Carlos Fuentes - La Frontera De Cristal

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Los conflictos sociales y económicos que han separado culturalmente a México de los Estados Unidos tienen una larga historia. En La frontera de cristal, Carlos Fuentes reproduce esta separación entre los dos países a lo largo de doscientos años.
Los Barroso son una familia mexicana que, como muchas, emigra a los Estados Unidos en busca de mejores oportunidades. Pero, para su sorpresa, la lucha por la existencia en ese país se vuelve una verdedera guerra de supervivencia. Cada miembro de la familia se enfrenta inevitablemente a algunos de los grandes problemas sociales del país norteamericano: la discriminación, el racismo, la violencia, el sufrimiento. Con esta novela, Carlos Fuentes retrata las motivaciones y necesidades que orillan a las familias mexicanas de esta condición a aventurarse en los sinsabores del rechazo de una sociedad extranjera.

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– Mi familia es muy antigua. Siempre hemos sido ricos. Tenemos haciendas, caballos, criados. Con el petróleo, simplemente viviremos como siempre, pero con más lujo aún. Ojalá que algún día nos visiten en México. A mi madre le dará mucho gusto recibirlos y agradecerles sus finas atenciones.

Y la señora Charlotte suspiraba con admiración. Era la primera señora blanca y platinada a la que Juan Zamora veía con delantal.

– ¡Qué bien educados son los aristócratas españoles! Aprende Becky.

La señora Charlotte nunca llamó "mexicano" a Juan Zamora. Temía ofenderlo.

4

El otro espacio de la vida del estudiante mexicano era la escuela de medicina y sobre todo el anfiteatro de líneas griegas, albo y sólido, que coronaba una colina como para que los olores de cloroformo y formol no contaminaran al resto del campus. Aquí las modas estrafalarias eran sustituidas por el blanco uniforme de la medicina, aunque a veces aparecían piernas velludas y casi siempre Keds ennegrecidos en las extremidades del alto batón de clínica.

Hombres y mujeres, todos de blanco, le daban un aire de comunidad religiosa al edificio. Por sus pasillos relucientes pasaban monjes y monjas juveniles. A Juan se le ocurrió que la castidad seria la regla de esta orden de jóvenes médicos. Además, el uniforme blanco (cuando no asomaban las piernas velludas) acentuaba la androginia generacional. Algunas muchachas usaban el pelo muy corto, algunos muchachos lo usaban muy largo y a veces, desde atrás (de espaldas), era difícil distinguir el sexo.

Juan Zamora había tenido uno que otro contacto sexual en México. El sexo no era su fuerte. Las prostitutas no le agradaban. Las compañeras de la universidad mexicana eran muy exigentes, muy devoradoras, lo distraían, hablaban de tener familia o de ser independientes, de vivir así o asado, de triunfar con una decisión que lo hacía sentirse chinche, culpable, avergonzado de no ser, nunca, aún no, todo lo que podía ser. El mal de Juan Zamora era confundir cada etapa de su vida con algo definitivo, acabado. Así como hay jóvenes que dejan que las cosas fluyan y el azar impere, hay otros que creen que cada veinticuatro horas se acaba el mundo. Juan era de éstos. Sin admitirlo, sabía que las angustias de su madre por la modestia en que vivían, y el orgullo probo de su padre, así como la incertidumbre acerca de las ventajas de su moral, le daban a él un sentimiento de sobresalto perpetuo, de inminencia que, sin embargo, era burlada por el gris, implacable flujo de la vida diaria. Si hubiese aceptado ese paso tranquilo de los días, quizás, también, habría encontrado una relación más o menos estable con alguna muchacha. Pero ellas mismas veían en Juan Zamora a un muchacho demasiado tenso, asustado, inseguro. Un hombre de espaldas, apenado.

– ¿Por qué miras siempre para atrás? ¿Crees que alguien nos viene siguiendo?

– Cruza la calle sin miedo. Aquí no hay coches.

– Oye, no te agaches. No viene el golpe.

Ahora en Cornell se puso su bata blanca y se lavó bien las manos. Iba a hacer su primera autopsia, junto con otro estudiante. ¿Le tocaría hombre o mujer? La pregunta se le impuso porque se refería también al cadáver que iba a estudiar.

El auditorio estaba a oscuras.

Juan Zamora se acercó a tientas a la mesa de autopsias apenas visible. Entonces su espalda rozó la de otra persona. Ambos rieron nerviosamente. Las luces cegantes, implacables, como de un Jehová vengativo, se encendieron de un golpe y el portero pidió excusas por no haber llegado a tiempo. Trataba de ser siempre más puntual que los chicos, exclamó riendo, apenado.

¿A quién miraría primero Juan Zamora? ¿Al estudiante o al cadáver? Bajó la mirada y vio al muerto cubierto por una sábana. Levantó los ojos y encontró que le daba la espalda una persona muy rubia, de melena larga y hombros no muy anchos. Se volteó y descubrió la cara del cadáver. No era posible saber si era hombre o mujer. La muerte había borrado no sólo su tiempo sino su personalidad sexual. Era viejo, o vieja, eso sí. Era de cera. Había que creer siempre que los cadáveres eran de cera. Resultaba más fácil disecarlos. Éste no cerraba bien los ojos y a Juan le sobresaltó sentir que aún lloraban. Pero la nariz afilada y retacada de algodones, la mandíbula rígida, los labios hundidos, ya no eran suyos o nuestros. La muerte despojaba de pronombres al individuo. Ya no era él o ella, tuyo o mío. La otra mano, enguantada, le tendió el bisturí.

Trabajaron en silencio. Estaban enmascarados. La persona rubia, menuda pero decisiva que trabajaba con él conocía mejor que él las entrañas de un muerto. Lo guiaba en los cortes que era necesario hacer. Era un experto, o una experta. Juan se atrevió a mirarle los ojos. Eran grises, de ese gris avellanado que a veces se da en los más bellos anglosajones, porque el color insólito va acompañado, casi siempre, de párpados soñadores, profundidades de deseo, fluidez pero también intensidad.

Se tocaron las manos enguantadas, con la misma calidad de los preservativos, aislados por el hule, las mascarillas, los batones. Sólo los ojos se vieron. Ahora Juan Zamora nos da la cara, se voltea a mirarnos, se arranca la mascarilla, ya no está de espaldas, muestra su rostro mestizo, joven, moreno, de huesos notables, recortados, su piel de postre, piloncillo, panochita de canela, café con leche, su mentón suave y firme, su labio inferior grueso, su mirada líquida, negra, que encuentra la mirada gris avellanada. Juan Zamora ya no está de espaldas. Instintiva, apasionadamente, nos da la cara, la acerca a los labios del otro, se une en un beso liberador, completo, que le lava de todas sus inseguridades, de todas sus soledades, de todas sus penas y vergüenzas. Se besan los dos muchachos para vencer la muerte, si no para siempre, sí ahora, en este momento, urgidos, temblorosos, ardientes.

5

Jim era un muchacho de veintidós años, delicado y refinado, serio y estudioso, interesado por la política y el arte. Por todas estas razones, los otros estudiantes lo llamaban "Lord Jim" y su cabeza rubia, sus ojos avellanados y su menudez corpórea, iban acompañados de buenos músculos, buenos huesos, agilidad nerviosa y sobre todo manos agilísimas y dedos largos. Sería un gran médico -le decía Juan Zamora- pero no por los dedos y las manos, sino por la vocación. Era un poco -nos manda decir Juan, a pesar de la distancia- como su propio padre Gonzalo Zamora, un hombre dedicado, de una pieza, aunque no digno de compasión.

Contrastaban los dos hombres jóvenes y se veían bien juntos, el rubio y el moreno. Primero llamaron la atención en el campus, luego fueron aceptados e incluso admirados por el cariño obvio que se profesaban y la manera espontánea de su relación. Amorosamente, Juan Zamora se encontraba a sí mismo finalmente satisfecho, identificado a la vez que sorprendido. Desconocía en verdad su tendencia homosexual y sentirla revelada de esta manera, con este hombre, tan plena y apasionadamente, con semejante satisfacción y entendimiento, lo llenó de un tranquilo orgullo.

Continuaron estudiando y trabajando juntos. Su conversación y su vida tenían un carácter inmediato, como si el mal de Juan Zamora -el temor de que cada día fuese el último, o por lo menos el definitorio- se hubiese convertido, gracias a Lord Jim, en su bien. No hubo, durante varias semanas, ni antes ni después. El goce compartido llenaba los días, impedía la entrada de otras preocupaciones, de otros tiempos.

Una tarde, trabajando juntos en una autopsia, Jim le preguntó por primera vez a Juan sobre sus estudios en México. El estudiante mexicano dijo que a él le tocó estudiar en la Ciudad Universitaria, pero que a veces pasaba por la antigua Escuela de Medicina en la Plaza de Santo Domingo. Era un edificio colonial muy bello, donde estuvo alojada la Santa Inquisición. Esto le produjo una risa nerviosa a Lord Jim; era la primera vez que Juan se alejaba de él hasta un periodo no sólo remoto sino, acaso, prohibido y detestado para el alma anglosajona. Juan persistió. No hubo mujeres doctoras en México hasta el año 1873 y a la primera de ellas, Matilde Montoya, sólo se le permitió hacer autopsias en auditorios vacíos y con los cadáveres vestidos.

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