Ángeles Mastretta - Mal De Amores

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Mal de amores es la historia de una pasión entretejida a la historia de un país, de una guerra, de una familia, de varias vocaciones desmesuradas. Emilia Sauri, la protagonista de esta inquietante novela, nace en una familia liberal y tiene la fortuna de aprender el mundo de quienes lo viven con ingenio, avidez y entereza. Cobijada por la certidumbre de que el valor no es tal sin la paciencia, busca su destino enfrentando las limitaciones impuestas a su género y los peligros de su amor a dos hombres: desde su infancia por Daniel Cuenca, inasible aventurero y revolucionario, y en su madurez por Antonio Zavalza, un médico cuya audacia primera está en buscar la paz en mitad de la guerra civil. Regida por la mejor tradición de las novelas costumbristas, Mal de amores es una novela cuya prosa nítida y rápida consigue arrobarnos con su maestría, mientras nos regala los delirios de una invocación amorosa cuya desmesura nos contagia de futuro y esperanza.

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Emilia Sauri cerró los ojos y vio el mar, vio una luna inmensa y excéntrica columpiándose contra el cielo, vio a Daniel esperándola frente a la estación del internado a los doce años, vio el árbol del jardín, vio el estanque mojando sus piernas, la piedra negra sobre su mano, la tenue oscuridad del temazcal. Se imaginó por dentro: húmeda, belicosa, triunfante. Y por primera vez bendijo a su fortuna llamándola, por primera vez no quiso guardarse el ruido de montañas brotándole del cuerpo. No estaban los demás. Los que la protegían, los que la cercaban comprendiéndola, los que la habían hecho dudar de su fiebre porque a veces parecía también de ellos. Su guerra y su armisticio con Daniel eran nada más suyos, sólo frente a ella acreditaban su condición de años los instantes, y la fe de su queja rompió el aire en pedazos que se fueron gritando por la plaza.

Esa mañana, Milagros llegó temprano a casa de su hermana. Se instaló a beber café con leche y trató de iniciar una conversación.

– Las mujeres no vamos a cansarnos nunca de perder a los hombres perfectos -dijo.

Josefa levantó los hombros incapaz de saber qué responderle, apenada pero segura de que las cosas eran mejor así, y de que algo tenía que ver su hermana con el último ir y venir de las cosas.

– Querrás decir las mujeres de nuestra familia -sentenció deteniéndose a oír cómo silbaba la tetera, al tiempo en que todos los pájaros del corredor encendían un concierto inverosímil de un sol tan alto.

XVIII

Izúcar era un pueblo caliente y arisco. Nadie lo hubiera considerado un buen lugar para su luna de miel, pero la luna era de miel sobre las cabezas de Emilia Sauri y Daniel Cuenca la noche que se tendieron en la yerba, al lado de los cañaverales, en la soledad oscura y tibia que los bordeaba. No había duda ni pena que cupiera bajo el cielo que los cubrió. Durmieron como muy pocos han logrado dormir sobre la tierra.

Al día siguiente, entraron al pueblo caminando por unas calles terrosas, a las que regía el olor de la caña fermentándose. Eran calles con casas chaparras por las que andaban hombres vestidos de calzón blanco y sombrero de petate, mujeres descalzas y palúdicas, con los hijos colgando como frutas en sus brazos. En la puerta de un salón, un poco más alto que las casas, había dos hombres esgrimiendo como armas dos vasos llenos de pulque. Uno de ellos sostenía con su mano izquierda la jarra de barro, enorme y brillante, de la que había servido su vaso y el de su amigo. Se miraban muy serios, como si estuvieran comprometiendo su destino con ese trago.

Había cerca de ambos unos doce hombres haciendo con sus voces una conversación densa, y en medio de ellos, tres niñas con los vestidos chorreados de mugre y las caras pringadas con barro de varios días. Los ojos de la más pequeña brillaban entre las piernas de los hombres que hacían brindis sobre su cabeza, tenía en las manos una muñeca de trapo y veía al frente tan seria como si también ella estuviera ahí para vislumbrar su vida.

– ¿Qué hacen tres niñas entre una bola de borrachos? -le preguntó Emilia a Daniel.

– Atestiguan -dijo Daniel, pasándole el brazo sobre los hombros para guiarla al cruzar la calle ardiendo.

Cuando se acercaron al grupo, el perro que jugueteaba sobre las rodillas de un viejo se puso frente a ellos ladrando con un escándalo de policía. Para asombro de Emilia, Daniel lo llamó por su nombre y lo calmó acariciando su lomo. El personaje con la jarra en la mano se acercó a Daniel misterioso y cálido. Era Chui Morales, cantinero y líder local de los revolucionarios. Daniel presentó a Emilia como su mujer y Emilia sintió dos pinzas apretándose a su cintura. Morales buscó su mano y se puso a sus órdenes con pocas palabras, luego le hizo saber que ahí casi todos la conocían de hacía mucho.

La niña de la muñeca se acercó para explicarle a Emilia que el perro era suyo. Agachándose hasta tener su cara frente a la de la niña, Emilia le preguntó cómo se llamaban ella y las demás.

Un hombre recién llegado de Morelos levantó los ojos del fondo de su vaso, para decir que. ahí no se aceptaban mujeres, que si Morales dejaba entrar a ésa no habría junta ninguna, ni acuerdo de paz, ni madres.

– Mujeres no, pero niñas ¿sí? -dijo Emilia.

– De estas mugrosas -dijo el hombre señalando a las niñas con un movimiento de la cabeza.

– Ella es de éstas -dijo Daniel-. Viene limpia porque fuimos a ver a su madrina, pero en un rato se enmugra.

– Llévatela -le dijo otro de los hombres. -A mí no me llevan y me traen -terció Emilia levantándose de enfrente a la niña.

– Con usted no estoy hablando -le contestó el hombre tocándose el sombrero.

– Pero yo sí estoy hablando con usted.

– No te metas Emilia -le dijo Daniel-. Las cantinas no son para mujeres. Tienen razón los señores.

– Claro que me meto -dijo Emilia acercándose a la puerta de la pulquería y cruzándola sin dar tiempo para que nadie la detuviera.

Después del sol que iluminaba el día de afuera, la penumbra de aquel cuarto pestilente la violentó. Había aserrín en el piso sobre el que dormitaban dos hombres. Emilia no tuvo tiempo ni de acercarse a ver si estaban vivos, cuando de entre los barriles amontonados salió tambaleándose otro que se fue sobre ella como sobre una aparición. La llamó virgencita y le pidió mil perdones por su borrachera, diciéndole mientras la abrazaba cuánta devoción le tenía y cómo nunca había pensado que tocándola sintiera por fin el cobijo de la madre de Dios.

Emilia tardó unos segundos en reponerse del susto, pero cuando lo hizo empujó al hombre con todas las fuerzas de su ira, y forcejeó con él hasta que se libró de su hedor y sus babas rozándole la cara. El tipo era fuerte, pero traía una borrachera que, ayudada por el empujón, lo hizo caer sobre el aserrín anegado. Entonces Emilia giró en redondo y volvió a enfrentar el sol de afuera.

– Cuando el cabrón se reponga, caerá de nuevo con la pura memoria de que lo tiró una vieja -dijo Chui Morales sin soltar la jarra. Luego buscó un vaso para Emilia, por envalentonada, y entre risas convenció a los hombres de que la dejaran tomarse un trago con ellos.

– Por ti que me mastiquen, ¿verdad idiota? -le gritó Emilia al Daniel impávido contra el que se fue a golpes.

Interviniendo en la pelea con una naturalidad que frenó la rabia con que la muchacha golpeaba a Daniel, la más grande de las niñas le dio un vaso a Emilia, y Chui Morales se acercó a llenarlo con el aguamanil de barro al que parecía caberle un río de pulque. Luego tomó el vaso de Daniel y lo llenó también del líquido viscoso que a Emilia le había parecido siempre la bebida más repugnante inventada por sus compatriotas. Todos, incluyendo a las niñas, extendieron sus vasos. Morales se los fue llenando, moviéndose de un lado a otro, casi danzando con su jarra en alto, como si cumpliera un rito ancestral. Por último llenó su propio vaso y propuso un brindis por la recién llegada.

Emilia había pasado un rato contemplando con asco el brebaje en su vaso. Agradeció el brindis, pero alegó que no tenía sed.

– El pulque no se bebe por sed -dijo un hombre bajo, de gesto encantador, al que Daniel presentó como Fortino Ayaquica. Emilia le ofreció la mano y Fortino levantó su vaso para brindar con ella, mientras le daba toda clase de explicaciones sobre las bondades del pulque que salía de la jarra esgrimida por Morales.

– Éste no es del de allá adentro -le dijo Chui Morales bebiéndose de un trago todo su vaso y sin soltar la jarra.

El de adentro, explicaron, olía mal porque era tlachique, lo dejaban enmugrarse, no lavaban los toneles antes de guardarlo. El de la jarra lo había sacado Chui Morales de los magueyes de una hacienda tomada durante la rebelión. Estaba limpio como un manantial.

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