Antonio Molina - Beltenebros

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La ambigüedad de la traición es el motor de una intriga policíaca que constituye el tema aparente de Beltenebros. Sin embargo, lo que en realidad encubre es el desorientado transitar de los personajes por una fascinante galería de espejos en la que se reflejan el amor y el odio, el pasado y el presente, la realidad y la ficción, en un trepidante clarouscuro de corte premeditadamente cinematográfico que mantiene al lector bajo su hipnosis hasta el último renglón del libro.
Convocado por una organización comunista subversiva, Darman, antiguo capitán del ejército republicano exiliado en Inglaterra, regresa a Madrid para ejecutar a un supuesto traidor a quien no ha visto nunca. En los lóbregos escenarios de la clandestinidad, emprende con desgana un periplo trepidante en pos de su víctima del que una misericordiosa cabaretera, viva imagen de una mujer a la que amó, tratará de desviarlo.
En Beltenebros, el arte de narrador de Muñoz Molina, su vigorosa maestría técnica y su estilo preciso y envolvente alcanzan un grado extremo de plenitud y de tensión expresiva cuyo logro admite escasos parangones en la narrativa española contemporánea.

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Me detuve a la entrada de un jardín que parecía una selva. Los matorrales y los árboles crecían entre los escombros ascendiendo sobre un muro gris de ventanas alineadas, con los cristales rotos. Yo avanzaba guiándome por el rumor que me precedía en la maleza. En torno a mí se desataba un escándalo de pájaros. Sobre mi cabeza el cielo gris era un rectángulo tan preciso como el brocal de un pozo. Me pareció que alguien se movía de una ventana a otra por los corredores más altos: desde arriba podría ver cómo Andrade y yo nos buscábamos en la espesura, igual que animales que adivinan su mutua presencia en la oscuridad de la noche. Entonces recordé: ¿era de verdad una ambulancia el automóvil que estaba aparcado junto a la puerta de aquel vasto edificio vacío? Temí por Andrade más que por mí mismo. Un hombre de bata blanca me había mirado cuando entré en el jardín. En alguna otra parte yo había visto su cara. Llevaba una bata blanca y aquel lugar era un hospital, pero estaba abandonado desde hacía mucho tiempo. Me desesperaba la lentitud de mis actos y de mi pensamiento. Dónde vi antes esa cara, cuándo. Vuelta hacia mí en el interior de un automóvil, diciéndome algo, ofreciéndome un cigarrillo, de noche, pero no ayer, en Madrid, no en la boîte Tabú ni en la estación de Atocha, en otro lugar donde también olía a tierra y hojas de árboles mojadas. Casi en el filo de un recuerdo me venció el olvido: Andrade estaba al otro lado del jardín, apoyado en un quicio de piedra, buscándome con la mirada. Fui hacia él y de nuevo vi una sombra que se deslizaba entre las ventanas del primer piso. Andrade se volcó hacia un lado como si fuera a caerse y dio unos pasos hacia la perspectiva de arcadas y ventanales de un pasillo en el que su estatura disminuía al alejarse. Yo escuchaba los ecos multiplicados y fríos de mis pasos que se confundían con los suyos, y su respiración ahogada se volvía más indudable cuando me aproximaba a las esquinas por donde él se había esfumado unos segundos antes de que yo las alcanzara. En la mitad de una sala en la que había altas pilas de somieres pintados de blanco y globos de luz despedazados en el suelo ya no seguí oyéndolo y el silencio me inmovilizó. Otros pasos sonaron: a mi espalda, y también encima de mi cabeza, y no eran los de Andrade. Anduve un rato despacio y conteniendo la respiración. Al fondo de cada sala había un pasillo con arcadas de granito desnudo que confluían en la perspectiva de otras salas remotas. Andrade era una sombra a los lejos, una mancha ligeramente más oscura que la penumbra, cobijada en un rincón, igual que un bulto negro de ropa. A ese hombre de la bata blanca yo lo había visto en Florencia: era el taxista que me llevó al aeropuerto. Me apresuré para llegar a donde estaba Andrade, pero parecía que siempre nos separaba la misma distancia, aunque él ya no se movía, replegado sobre sí mismo en el suelo, contra la pared, abrazándose las rodillas con las manos, como si lo hubiera paralizado el frío, como un preso que se recluye en un rincón de su celda. Ya distinguía otra vez su cara, su cabeza calva abatida entre las rodillas. Estaba exhausto y enfermo y tal vez desistía de vivir y de seguir huyendo. Cuando oyó romperse unos cristales bajo mis pisadas alzó la cara y me miró con ese definitivo abatimiento de la vida que yo había visto en otros hombres durante las retiradas de la guerra, en los barrizales de los campos de concentración, hombres que se sentaban inmóviles y se quedaban mirando el vacío y no comían ni hablaban porque la única tarea de su voluntad aniquilada era esperar la muerte.

«Andrade», dije, «levántese, le ayudaré a escapar». Pero me miró como si no comprendiera mis palabras, y yo di unos pasos más, muy despacio, y entonces empezó a levantarse arrastrando la espalda contra la pared, con la boca abierta, con la cara progresivamente desfigurada por el terror de estar viéndome tan cerca. Yo caminaba hacia él con las manos separadas y abiertas, para mostrarle que no estaba armado, pero él las miraba como adivinando en ellas la posibilidad del estrangulamiento. Yo conocía esos ojos inyectados en sangre, esa manera de negar en silencio moviendo la cabeza, yo había visto exactamente ese mismo terror en la cara de otro hombre que huía de mí, pero aquella vez yo empuñaba una pistola y me disponía a matarlo, y ahora sólo quería acercarme para decirle algo y escuchar su voz desconocida. Era igual, sin embargo, era como si llevara en mi mano derecha una pistola invisible y letal, y mis gestos y los suyos eran los mismos de entonces, cuando Walter corría doblándose sobre el vientre para contener la hemorragia del primer disparo y yo iba tras él y lo veía detenerse junto a la pared encalada de una fábrica. Adelanté una mano hacia Andrade y oí un ruido a mi espalda y tardé un instante en saber que ya no era a mí a quien estaba mirando. Andrade corría, sonó un disparo y me pareció que saltaba contra la pared con los brazos abiertos.

La detonación retumbó como el trueno de una tempestad bajo las bóvedas de un mar subterráneo, dilatándose sucesivamente hacia lo más hondo de las estancias vacías. No fue un disparo de pistola, sino de un arma más potente y más cruel que fulminó a Andrade igual que un rayo. Aturdido, temblando, con los tímpanos como atravesados por un dolor de agujas, todavía no me acerqué a él. Oía el gorgoteo último de su respiración y lo veía removerse en lentas convulsiones sobre las losas donde estaba creciendo la mancha plana de su sangre. «No he sido yo», pensaba, «yo no le he disparado», y me miraba las manos febriles como las de un alcohólico y ni siquiera me volvía para descubrir quién lo había matado, quién podría disparar ahora sobre mí.

«Capitán», dijo una voz a mi espalda.

No quería mirarlo. Me tocó el hombro y yo seguí viendo la agonía de Andrade, que se arañaba con las dos manos la desgarradura del vientre. Me arrodillé junto a él, y el otro me siguió, llamándome, diciéndome otra vez capitán. Vi de soslayo sus botas sucias de barro y no quise volverme. Andrade me miraba con sus ojos escarchados por la cercanía de la muerte, y movía la cabeza y se palpaba las ingles espesamente enlodadas de sangre, y cuando curvó los labios para decir una palabra brotó de ellos un coágulo negro que se derramó como un vómito sobre su barbilla. Me quité la gabardina y se la puse doblada bajo la nuca, hablándole, pero ya no me oía, levantando con mis dos manos su cara áspera y helada, la misma cara de las fotografías, la que me había mirado tras una mampara de vidrio en el hotel Nacional, la cara de un hombre sordamente predestinado a morir. Cuando ya no se movió un hilo de saliva y de sangre quedó colgado de su boca.

«Capitán», dijo Luque, y al ponerme en pie vi que me sonreía, exaltado, nervioso, casi feliz, sosteniendo una escopeta de caza. «Hemos venido a ayudarle», decía, como embriagado por el hedor tibio de la pólvora, por la sorpresa de haber descubierto lo fácil que puede ser matar a un hombre. El otro, el de la bata blanca, nos observaba desde el quicio de una puerta arrancada, con un cigarrillo en la mano, sin decidirse a encenderlo, como si le diera reparo fumar en presencia de un muerto.

– Bernal nos envió -dijo Luque, con timidez, con cierta arrogancia-. Por si necesitaba ayuda.

Le brillaban los ojos, tenía un leve temblor en los labios, pero yo noté que su docilidad era mentira, que había averiguado al fin que yo no era invulnerable y que no merecía el entusiasmo de su imaginación. Ahora me miraba con un poco de condescendencia, y cuando me puse en pie me había ofrecido su mano como si sospechara que yo no podía levantarme solo.

– De modo que ya no se fían de mí -le dije.

– Capitán -Luque sonreía, aún le temblaban los labios-. Vinimos para que usted no estuviera solo. El tiempo pasa, capitán, usted mismo me lo dijo. Lo que importa es que hemos terminado nuestra misión. Ahora podemos irnos.

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