Tarjetas postales, anuncios de películas, cajetillas de cigarros, cajitas de cerillos, corcholatas de refrescos, revistas de monos, todo lo acumuló doña Zarina con un celo que desesperaba a sus hijos y aun a sus nietos, hasta que una compañía norteamericana de memorabilia le compró su edición completa de las revistas Hoy, Mañana y Siempre por cincuenta mil dólares (cifra redonda) y todos abrieron los ojos: en sus cajones, en sus armarios, la anciana lo que guardaba era una mina de oro, la plata del recuerdo, las joyas de la memoria… ¡Era la Zarina de la Nostalgia!, dijo el nieto más culto.
Se le nublaba la mirada a doña Zarina mirando afuera de la casa a la calle de Río Sena. Si se hubiera conservado la ciudad como ella conservó la muñeca de la Ratoncita Mimí… Pero de eso más valía ni hablar. Ella se quedó aquí y asistió a la muerte paradójica de una ciudad que mientras más crecía más disminuía, como si la ciudad de México fuese, ella misma, un pobre ser que nació, creció y, fatalmente, se murió… Volvió a clavar las narices en los tomos coleccionados de Chamaco Chico y no esperó que nadie escuchara, o entendiera, su lapidaria frase:
– Plus ça change, plus c'est la méme chose…
La familia se refugió en el Servicio Diplomático para ganarse la vida con decencia y mantener sus costumbres, su cultura y aun, ilusoriamente, sus blasones. En París, el padre de Michelina fue comisionado para acompañar al entonces joven diputado Leonardo Barroso y con cada copa de Borgoña, con cada comilona en el Grand Véfour, con cada excursión a los castillos del Loira, la gratitud de don Leonardo hacia el agregado diplomático de vieja familia fue creciendo hasta extenderse, primero a su esposa y en seguida a su hija recién nacida. No lo pidieron ellos; lo ofreció él mismo:
– Déjenme ser padrino de la chamaca.
Michelina Laborde e Ycaza: la capitalina. Ustedes la conocen de tanto aparecer en las páginas a colores de los periódicos. Un rostro clásico de criolla, piel blanca pero con sombra mediterránea, oliva y azúcar refinada, simetrías perfectas de los ojos largos, negros, protegidos por párpados de nube y una ligerísima borrasca de las ojeras; simetría de la nariz recta, inmóvil, y vibrante sólo en las aletas inquietas e inquietantes, como si un vampiro tratase de escapar de la noche encerrada dentro de ese cuerpo luminoso. También los pómulos, en apariencia frágiles como una cáscara de codorniz detrás de la piel sonriente, intentaban abrirse más allá del tiempo de la piel, hacia la calavera perfecta. Y por último, la luenga cabellera negra de Michelina, flotante, lustrosa, olorosa a jabón más que a laca, era, fatalmente, el anuncio estremecedor de sus demás pilosidades ocultas. Todo lo dividía, cada vez, la barba partida, la honda comilla del mentón, la separación de la piel…
Todo esto lo pensó don Leonardo cuando la vio ya crecidita y se dijo en seguida:
– La quiero para mi hijo.
Viajada, guapa, sofisticada, la capitalina miró sin asombro los rasgos de la ciudad de Campazas. Su plaza central polvorienta y una iglesia humilde pero orgullosa, de paredes deshechas y portada erguida, labrada, proclamante: hasta aquí llegó el barroco, hasta el límite del desierto. Hasta aquí nada más. Mendigos y perros sueltos.
Mercados mágicamente nutridos y bellos, altoparlantes ofreciendo baratas y arrullando boleros. El imperio del refresco: ¿hay un país que consuma mayor cantidad de aguas gaseosas? Humo de cigarrillos negros, ovalados, fuertemente tropicales. Olor de cacahuate garapiñado.
– No te extrañes del aspecto de tu madrina -le iba diciendo don Leonardo como para distraer la atención de la fealdad del pueblo-. Decidió darse una restiradita, tú sabes. Hasta Brasil se fue, con el famoso Pitanguy. Cuando regresó, no la reconocí.
– No la recuerdo muy bien -sonrió Michelina.
– Estuve a punto de devolverla. "Ésta no es mi mujer, de ésta yo no me enamoré…"
– No la puedo comparar- dijo Michelina con un involuntario tono de celo.
Él se rió pero Michelina volvió a pensar en la moda de ayer, en la crinolina que disimulaba el cuerpo y el velo que escondía el rostro, lo hacía misterioso y hasta deseable. Las luces antiguas eran bajas. La vela y el velo… Había demasiadas monjas en la historia de su familia y pocas cosas exaltaban la imaginación de Michelina más que la vocación del encierro voluntario y, una vez dentro, amparada, la liberación de los poderes de la imaginación; a quién querer, a quién desear, a quién rezarle, de qué cosas confesarse… A los doce años, quería encerrarse en algún viejo convento colonial, rezar mucho, azotarse, darse baños de agua fría y rezar más:
Quiero ser siempre niña. Virgencita, ampárame, no me hagas mujer…
El chofer pitó frente a una reja inmensa, de hierro forjado, como ella las había visto en películas sobre Hollywood a la entrada de los estudios, y sí, le dijo el padrino, aquí nuestro barrio lo llaman Disneylandia, la gente de aquí del norte es muy choteadora, pero en alguna parte tenemos que vivir, ahijada, y ahora se necesita protección, ni modo, hay que defenderse y defender lo propio.
– Qué mas diera yo que vivir con las puertas abiertas, como hacíamos antes en el norte. Pero ahora hasta los gringos necesitan guardias armados y perros policías. Ser rico es un pecado.
Antes: la mirada de Michelina divagó de su recuerdo de los conventos coloniales mexicanos y los castillos franceses a la visión real de este conjunto de mansiones amuralladas, mitad fortalezas, mitad mausoleos, mansiones y capiteles griegos, columnas y esbeltas estatuas de dioses con hojas de parra; mezquitas árabes con chorritos de agua y minaretes de yeso; reproducciones de Tara, la plantación de Lo que el viento se llevó, con su pórtico neoclásico. Ni una teja, ni un adobe, sólo mármol, cemento, piedra, yeso y más rejas, rejas detrás de las rejas, dentro de las rejas, hacia las rejas, un laberinto enrejado y el zumbido inaudible de las puertas cocheras abiertas con un hedor de gasolina estancada, orinada involuntariamente por las manadas de Porsches, Mercedes, BMWs que reposaban como mastodontes en las cuevas de los garajes.
La casa de los Barroso era Tudor-Normando, con techos de dos aguas, pizarra azul, mampostería evidente en la fachada y emplomados de colores por doquier. Sólo faltaban la ribera del río Avon en el jardín y la cabeza de Ana Bolena en un baúl.
Se detuvo el Mercedes, el chofer bajó corriendo, era un dado veloz vestido de azul marino y cara de mapache, capaz de abotonarse el saco mientras corría a abrirle la puerta del automóvil al patrón y a la ahijada. Bajaron Michelina y su padrino, éste le dio la mano y la condujo a la entrada de la residencia, se abrió la puerta, doña Lucila Barroso le sonrió a Michelina, don Leonardo exageraba, la señora se veía más vieja que él, abrazó a la muchacha, atrás estaba el muchacho, Marianito, el heredero, que nunca viajaba, que salía muy poco, que ella no conocía, que ya era tiempo de que lo conociera, un muchacho muy retirado, muy serio, muy formal, muy lector, muy dado a refugiarse en el rancho a leer día y noche, ya era tiempo de que saliera un poco, ya había cumplido los veintiún años, esa misma noche la capitalina y el provinciano, la ahijada y el hijo, podrían irse a bailar del otro lado de la frontera, en los Estados Unidos, a media hora de aquí, bailar, conocerse, congeniar, cómo no, no faltaba más…
Marianito regresó solo, borracho, llorando. Doña Lucila lo oyó dando traspiés en la escalera y pensó lo imposible, un ladrón, Leonardo, se nos ha metido un ladrón, no es posible, los guardias, las rejas. El padrino corrió en bata y encontró a su hijo hincado en un descanso de la escalera, vomitando. Lo ayudó a levantarse, lo acarició, se le anudó la garganta al padre, el hijo le manchó de vómito la bonita bata de estampados liberty. Lo ayudó a llegar hasta la recámara oscura, sin lámparas, como lo había pedido el muchacho desde siempre, mientras el padre bromeaba: Has de ser gato. Ves en la oscuridad. Te vas a quedar ciego. ¿Cómo le haces para leer a oscuras?
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