Por otra parte, también es cierto que se realizaron estudios sobre los mártires cristianos de las Alpujarras, si bien en fecha posterior a la que se consigna en la novela: la primera actuación de la que se tiene constancia, a través de unas informaciones efectuadas por el arzobispo Pedro de Castro, data del año 1600. En las actas de Ugíjar (1668), que recogen la mayor parte de las matanzas de cristianos acaecidas en las Alpujarras, aparece citado un niño llamado Gonzalico, el cual calificó de «lindo» su sacrificio por Dios antes de ser martirizado. La acción de extraerle el corazón por la espalda que se describe en la novela es reiteradamente citada por Mármol en sus crónicas como muestra de la crueldad de los moriscos con sus víctimas cristianas.
Córdoba es una ciudad maravillosa, razón por la que posee la extensión urbana más importante de Europa declarada Patrimonio Histórico de la Humanidad por la Unesco. En algunos lugares se puede dejar volar la imaginación para revivir la esplendorosa época del califato musulmán. Uno de ellos, qué duda cabe, lo constituye la mezquita-catedral. No se puede asegurar con certeza que el emperador Carlos I pronunciara esas palabras que se le atribuyen cuando contempló las obras que él mismo había autorizado en su interior: «Yo no sabía qué era esto, pues no hubiera permitido que se llegase a lo antiguo, porque hacéis lo que puede haber en otras partes y habéis deshecho lo que era singular en el mundo». La verdad es que la catedral, tal y como fue concebida a través de los diferentes proyectos con la consecuencia de quedar embutida en el bosque de columnas de la antigua mezquita, es una obra de arte. Ciertamente, se cegó la luz del templo musulmán, se quebró su linealidad y se cercenó su espíritu pero, con todo, ahí está buena parte de la fábrica califal. ¿Por qué no se arrasó, al igual que sucedió con muchas otras mezquitas, para alzar sobre su solar una nueva catedral cristiana? Quizá, dejando de lado posibles intereses de los veinticuatros y la nobleza, valga la pena recordar la sentencia de muerte que dictó el cabildo municipal contra los que osasen trabajar en las nuevas obras de la catedral.
En el alcázar de los reyes cristianos todavía se pueden ver las ruinas y las marcas en el suelo de las antiguas celdas de la Inquisición rodeando uno de los patios; a su lado está otro de los edificios que puede trasladar al visitante a aquellas épocas: las caballerizas reales, en las que Felipe II decidió crear, y lo consiguió, una nueva raza de caballos cortesanos, una raza que hoy enaltece y caracteriza la ganadería equina de este país.
La mano de Fátima ( al-hamsa ) es un amuleto en forma de mano con cinco dedos, que, al decir de algunas teorías, representan los cinco pilares de la fe: la declaración de fe ( shahada ); la oración cinco veces al día ( salat ); la limosna legal ( zakat ); el ayuno ( Ramadán ) y la peregrinación a La Meca al menos una vez en la vida ( hach ). Sin embargo, este amuleto también aparece en la tradición judía. No es momento ni lugar para entrar a considerar sus verdaderos orígenes y mucho menos para discutir la funcionalidad de los amuletos. Los estudios insisten reiteradamente en que no sólo los moriscos, sino la sociedad de la época, utilizaba amuletos y creía en todo tipo de hechicerías y sortilegios. Ya en 1526, la Junta de la Capilla Real de Granada hizo referencia a las «manos de Fátima», prohibiendo a los plateros que las labraran y a los moriscos que las utilizasen; similares preceptos fueron establecidos en el sínodo de Guadix de 1554. Hay numerosos ejemplos de «manos de Fátima» en la arquitectura musulmana, pero quizá el más representativo, dentro del marco de esta novela, sea el de la mano con los cinco dedos extendidos, cincelada en la piedra de clave del primer arco de la Puerta de la Justicia que da acceso a la Alhambra de Granada y que data de 1348. Así pues, el primer símbolo con el que se encuentra el visitante de ese maravilloso monumento granadino no es otro que una mano de Fátima.
No podría terminar estas líneas sin expresar mi agradecimiento a cuantos, de una u otra forma, me han ayudado y aconsejado en la escritura de esta novela, en especial a mi editora, Ana Liarás, cuya implicación personal, consejos y trabajo han tenido un valor incalculable, reconocimiento que hago extensivo a todo el personal de Random House Mondadori. Mi gratitud, desde luego, a mi primera lectora: mi esposa, incansable compañera, y a mis cuatro hijos, que se empeñan en recordarme con tenacidad que hay muchas cosas más allá del trabajo, y a quienes dedico este libro en homenaje a todos esos niños que sufrieron y desgraciadamente todavía sufren las consecuencias de un mundo cuyos problemas somos incapaces de resolver.
Barcelona, diciembre de 2008