Rosa Montero - Amantes y enemigos

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Todos los textos tratan sobre ese oscuro lugar de placer y dolor que es la pareja, esto es, tratan del amor y del desamor, de la necesidad y la invención del otro. Son historias que hablan del deseo carnal y la pasión, de la costumbre y la desesperación, de la felicidad y del infierno. Estos relatos, a menudo inquietantes, agridulces, llenos de sentido del humor y de la melancolía del amor, componen un sugestivo espejo de nuestra intimidad más turbia y más profunda, de ese territorio abisal e incandescente que siempre se resiste a ser nombrado.

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El problema era el mundo moderno, la ciudad. Mariano, que descendía de abuelos campesinos, sabía bien que la vida rural era otra cosa. En el campo, los mediocres y sosos como él no se quedaban solos: siempre había una mediocre sosa y buena chica con la que emparejarse. Pero la ciudad era terrible: todo el mundo vivía separado por ríos y ríos de avenidas hirvientes. Y el círculo social era muy limitado: Mariano, por ejemplo, sólo conocía a la gente de su oficina y a unos pocos vecinos. A ver cómo iba él a encontrar a una mujer si se pasaba el día del trabajo a casa y viceversa. A veces, por las noches, después de leer su novelón, se asomaba al balcón a mirar las luces de la ciudad. Todas esas ventanitas iluminadas eran como botellas de náufragos en la oscuridad: cuántas chicas estupendas, sosas y mediocres estarían detrás de esas ventanas, tan solas y tan tristes como él. Era una verdadera pena, un despilfarro.

Acababa de tumbarse en el sofá con dos algodones empapados de manzanilla tibia sobre los ojos cuando llamaron a la puerta. Fue tan grande el susto que del respingo derramó la taza de la infusión sobre la mesa. ¡Pero si eran las diez y media de la noche! ¿Quién podría querer algo de él en hora tan tardía? Abrió la puerta con gran expectación y sintió a la vez desilusión y alivio al encontrarse con la rubicunda cara de la portera:

– Ay, don Mariano, usted disculpe, pero se me olvidó darle esta carta antes, como fui donde el médico, que tengo la pierna que me duele mucho, usted ya sabe, pues que se me fue de la cabeza, fíjese qué tonta, y corno es del juzgado, pues me he dicho, lo mismo es importante, se la llevas ahora mismo a don Mariano…

¿Del juzgado? ¿Una carta del juzgado para él? Se desembarazó lo más pronto que pudo de Paquita y desgarró el sobre: era una citación para ocho días más tarde. ¡Una citación! Se quedó tan impresionado que no pudo dormir en toda la noche.

A la mañana siguiente llegó al trabajo más temprano de lo que era en él habitual, y eso que jamás se había retrasado en los dieciocho años que llevaba como empleado. Lo primero que hizo fue pedir consejo al abogado del banco, a quien enseñó, todo tembloroso, el papel fatídico:

– Ni se preocupe, hombre. Seguro que esto es algo relacionado con las multas de tráfico -dijo el tipo tras haber echado una ojeada superficial a la citación.

– Pero es que yo ni sé conducir ni tengo coche -balbució Mariano.

– Pues será cualquier otra cosa. No se apure. Ni caso.

El que no le hacía ni caso era el letrado, de manera que Mariano tuvo que afrontar la inquietud de la espera por sí solo. Transcurrieron los días con lentitud criminal, sin que el acomodo de las pequeñas rutinas cotidianas tuviera su habitual efecto balsámico, antes al contrario, parecían entorpecer la marcha de las horas. Pero todo llega, y al fin llegó la fecha marcada en el papel; y cuando Mariano se presentó en el juzgado embutido en el severo traje de las bodas (lo llamaba así porque se lo había comprado ocho años antes para los esponsales del director de su sucursal), resultó que el antipático abogado del banco había estado más o menos acertado en sus apreciaciones. Porque desde luego era algo relacionado con el tráfico:

– Verá, está usted demandado por el impago de los daños a terceros causados por su coche -le explicó el secretario judicial.

– ¿Mi coche? ¡Pero si no tengo!

– Aquí consta que es usted propietario de un Ford Fiesta matrícula M-2848-EL, vehículo que embistió contra una moto Honda que se encontraba correctamente aparcada, causándole destrozos por valor de 225.000 pesetas.

– ¡Pero, si no sé conducir!

– Pues será por eso, señor mío, será por eso -gruño el secretario, ya aburrido del tema.

A base de tiempo y sofocones, Mariano consiguió comprender lo que estaba pasando. Tres años atrás le habían robado la cartera en el metro, con poco dinero, pero con su carnet de identidad. Repuso el documento y se olvidó del caso, pero al parecer el ladrón había utilizado su carnet para adquirir un coche de segunda mano que ahora una mujer morena iba estrellando con feroz contumacia contra todo tipo de obstáculos: motos, otros vehículos, papeleras municipales. Con la agravante de que el Ford en cuestión no tenía seguro, de modo que los damnificados siempre acababan denunciándole a él, que era el dueño legal que aparecía en los papeles que la mujer mostraba.

La moto Honda no fue sino el comienzo: en las semanas siguientes empezaron a lloverle las denuncias. Mariano explicó su caso una y otra vez, juró de rodillas que el coche no era suyo y se mesó con convincente desesperación sus escasos cabellos, pero no logró que la máquina legal se detuviera. Un día incluso se fue a visitar la gestoría que se había encargado de los papeles de compraventa del Ford.

– ¡Claro que me acuerdo de aquella operación! -exclamó el director de la gestoría en cuanto que fue puesto en antecedentes-: Usted mismo vino aquí en compañía de su esposa, que era iraní, para adquirir el coche.

– ¿Yo? Yo nunca había venido antes por aquí. Ésta es la primera vez que le veo a usted en toda mi vida -respondió Mariano, estupefacto.

– Pues lo siento, pero era usted. Y si no era usted, era alguien que era exactamente usted. Me acuerdo muy bien, porque aquella mujer tenía algo especial, esa cosa árabe y exótica… Era muy atractiva, si me permite usted que hable así de su esposa…

Mariano no tuvo más remedio que permitírselo, de la misma manera que no tuvo más remedio que rendirse a la presión de la injusta justicia e ir pagando uno tras otro todos los desperfectos. Sus discretos ahorros empezaron a menguar rápidamente: de seguir así pronto no tendría nada. Pero no era eso lo que más preocupaba a Mariano. Lo peor era que había perdido la calma, el control, la disciplina; que era incapaz de vivir su antigua vida, como si de repente el sentido o tal vez la resignación que unía sus actos hubiera desaparecido por completo, de modo que su existencia ahora era un caos de fragmentos inconexos, una angustia espasmódica sostenida por una única obsesión: esa mujer, la mujer, la supuesta iraní, la gran impostora; esa hembra enigmática que se hacía pasar por su esposa, que iba invocando su nombre, el nombre de él, por todo el mundo; esa inquietante ladrona, en fin, de su cartera y de su vida.

Pasaron así cerca de seis meses de pesadilla, en el transcurso de los cuales Mariano dejó de ser el empleado modelo: ya no contestaba cuando le preguntaban, tenía la casa llena de polvo y cadáveres de moscas, olvidaba tomarse su vermut vespertino, no volvió a leer un novelón y achicharró más de una vez su comida al recalentarla. Tan desesperado llegó a estar, tan obsesionado por esa mujer remota que se decía suya, que al cabo, y para no volverse loco, decidió pasar a la acción.

Y así, pidió un mes sin empleo y sin sueldo en el banco, se compró un enorme mapa de Madrid que chincheteó a la pared y empezó a analizar los accidentes que la mujer había sufrido. Tres de ellos habían sucedido en sitios lejanos y dispares de la ciudad; pero los otros cuatro habían tenido lugar en un espacio relativamente mínimo del casco urbano, dentro del mismo barrio, en las callejas antiguas por detrás de la plaza de Ramales. Por fuerza la mujer tenía que vivir por allí, o tal vez visitaba a alguien en la zona. Mariano se fue a la plaza de la ópera y empezó a peinar las calles adyacentes; conocía la marca del coche, el color, la matrícula; intentaba encontrar el vehículo para encontrarla a ella. Pero se pasó dos días recorriéndose concienzudamente la barriada sin obtener mayores resultados que un dolor de pies fenomenal. Era como buscar una mísera cana entre las espesas lanas de una oveja.

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