Todas las miradas se concentraron en la puesta del sol. Salvo dos. Leonardo Barroso lo miraba todo detrás de una cortina carmesí. Michelina Laborde e Ycaza lo miraba a él hasta que él la miró a ella.
Las dos miradas se reunieron en el exacto instante en que nadie tenía interés en ver a dónde miraba la capitalina ni averiguar si Leonardo había regresado. Las veinte mujeres veían en silencio la puesta del sol como si asistieran, llorando, a sus propios funerales.
Entonces entró la tambora norteña, aquello se llenó de hombres de stetson y chamarra, se rompió el encanto, todas aullaron de gusto y ni se dieron cuenta cuando Michelina pidió permiso, se dirigió hasta la cortina y entre sus pesados pliegues encontró la mano ardiente de su padrino.
Sólo Lucila oyó con qué estruendo desesperado, con qué chirriar de ruedas arrancó desde el garaje el Lincoln convertible pero no le prestó importancia porque por más que corriese, el automóvil nunca alcanzaría los límites del horizonte rojo. Esto le pareció a la señora Barroso una bonita idea poética, "nunca alcanzaremos el horizonte", pero no tenía palabras para comunicársela a sus cuatitas que por lo demás ya estaban bien pedas. Quizás sólo imaginó un ruido de motor y no era más que el eco del guitarrón en su cabecita loca.
Leonardo no estaba borracho. Su horizonte tenía un límite: la frontera con los Estados Unidos. El aire de la noche súbita lo despejó aún más, le aclaró las ideas y la mirada. Manejaba con una mano. Con la otra, apretaba la de Michelina. Le dijo que le apenaba tener que decirlo, pero ella debía comprender que tendría cuanto quisiera, no quería alardear, pero para ella sería todo el dinero, todo el poder, ahora sólo veía el desierto encuerado, pero su vida podía ser como esa ciudad encantada del otro lado de la frontera, torres de oro, palacios de cristal…
Sí, le dijo ella, lo sé, lo acepto.
Leonardo frenó bruscamente, saliéndose de la recta carretera del desierto. A lo lejos, los vigilaban los túmulos de piedra catedralicia, ahora dibujados como frágiles siluetas de papel en el atardecer.
La miró como si él también pudiese leer en la oscuridad. Los ojos de la muchacha brillaban suficientemente. Al menos eso tendrían en común Marianito su hijo y ella, el don de penetrar la oscuridad, de mirar en la noche. Quizás sin esa penumbra no habría visto claramente lo que reconoció en los ojos de su ahijada. La luz del día habría cegado las miradas, es cierto. Se requería la noche para ver claro el alma de esta mujer.
Sí, le dijo, lo sé y acepto.
Leonardo se sujetó con todas sus fuerzas a la dirección del Lincoln inmóvil como si se aferrase a la roca de su ser más íntimo. El dinero era él. El poder era él. El amor deseado, se dio cuenta, era el suyo.
– No, yo no.
– Tú -le dijo Michelina-. Tú eres lo que yo quiero.
Lo besó con esos labios perfectos y él sintió en su propia barba rasurada pero renaciente a esa hora, la hondura de la barbilla partida de Michelina. Él se hundió en la boca abierta de su ahijada, como si toda la luz no tuviera más origen que esa lengua, esos dientes, esa saliva. Cerró los ojos para besar y vio toda la luz del mundo. Pero no soltó la dirección. Sus dedos tenían voz y gritaban por acercarse al cuerpo de Michelina, hurgar entre sus botones, encontrar y acariciar y poner de pie los pezones, la siguiente simetría de esta beldad perfecta.
La besó largamente, explorando con su lengua el paladar de la muchacha, perfectamente formado, sin hendedura, y entonces Dios y el Demonio, aliados otra vez, le hicieron sentir que besaba a su propio hijo, que la lengua del padre se hería y sangraba en la hendedura filosa del paladar roto como una barrera de corales, que la suavidad del labio de Michelina era brutalmente sustituida por la carnosidad abultada, irritada, rojiza, herida, emplastada de mucosidades, drenada por salivas gruesas, de su propio hijo.
¿Esto sintió ella cuando él se la cogió anoche, sin quererlo confesar? ¿Por qué le decía ella ahora que lo quería a él, el padre, si era transparente que ella estaba aquí para seducir al hijo incapaz de seducir a nadie? ¿No estaba ella aquí para concluir el pacto de las familias, la protección ilimitada que el poderoso político Leonardo Barroso le había dado a la empobrecida familia Laborde e Ycaza, agradeciendo unos días maravillosos en París, los vinos, los restoranes, los monumentos? ¿Para esto valía la pena vivir, trabajar, hacerse rico? París era la recompensa y ahora París era ella, ella encarnaba al mundo, Europa, el buen gusto, y él le estaba ofreciendo el complemento de su elegancia y belleza, el dinero sin el cual ella muy pronto dejaría de ser elegante y bella, sólo una aristócrata excéntrica, como su anciana abuela, encorvada sobre las curiosidades coleccionables del pasado…
La invitaba a concluir el pacto. La apadrinó para distinguir a su familia. Ahora le ofrecía a su hijo en matrimonio. El broche de oro.
– Pero si yo ya tengo un novio en la capital. Leonardo miró fijamente hasta perder sus propios ojos en el desierto.
– Ya no.
– No te miento, padrino.
– Todo se puede comprar. Ese mequetrefe se interesaba más en la lana que en ti.
– Lo hiciste por mí, ¿verdad? Tú también me quieres, ¿no es cierto?
– No entiendes. No entiendes nada.
Por su cabeza pasó la raya invisible de la frontera y su promesa. En los hoteles de lujo del otro lado lo conocían, no le pedían identificación o maletas para alquilarle la suite más lujosa, por una noche o por unas horas, enviarle el canasto de frutas y la champaña helada antes de que saliera del elevador. Un salón. Una recámara. Un baño. Los dos duchándose juntos, enjabonándose, acariciándose…
Leonardo encendió el motor, le dio media vuelta al Lincoln y arrancó de regreso a Campazas.
La abuela doña Zarina estuvo de acuerdo con su nieta. Michelina se casaría vestida a la antigua, con ropajes auténticos que la anciana, naturalmente, había venido coleccionando a lo largo de las generaciones. La muchacha podía escoger.
Una crinolina, dijo la joven, siempre soñé con una crinolina, para que todos me adivinen, me imaginen y no sepan claramente cómo es la novia. Entonces, dijo alegremente la abuela, te hace falta un velo.
Se puso una noche su ropa de novia, la crinolina y el velo, y se acostó a dormir sola por última vez. Se soñó en un convento, paseándose entre patios y arcadas, capillas y corredores, mientras las demás monjas, acorraladas, se asomaban como animales entre las rejillas de sus celdas, le gritaban obscenidades porque se iba a casar, porque prefería el amor de un hombre a los esponsales con Cristo, la injuriaban por faltar a su voto, por salirse de su orden, de su clase.
Entonces Michelina trataba de huir de su sueño, cuyo espacio era idéntico al del convento, pero todas las monjas, congregadas frente al altar, le impedían el paso; las criadas negras les arrancaban los hábitos a las hermanas, las desnudaban hasta las cinturas y las monjas pedían a gritos los azotes para suprimir el diablo de la carne y darle el ejemplo a Sor Michelina; otras menstruaban impúdicamente sobre las losas y luego lamían su propia sangre y hacían cruces con ella sobre la piedra helada; otras más se acostaban al lado de los Cristos yacentes, llagados, heridos, espinados, y aquí el sueño de Michelina en la ciudad de México se unía al de Mariano en la recámara sin luces de Campazas, pues el muchacho también soñaba con uno de esos Cristos dolorosos de las iglesias mexicanas, más dolorosos que sus Madres las Vírgenes, recostado el Hijo dentro de un féretro de cristal, rodeado de flores empolvadas, él mismo convirtiéndose en polvo, desapareciendo en su viaje de regreso al espíritu, dejando sólo el testimonio de unos clavos, una lanza, una corona de espinas, un trapo mojado de vinagre… ¡Qué ganas de dejar atrás las miserias del cuerpo pasajero!
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