Carlos Fuentes - La Frontera De Cristal

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Los conflictos sociales y económicos que han separado culturalmente a México de los Estados Unidos tienen una larga historia. En La frontera de cristal, Carlos Fuentes reproduce esta separación entre los dos países a lo largo de doscientos años.
Los Barroso son una familia mexicana que, como muchas, emigra a los Estados Unidos en busca de mejores oportunidades. Pero, para su sorpresa, la lucha por la existencia en ese país se vuelve una verdedera guerra de supervivencia. Cada miembro de la familia se enfrenta inevitablemente a algunos de los grandes problemas sociales del país norteamericano: la discriminación, el racismo, la violencia, el sufrimiento. Con esta novela, Carlos Fuentes retrata las motivaciones y necesidades que orillan a las familias mexicanas de esta condición a aventurarse en los sinsabores del rechazo de una sociedad extranjera.

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– Me sienta muy mal decírtelo, Juan, pero también tenemos que hablar del futuro.

El estudiante mexicano hizo un gesto involuntario pero intenso, un movimiento veloz y simultáneo, aunque reiterado, de una mano llevada a la boca, como si implorara silencio, y otra adelantada, negando, deteniendo lo que se venía…

– Lo siento, Juan. De verdad me apena lo que voy a decirte. Bueno, hasta me avergüenza. Tú entiendes que nadie es totalmente dueño de su destino.

7

Juan, esta vez literalmente, le dio la espalda a Cornell. Cortó los estudios, se despidió cortésmente de los Wingate y éstos se mostraron sorprendidos, azorados, preguntándole por qué, ¿tenía algo que ver con ellos, con el trato de la casa?, pero sus miradas eran de alivio y de secreta seguridad: esto tenía que acabar mal… Esperaba verlos un día. Le daría gusto pasearlos por la hacienda a caballo. -Búsquenme si van a México.

La familia norteamericana se sintió aliviada pero al mismo tiempo culpable. Tarleton y Charlotte lo discutieron varias veces. El chico tuvo que notar el cambio de actitud de sus anfitriones cuando empezó a andar con Jim Rowlands. ¿Habían faltado a las leyes de la hospitalidad? ¿Se habían dejado arrastrar por un prejuicio irracional? Seguramente. Pero los prejuicios no se extirpaban de un día para otro, eran viejísimos, tenían más realidad, vamos, que un partido político o una cuenta de banco. Negros, homosexuales, pobres, ancianos, mujeres, extranjeros… la lista era interminable. Pero Becky, para qué exponerla a una mala influencia, a una relación escandalosa. Ella era inocente. La inocencia era digna de protección. Becky los escuchaba murmurar mientras ellos la imaginaban mirando el programa educativo Sesame Street y ella trataba de mantener una cara seria. Si supieran. Trece años y en una escuela privada. ¿Qué le podían reprochar? ¿Para qué servía el dinero? Día tras día, todo el día, la cantinela de la Generación Egoísta, la Me Generation con derecho a todos los caprichos, todos los placeres, y un solo valor, Yo. ¿No eran así sus padres? ¿No tenían éxito porque eran así? ¿Qué le iban a pedir a ella? ¿Que fuera una puritana de la época de la cacería de brujas en Nueva Inglaterra? Entonces la niña se perdía en los sucesos de la pantalla para no oír las voces de sus padres, que no querían ser escuchados y se hizo la pregunta que la confundía mucho, ¿cómo gozar de todo pero parecer una persona muy moral, muy puritana? La sangre le hacía cosquillas, el cuerpo le cambiaba y Becky se angustiaba de no tener respuestas. Abrazó a su conejo de peluche y se atrevió a decirle, ¿Y tú?, ¿entiendes algo Bunny?

Juan, en su vuelo clase económica de Eastern Airlines a la ciudad de México, quiso imaginar, desde las nubes, un futuro sin Lord Jim y lo aceptó con amargura, con desolación, como si la vida se la hubieran cancelado. Fue lo malo de admitir el pasado primero, el futuro después. Fue lo penoso de salirse del instante donde ellos se amaban sin explicaciones, dueños de un solo tiempo, de un solo espacio, el Edén de la juventud amorosa que excluye padres, amigos, profesores, jefes. Pero no otros amantes.

Suspendido en el aire, Juan Zamora quiso recordarlo todo, lo bueno y lo malo, sólo una vez más y luego cancelarlo para siempre, no pensar nunca más en lo que sucedió. Nunca más sentir el odio, la pena, la vergüenza, la compasión por el pasado que vivieron sus pobres padres. Y tampoco sentir eso mismo: pity, shame por sí o por Lord Jim, por el futuro que iban a vivir ambos, separados para siempre, desolado el de Juan Zamora, feliz, cómodo, seguro el de Lord Jim, su matrimonio concertado desde siempre, desde antes de conocer a Juan, arreglado por las familias de la rica clase profesional de Seattle, del otro lado del continente, donde se esperaba que un joven médico con futuro estuviera casado, tuviera hijos, eso inspiraba respeto, inspiraba confianza, y bueno, en la tradición anglosajona, una experiencia homosexual era aceptada como parte de la educación de un caballero, no había un inglés en Oxford que no pasara por eso, lo decía por si algo llegaba a saberse; Cornell y Seattle estaban muy lejos, el país era inmenso, los amores eran frágiles y pequeños…

– Y los ricos, te diré citando a un buen escritor, somos distintos de la demás gente -clavó el clavo final Lord Jim.

Lo recordó una sola vez, airado, indignado contra la hipocresía de Tarleton Wingate. Ése es el Lord Jim que Juan quería recordar.

Clavó la frente ardiente en la ventanilla helada y le dio la espalda a todo. Abajo, la barranca de Cornell le parecía insignificante, no lo convocaba, no era para él.

8

Cuando cuatro años más tarde los Wingate decidieron ir de vacaciones a Cancún, se detuvieron en la ciudad de México para que Becky conociera el maravilloso Museo de Antropología. Pero la muchacha -ahora una estudiante de diecisiete años, bastante descolorida a pesar de que imitaba a su madre y se pintaba el pelo de amarillo- era muy curiosa y hasta liberada. Se consiguió un noviecito mexicano en el lobby del hotel y juntos se fueron a pasar un día a Cuernavaca. Era un chico muy apasionado y eso como que le molestó al chofer que los llevó, un tipo enojón e inseguro que trataba de asustar a los turistas con su velocidad en las curvas.

Ahora fue Becky la que animó a sus padres para caerle de sorpresa a Juan Zamora, el estudiante mexicano que vivió con ellos en 1981, ¿se acordaban? Cómo no se iban a acordar. Y como Tarleton y Charlotte Wingate sentían un poco de vergüenza por la manera como partió Juan de su casa, aceptaron la proposición de su hija. Además, el propio Juan Zamora los había invitado a visitarlo.

Tarleton llamó larga distancia a Cornell y pidió la dirección de Juan. La computadora universitaria se la dio enseguida. No era una dirección en el campo.

– Pero yo quiero conocer una jacienda -dijo Becky.

– Ésta ha de ser su town house -dijo Charlotte-. ¿Lo llamamos?

– No -se alborotó Becky-, mejor vamos de sorpresa.

– Eres muy fantasiosa -contestó su padre-. Pero estoy de acuerdo. Quizá si lo llamamos, busque la manera de no vernos. Siento que salió con rencor de la casa.

El mismo chofer de turismo que llevó a Becky a Cuernavaca la condujo ahora con sus padres. El chofer tenía una sonrisa burlona. Quién la hubiera visto el día anterior, besuquéandose de lo lindo con un naco de miedo. Ahora, toda modosa la muy hipócrita, con esa pareja de gringos distinguidos -a veces se daba el caso- pero en busca de un lugar imposible.

– ¿La colonia Santa María? -casi se rió Leandro Reyes, el nombre que Tarleton leyó y anotó mentalmente en el permiso de circular, por si las dudas-. Es la primera vez que alguien me pide llevarlo allí.

Atravesaron no sólo el espacio urbano grueso, amarejado, rumoroso como un río sin agua, de pura piedra suelta, no sólo penetraron la nata corrupta del aire pardo, también cruzaron los tiempos de México D.F. desordenados, anárquicos, inmortales: tiempo imbricado en su anterior y en su porvenir, como un niño que será padre de su descendencia, como un nieto que será la prueba única de que su abuelo caminó por estas calles: al norte siempre, por Mariano Escobedo a Ejército Nacional a Puente de Alvarado y la Estación de Buenavista, más allá de San Rafael, cada vez más bajo todo, más incierto entre su construcción y su derrumbe, ¿qué es nuevo, qué es viejo, qué está naciendo en esta ciudad, qué se está muriendo, son la misma cosa?

Los Wingate se miraron entre sí, asombrados, adoloridos.

– Quizás hay un error.

– No -les dijo el chofer-. Aquí estamos. Es esa casa de apartamentos.

– Sería más prudente regresar -dijo Tarleton.

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