Ángeles Mastretta - Mal De Amores

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Mal de amores es la historia de una pasión entretejida a la historia de un país, de una guerra, de una familia, de varias vocaciones desmesuradas. Emilia Sauri, la protagonista de esta inquietante novela, nace en una familia liberal y tiene la fortuna de aprender el mundo de quienes lo viven con ingenio, avidez y entereza. Cobijada por la certidumbre de que el valor no es tal sin la paciencia, busca su destino enfrentando las limitaciones impuestas a su género y los peligros de su amor a dos hombres: desde su infancia por Daniel Cuenca, inasible aventurero y revolucionario, y en su madurez por Antonio Zavalza, un médico cuya audacia primera está en buscar la paz en mitad de la guerra civil. Regida por la mejor tradición de las novelas costumbristas, Mal de amores es una novela cuya prosa nítida y rápida consigue arrobarnos con su maestría, mientras nos regala los delirios de una invocación amorosa cuya desmesura nos contagia de futuro y esperanza.

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Diego alzó los hombros y fue a esconderse entre las botellas de agua destilada, fingiendo buscar algo que le urgía. Ni a Josefa quiso dejarla ver de qué modo estaba trastocado con los amores y desamores de su niña. Ya ocultos los ojos tras el ámbar de las botellas, le apostó a su mujer que nada cambiaría y la vio alejarse escaleras arriba llamando a gritos a su hija.

XVII

Emilia Sauri abrió la carta sin premura. Por primera vez no rompió el sobre ni le temblaron las manos mientras sostenía los seis pliegos en que Daniel le contaba sus hazañas de los últimos meses. Era un texto largo, escrito como diario, sonando a veces a que sería entregado en propia mano, sólo para servir como guía de la voz con que el mismo Daniel pensaba ampliar cada historia. Tenía al principio el tono juguetón de sus mejores tiempos, pero después la prosa se volvía una voz enfebrecida y triste que Emilia desconocía.

Empezaba con una disculpa, contando las razones por las cuales no había podido buscarla en la ciudad de México. Todas razones políticas y revolucionarias que a Emilia le tocaron justo el amor propio que había prometido mantener a buen resguardo, para no dejarse lastimar otra vez por la banal pero inevitable sensación de ser tratada como algo siempre menos importante que la patria. Leyó de prisa, como se leen de compromiso las lecciones que no cautivan el ánimo. Daniel le contaba con detalle cada una de las pesquisas y los líos por los que había transcurrido su guerrera existencia en los últimos meses. Había un párrafo dedicado a describir con una morosidad fraterna, el gesto y los hábitos de un obrero textil llamado Fortino Ayaquica. Otro sobre las costumbres sexuales de Francisco Mendoza, un ranchero de los alrededores de Chietla, y uno aún más dilatado en torno a la sensibilidad de poeta que había descubierto en el corazón de Chui Morales, cantinero de Ayutla. Morales, Mendoza y Ayaquica eran los jefes de las fuerzas zapatistas en Puebla. Cada uno de ellos había jalado con unos trescientos rebeldes que divididos en bandas luchaban con furia pero como en un juego inexplicable, por el control de pueblos y rancherías. Daniel llegó a vivir entre ellos con la representación de Madero. En poco tiempo había aprendido a beber y conversar como uno de ahí, a sentir el mundo y descifrarlo con los ojos de aquellos hombres que no tardó en considerar guerreros ejemplares y que describía como seres humanos de excepción. Daniel explicaba que con ellos había ido a la capital el día que entró Madero, y que por lo necesario que era entre esos grupos, no había podido aún desprenderse de su lado.

Decía Daniel que su padre no estaba muy de acuerdo en que él hubiera ido a dar a los lugares donde la guerra era más a pelo y necesitaba menos de abogados y gente preparada, pero el muchacho pensaba, y así se lo explicó a Emilia, que todo el tiempo de vivir con esa gente le había enseñado cosas que jamás hubiera entendido desde la distancia.

Luego teorizaba sobre los peligros que tal distancia había generado en los liberales cultos y en el propio Madero. Una distancia que los condujo a pretender cosas como que esa gente aceptara licenciarse y dejar de pelear sin haber conseguido más que el puro cambio de nombres en el gobierno. Terminaba la carta lamentando que los muertos del día doce de julio no le hubieran permitido llegar a Puebla cuando la visitó Madero. Como estaban las cosas, él debía quedarse del lado de quienes lo necesitaban y no del de quienes estaban burlándose de los pobres que les habían dado un privilegio de opinión y mando que no se merecían.

Entre cada una de aquellas disertaciones políticas que Emilia leía con la misma distancia con que escuchaba la plática en el comedor de su casa, había párrafos en los que Daniel se quejaba de lo arduo que era estar lejos de sus pechos o le amontonaba en desorden las mismas palabras como un torrente que vertía en su oído a la hora en que perdido de sí, derramaba en ella la bendición que obtiene todos los perdones y borra todas las desdichas.

Sólo al pasar por una de esas frases, puesta entre signos de interrogación tras la pregunta ¿quieres oír?, Emilia Sauri dejó ver un segundo la turbación de su entraña. Luego terminó de enterarse con detalle de quiénes eran los muertos del día doce, de cómo había crecido la ira por los rumbos del sur la tarde en que no sólo los hombres, sino los niños y las mujeres, regresaron a sus pueblos atravesados en el lomo de la mula que los había llevado a Puebla vivos, entusiastas y crédulos como no volverían a estar.

La descripción de ese retomo era algo tan opresivo y tenebroso que Emilia lo leyó mientras ambicionaba irlo borrando de su memoria. La página terminaba con Daniel preguntándole si ella sabía qué maderista quedaría por esos rumbos. Él había dejado de serlo. Después, como si terminara porque ya no quería oírse, se despedía besándola con toda la pena de que era capaz.

Emilia cerró la carta con las lágrimas apretadas como piedras contra sus ojos, pero sin soltar una sola, le participó a la mirada expectante de su madre que Daniel decía lo mismo de siempre, que los quería y los extrañaba mucho. Luego rompió en pedazos los pliegos ya doblados en cuatro y se los entregó diciendo que podía echarlos a la lumbre de su estufa.

Josefa quiso levantar un brazo y hacerle una caricia al rostro impávido como el sol de marzo que su hija le dejaba caer encima. Pero no se atrevió a turbarlo aún más, demostrándole una compasión que le sabía insoportable. En eso y otras mil cosas, su hija era idéntica a su hermana. Y nadie conocía como Josefa la calidad de las murallas con que esas dos mujeres sabían sitiar sus emociones.

– Levantan muros de agua. Y hay que atravesarlos a nado -le había comentado a Diego una vez.

Nada más salió del cuarto en que dejó a su hija, Josefa cambió la paz con que había caminado hasta la puerta por una carrera de puntas hasta la mesa de su recámara. Le echó llave a la cerradura y una hoja tras otra armó el rompecabezas que le había entregado Emilia. Para colmo de sus trabajos la carta estaba escrita por los dos lados, así que le llevó toda la mañana leerla. Cada hoja había que armarla dos veces para poder leerla de un lado y otro, pero Josefa era tan hábil que, al cabo de tres horas, no sólo consiguió leer toda la carta, sino que adquirió la maestría necesaria para repetir el trabajo primero frente a Diego y después en casa de Milagros, frente a ella y Rivadeneira, quien la miró hacer y deshacer mientras pensaba que había en esa destreza un arte sin nombre, tan arduo como la poesía y, como si eso fuera posible, aún menos valorado. Por la noche, una vez que todos supieron el contenido de la carta, Josefa llevó los pedazos a la recámara de su hija y los dejó sobre el tocador, junto al cepillo con el que Emilia cruzaba trescientas veces por noche su melena de rizos oscuros.

Como no sólo los vicios se heredan, la muchacha supo armar la carta con la misma pericia que su madre, y estuvo leyéndola una vez y otra hasta el amanecer. Luego guardó los pedazos en la caja de cedro que Diego le había regalado, tras consumir los cuarenta habanos de lujo que traía dentro. Era una caja memorable porque se la llevó Rivadeneira de un viaje a Cuba y nunca pudo Diego encontrar en México unos puros con el sabor que descubrió en aquellos. Emilia tenía entonces diez años, y con ese regalo inició sin darse cuenta su larga inclinación a reverenciar las cajas.

Una vez encerrado entre aquellas paredes aromadas, el mensaje de Daniel dejó de entrometerse con su futuro. Lo mismo sucedió con la curiosidad de sus parientes, nadie volvió a preguntarle por Daniel, ni siquiera cuando por proclividades de la conversación salía a relucir, el doctor Cuenca. El nombre de Daniel desapareció de sus bocas y parecía que hasta de sus recuerdos, siempre que Emilia estaba entre ellos. Eso habían acordado los cuatro tras leer la carta: si Emilia podía vivir en silencio, se dijeron, ellos no eran nadie para llevarle la contra.

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