, el hirviente cúmulo de una sombra siniestra que parecía crecer y crecer en las tinieblas, como un calamar o alguna descarnada y masiva confusión de serpientes y bestias y monstruos.

Lo que era más aterrante era que yo reconocí al Gran Viejo. Reconocí lo cerca que había estado siempre de mí. El era el miedo en las extrañas formas del papel de la pared y las cortinas; el terror de rostros que aparecían en los nudos de la madera de los armarios; el miedo a las escaleras oscuras o curiosos y entrevistos reflejos en espejos y ventanas. Aquí, en la retorcida forma del Gran Viejo, yo descubrí de dónde habían venido mis aterradores miedos y ansiedades. Cada vez que uno escucha una respiración incorpórea en su habitación por la noche; cada vez que las ropas que uno ha dejado cuidadosamente en su silla parecen tomar las formas de una figura siniestra; cada vez que cree que ha escuchado pasos detrás suyo mientras sube las escaleras, es la diabólica presencia del Gran Viejo, sacudiendo malévolamente las cerraduras y sellos que le mantienen en el otro lado.

Misquamacus levantó sus brazos y lanzó un aterrador grito de triunfo. Sus ojos parecían estar iluminados desde dentro, como los de una cabra, y satánicos, y su cuerpo, sobre sus piernas diminutas, estaba brillante por el sudor. Tenía guantes de sangre, pues él había cortado los huesos ensangrentados de los hombres del teniente Marino y los había utilizado para dibujar en el piso. Detrás de él, casi invisible en el humo, la espantosamente aterrante figura del Gran Viejo se retorcía y movía.

– ¡Es ahora, Harry! -gritó Singing Rock-. ¡Ayúdeme ahora… es ahora! ¡Es ahora!

Enterró la cara entre sus manos y comenzó a recitar números y palabras, invocaciones interminables a sus propios manitús y espíritus y al gran espíritu de la tecnología blanca. Me tomé de él, le abracé fuerte, concentrando mi aterrorizada mente en Unitrak… Unitrak… Unitrak. El chillido del viento me hacía imposible oír lo que decía Singing Rock; yo forcé mi mente en apoyarlo, en amarlo, en mantenerlo a salvo mientras él trataba de arrollar a Misquamacus y la terrible presencia de El-que-se-alimenta-en-el-foso.

Hubo un momento en el que pensé que Singing Rock iba a lograrlo. Hablaba increíblemente rápido, recitando, y cantando, y haciendo inclinaciones de cabeza, más rápido y más rápido, como construyendo la gran invocación del manitú tecnológico de Unitrak. Sin embargo, todo este tiempo Misquamacus también cantaba, y movía sus brazos en nuestra dirección, como animando al Gran Viejo a consumirnos. Vi cosas que se movían entre el humo que eran terroríficas más allá de toda creencia, formas más desagradables y horribles que la peor de las pesadillas que nunca hubiera tenido, y espirales de bruma como si fuesen pulpos que comenzaban a desarrollarse desde la tenebrosa nube del Gran Viejo. Sabía que sólo teníamos segundos para sobrevivir. Me puse tan tenso que mis músculos se acalambraron y mordí mi lengua.

De pronto Singing Rock se desmoronó. Se inclinó y cayó sobre sus rodillas. Yo me arrodillé a su lado, quitándome el pelo que el huracán me arrojaba sobre los ojos, y le grité para que continuara.

Me miró, y en su rostro sólo había miedo.

– ¡No puedo! -gritó -. ¡No puedo invocar a Unitrak! ¡No puedo hacerlo! ¡Es el manitú de un hombre blanco! ¡No vendrá! ¡No me obedecerá!

No podía creerle. Miré sobre mi hombro y vi a Misquamacus señalándonos con ambas manos, y las oscuras serpientes del Gran Viejo desenroscándose de su cabeza, y supe que era el final de todo. Yo tomé el arrugado fragmento de papel de las manos de Singing Rock y lo sostuve ante la fluctuante luz astral del espantoso y aterrante camino.

– ¡Unitrak, sálvame! -grité-. ¡Unitrak, sálvame! -Y grité los números una y otra vez.- ¡UNITRAA-AKKK! ¡POR EL AMOR DE DIOS… UNIIITRA-AKKK!

Singing Rock, aún acurrucado entre mis brazos, sollozaba de miedo. Misquamacus, con su rostro estirado en una mueca lobuna, flotaba en el aire por encima mío, con sus brazos estirados y sus deformadas piernas dobladas debajo suyo. En derredor, las temblorosas y horripilantes formas del Gran Viejo crecían y crecían.

Durante un momento me quedé callado por el miedo. Luego, porque fue todo lo que se me ocurrió, levanté mis brazos, igual que como Misquamacus había alzado los suyos, y lancé mi propia idea de un hechizo.

– Unitrak, envía a tu manitú para destruir a este hechicero. Unitrak, protégeme del mal. Unitrak, cierra el camino del más allá y echa a este espíritu espantoso.

Misquamacus, flotando imponentemente cerca, comenzó a invocar, como desquite, al Gran Viejo. Sus palabras eran pesadas y nubosas, expandiéndose a través del rugido del huracán como una bestia vengativa.

– ¡Unitrak! -bramé-. ¡Ven a mí, Unitrak! ¡Ven!

Fue en ese momento que Misquamacus estuvo casi sobre mí, con sus ojos diabólicos mirando espeluznantemente desde su rostro oscuro, relumbrante con el sudor. Su boca estaba estirada hacia atrás, en una mueca de dolor y esfuerzo y venganza. Dibujaba círculos e invisibles diagramas en el aire en mi derredor, atrayendo el tumulto diabólico del Gran Viejo, componiendo con su brujería las más espantosas muertes que pudiera pergeñar.

– ¡Unitrak! -susurré, sin que se me oyera por encima del crujido del ventarrón-. ¡Oh, Dios, Unitrak!

Fue tan violento y súbito que cuando ocurrió al principio no podía entenderlo. Pensé que Misquamacus me había derribado con la luz-que-ve o que el edificio se había derrumbado. Hubo un sonido que rompía los oídos que hasta superó el gemido del huracán, un crujir eléctrico de millones de millones de voltios supercargados, un rugido como miles de cortocircuitos. El cuarto se llenó de una deslumbrante formación en formas de rejas incandescentes, trozo tras trozo de brillantes circuitos, serpenteando con chispas blancas y azules y resplandeciendo con su propia simetría cegadora.

Misquamacus cayó del aire, carbonizado y ennegrecido y ensangrentado. Cayó al piso como una carcasa de carne, con sus manos mezcladas debajo suyo, los ojos apretadamente cerrados.

Las rejas, pulsando y brillando, formaron una separación entre yo y la horrible forma del Gran Viejo. Podía ver al ser demoníaco retorcerse y estirarse, como si estuviera confundido y frustrado. El voltaje de las rejas era tan enorme que yo sólo podía mirar con mis ojos entornados y apenas podía ver a través de ellas la forma retorcida y sombría del Gran Viejo.

En mi mente no había dudas de lo que era esta cegadora aparición. Era el manitú, el espíritu, la esencia de la computadora Unitrak. Mi hechizo, la invocación de un hombre blanco, había traído el desquite de un demonio del hombre blanco.

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