Héctor Camín - Las Mujeres De Adriano

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Se ha dicho clásicamente que los autores no deberían medirse por su capacidad de crear grandes héroes o villanos, sino también heroínas de carne y hueso. Una clave narrativa de Aguilar Camín es la construcción de admirables personajes femeninos. Las mujeres de Adriano es varias cosas: una novela de pasiones cruzadas-la sexta del autor-, un poema dramático, un brevario de amores, una escuela de la memoria, una calle con cinco sentidos. Y al final, la vaga melancolía que nos depara la terminación de un gran libro. Las mujeres de Adriano es una historia perdurable que se va como agua. Página tras página el lector quiere saber más de esta confesión radical y risueña, que rompe con los prejuicios más añejos y tradicionales sobre el amor.

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– En Regina Grediaga después de la tormenta.

– Con disculpa de la metáfora -insistió Adriano-. Habían pasado ocho años desde que dejé de ir a casa de Regina y siete desde que se casó, pero la Regina que tocó a mi puerta tenía más de esos años encima. Podía comparar bien este punto porque Carlota tenía más años y la mitad de los estragos. Regina no parecía vieja, sino atravesada por un malestar que diluía sus facciones de niña y traía a sus huesos una calidad difícil de describir, una calidad de mujer hecha, pasada por las llamas de la pasión y el sufrimiento, purificada por el grosor de la experiencia adulta, eso que hace deseables a las mujeres porque están como en su momento clave, antes y después de la maternidad, antes y después de la ilusión, antes y después del deseo, listas para ser madres, amantes y deseadas por segunda vez. Quién pudiera tomarlas desde la primera vez, tenerlas la segunda y la tercera, en todas sus edades, ser el dueño de todas sus estaciones, de todas sus vueltas, sus cambios de piel, sus renacimientos milagrosos.

«Digo que Regina tocó a mi puerta porque eso es lo que hizo, literalmente. Era ya tarde en mi oficina, casi las ocho de la noche, pero era verano y la luz seguía inmóvil en el cielo. Yo pasaba los ojos aplicadamente por los folios de una querella judicial, pero no hacía sino recordar, con una risa en el alma, los giros de la cabeza de Ana Segovia durante nuestro encuentro esa mañana. En el mostrador del archivo había visto su perfil de andaluza y el brillo exuberante de su pelo sin cuidar. Como quien muestra el plumaje, me había mostrado deliciosamente su jacobinismo y la pirueta de sus elocuencias, invitándome luego a conocernos en el café, porque no acostumbraba citarse con desconocidos. La seguí sin titubear, pero no supe a quién seguía sino hasta que la vi de espaldas, caminando delante de mí, y pude percatarme de la naturaleza diré ontológica de sus nalgas. Aquellas nalgas, créame usted, eran la encarnación de la idea platónica de las nalgas, no su pobre reflejo en los muros de la caverna sino la idea pura de las nalgas, soberbiamente encarnadas en la espalda de Ana Segovia. Volveré a eso porque es parte esencial de mi vida con Ana, aunque no fue aquella perfección platónica la que me absorbió esa tarde, sino algo más trivial, menos perfecto y con el tiempo, más atractivo: la cabeza de Ana Segovia, su cabeza loca yendo por sus prejuicios como si fueran verdades reveladas. ¿Por qué estudiaba Ana Segovia las efigies de la Virgen de Guadalupe, patrona de México? Porque estaba empeñada en demostrar que la efigie tenía un origen profano. ¿Para qué quería hacer esa demostración? Para llevar al pueblo de México a la iluminación contraria de su fe, la iluminación de la verdad histórica. ¿Por qué creía que la verdad histórica podía sustituir la fe de un pueblo? Porque la fe era el opio del pueblo y los curas católicos los chinos que hacían fumar a todos en el garito. ¿De dónde había sacado aquellos colgajos anticlericales y aquellas ideas trasnochadas del iluminismo jacobino? De su padre Lorenzo Segovia, anarquista gaditano prófugo de la Guerra Civil Española que emigró a México, educó a sus hijos en el credo ácrata y con los años, según Ana, su hija menor, perdió el nervio y se acomodó a las convenciones de su tiempo. "Las nuevas generaciones tienen que hacer lo que las antiguas dejaron a medias, por conveniencia o cobardía", me explicó Ana Segovia esa mañana en el café donde dejamos de ser desconocidos para poder vernos por segunda vez. "Y a todo esto", me dijo, "¿tú crees en la revolución o en la autoridad?" "Yo creo en las leyes y en los tribunales", respondí. "¿Cómo puedes creer en esas trampas?", saltó Ana. "Por dinero: de eso vivo", expliqué yo. "¿Eres abogado entonces?", preguntó. "Litigante", asentí yo. "Al menos tienes la honradez de ser un cínico y no negarlo", dijo Ana. A cada afirmación de ésas su cabeza saltaba con un gozo de cazador acertando y su rostro se iluminaba con el mensaje subterráneo de que todo aquello era un juego no negociable, pero un juego al fin, un torneo de la ocurrencia y el disparate. "Ya que nos conocemos, ¿puedo verte de nuevo?", pregunté al final de nuestro encuentro. "Podrías invitarme a comer", dijo Ana, "Pero yo odio los restaurantes. Si te tuviera confianza podría invitarte a mi casa, que acabo de redecorar. Pero siendo abogado, no sé. ¿Crees que debo darte una oportunidad?" "Por lo menos una", dije. "Pues ven a comer a mi casa entonces. ¿Ya sabes dónde es?" "No", dije. "Para ser un abogado mañoso estás muy mal informado. Aquí te la apunto, mira." Escribió las señas en una tarjetita color magnolia que sacó de su morral de apuntes y libros. "Te espero el martes. Si por algo no puedes me llamas antes, para invitar a otro. Una amiga, quiero decir, para no comer sola. No creas que ando invitando abogados trapaceros a comer todos los martes. ¿De acuerdo?" "De acuerdo", dije. Se paró entonces, pagó la cuenta de los cafés y se fue caminando, dándome la gloria de su espalda otra vez. No quise alcanzarla para poder verla y comprobar que no la había inventado.

«Cuando Regina Grediaga tocó nuevamente a mi puerta, llevaba un año separada de su marido, loca porque el azar le había arrebatado un hijo de cinco años, luego de seis de feliz matrimonio. Vino a mí deshecha por el dolor de su pérdida. La muerte de su hijo había congelado su amor por el padre a quien tanto quiso, el mismo por el que me dejó la tarde que iba a ser mía. Con el pequeño hijo perdido se habían ido de ella todas las ilusiones, incluso la más mínima, ésa que nos hace levantarnos cada mañana, ir a la ducha, comer, hablar a otros, aceptar implícitamente que vale la pena vivir. Era cada vez menos capaz hasta de esos actos reflejos. Sus días eran el espejo de su pérdida y no tenía delante sino el camino de la pérdida completa de sí misma que es la muerte. "Pero no quiero morir", me dijo. "Quiero vivir, aunque sólo sea para seguir recordando a mi hijo y mantenerlo vivo en mi memoria. Por lo menos ahí. Me puse a buscar algo que quisiera hacer de veras, como mujer que perdió a su niño, y lo único que vino a mi cabeza fuiste tú, lo único que quise con toda mi alma, con la poca alma que me queda, fue verte a ti, regresar contigo al punto en que nuestras vidas se apartaron. O, mejor dicho, te aparté. Por eso vine a verte, por eso estoy aquí, para ver si esto funciona." "Pues ya estás aquí y me estás viendo", le dije. "¿Funciona o no funciona?" "Funciona", dijo Regina. "Yo tenía razón. Eres lo que necesitaba ver. Eres lo único que quería ver. ¿Puedes olvidarte de lo de antes y abrazarme?" No podía olvidarme de nada, pero la abracé. Ella se aferró a mí sollozando, me abrió la camisa y empezó a besarme el pecho. Decidí que sus caricias eran más significativas que sus lágrimas. La llevé hacia el sofá, un sofá de tres piezas con el cuero negro luido de tres generaciones de clientes. Se alzó la falda y apartó las prendas. "Aquí no", dije, cayendo en cuenta del sitio, del decorado profesional de la oficina. "Aquí", dijo Regina entre sollozos, y ahí la tuve, en el sillón de cuero, sin quitarnos la ropa. Me hizo quedarme en ella al terminar, tanto tiempo que empezó de nuevo. La edad es fanfarrona en esas cosas, yo era joven aún y había aprendido en el cuerpo de Carlota los fastos del exceso y la repetición. A diferencia de Carlota, que me encendía con sus tactos, en el caso de Regina el ardor y la potencia volvían a mí colgados de la idea de tenerla, de estarla teniendo, de estar metido en ella al fin, cerrando el círculo que los años se habían llevado. Esa era una de las resignaciones mayores de mi vida, la resignación de no haber tenido a Regina Grediaga, de haberme ahogado en la orilla de su amor, a unas caricias del centro de su vida. Torcidos y silenciosos nos quedamos en el sillón un largo rato sin tiempo. Nos levantamos abrazados, nos compusimos la ropa y el pelo, con Regina colgada de mí cerré el despacho, bajamos abrazados la escalera hasta la calle donde tenía mi coche. "¿Te llevo a tu casa?", pregunté. "No tengo casa", contestó Regina. "¿Quieres dormir en la mía?" "Sí, en la tuya." Durante el trayecto estuvo abrazada a mí, la cabeza en mi hombro junto al volante, la sonrisa en los labios, la humedad en los ojos despintados, la suavidad pacificada de sus dedos yendo y viniendo por mis mejillas, mis labios, mi nariz.

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