Mario Llosa - La Tía Julia Y El Escribidor

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El joven de dieciocho años Mario Vargas trabaja en una radio peruana, cuyos jefes han traído desde Bolivia al más exitoso escritor de radioteatros, Pedro Camacho, un individuo excéntrico que aparte de escribir sus libretos, también los interpreta. Al tiempo, Marito se enamora de la tía Julia, una pariente política suya, divorciada y de treinta años. Ese amor prohibido desafía a la amplia familia del aspirante a escritor que inicia toda una odisea para poder consumarlo…

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– Tú te ríes y nosotros también nos reíamos -dijo Genaro-hijo, comiéndose las uñas-, pero hoy se nos presentó un abogado y nos quitó la risa. Si la Embajada protesta ante el gobierno nos pueden cancelar los radioteatros, multar, clausurar la Radio. Ruégale, amenázalo, que se olvide de los argentinos.

Le prometí hacer lo posible, pero sin muchas esperanzas porque el escriba era un hombre de convicciones inflexibles. Yo había llegado a sentirme amigo de él; además de la curiosidad entomológica que me inspiraba, le tenía aprecio. Pero ¿era recíproco? Pedro Camacho no parecía capaz de perder su tiempo, su energía, en la amistad ni en nada que lo distrajera de "su arte", es decir su trabajo o vicio, esa urgencia que barría hombres, cosas, apetitos. Aunque es verdad que a mí me toleraba más que a otros. Tomábamos café (él menta y yerbaluisa) y yo iba a su cubículo y le servía de pausa entre dos páginas. Lo escuchaba con suma atención y tal vez eso lo halagaba; quizá me tenía por un discípulo, o, simplemente, era para él lo que el perrito faldero de la solterona y el crucigrama del jubilado: alguien, algo con qué llenar los vacíos.

Tres cosas me fascinaban en Pedro Camacho: lo que decía, la austeridad de su vida enteramente consagrada a una obsesión, y su capacidad de trabajo. Esto último, sobre todo. En la biografía de Emil Ludwig había leído la resistencia de Napoleón, cómo sus secretarios se derrumbaban y él seguía dictando, y solía imaginarme al Emperador de los franceses con la cara nariguda del escribidor y a éste, durante algún tiempo, Javier y yo lo llamamos el Napoleón del Altiplano (nombre que alternábamos con el de Balzac criollo). Por curiosidad, llegué a establecer su horario de trabajo y, pese a que lo verifiqué muchas veces, siempre me pareció imposible.

Empezó con cuatro radioteatros al día, pero, en vista del éxito, fueron aumentando hasta diez, que se radiaban de lunes a sábado, con una duración de media hora cada capítulo (en realidad, 23 minutos, pues la publicidad acaparaba siete). Como los dirigía e interpretaba todos, debía permanecer en el estudio unas siete horas diarias, calculando que el ensayo y grabación de cada programa durasen cuarenta minutos (entre diez y quince para su arenga y las repeticiones). Escribía los radioteatros a medida que se iban radiando; comprobé que cada capítulo le tomaba apenas el doble de tiempo que su interpretación, una hora. Lo cual significaba, de todos modos, unas diez horas en la máquina de escribir. Esto disminuía algo gracias a los domingos, su día libre, que él, por supuesto, pasaba en su cubículo, adelantando el trabajo de la semana. Su horario era, pues, entre quince y dieciséis horas de lunes a sábado, y de ocho a diez los domingos. Todas ellas prácticamente productivas, de rendimiento 'artístico' sonante.

Llegaba a Radio Central a las ocho de la mañana y partía cerca de medianoche; sus únicas salidas a la calle las hacía conmigo, al Bransa, para tomar las infusiones cerebrales. Almorzaba en su cubículo, un sandwich y un refresco que le iban a comprar devotamente Jesusito, el Gran Pablito o alguno de sus colaboradores. Jamás aceptaba una invitación, jamás le oí decir que había estado en un cine, un teatro, un partido de fútbol o en una fiesta. Jamás lo vi leer un libro, una revista o un periódico, fuera del mamotreto de citas y de esos planos que eran sus 'instrumentos de trabajo'. Aunque miento: un día le descubrí un Boletín de Socios del Club Nacional.

– Corrompí al portero con unos cobres -me explicó, cuando le pregunté por el libraco-. ¿De dónde podría sacar los nombres de mis aristócratas? Para los otros, me bastan las orejas: los plebeyos los recojo del arroyo.

La fabricación del radioteatro, la hora que le tomaba producir, sin atorarse, cada libreto, me dejaba siempre incrédulo. Muchas veces lo vi redactar esos capítulos. A diferencia de lo que ocurría con las grabaciones, cuyo secreto defendía celosamente, no le importaba que lo vieran escribir. Mientras estaba tecleando su (mi) Remington, entraban a interrumpirlo sus actores, Batán o el técnico de sonido. Alzaba la vista, absolvía las preguntas, daba una indicación churrigueresca, despedía al visitante con su sonrisita epidérmica, lo más opuesto a la risa que he conocido, y continuaba escribiendo. Yo solía meterme al cubículo con el pretexto de estudiar, de que en mi gallinero había mucho ruido y gente (estudiaba los cursos de Derecho para exámenes y olvidaba todo después de rendirlos: que jamás me suspendieran no hablaba bien de mí sino mal de la Universidad). Pedro Camacho no ponía objeción y hasta parecía que no le desagradaba esa presencia humana que lo sentía 'crear'.

Me sentaba en el alféizar de la ventana y hundía la nariz en algún Código. En realidad, lo espiaba. Escribía con dos dedos, muy rápido. Lo veía y no lo creía: jamás se paraba a buscar alguna palabra o contemplar una idea, nunca aparecía en esos ojitos fanáticos y saltones la sombra de una duda. Daba la impresión de estar pasando a limpio un texto que sabía de memoria, mecanografiando algo que le dictaban. ¿Cómo era posible que, a esa velocidad con que caían sus deditos sobre las teclas, estuviera nueve, diez horas al día, inventando las situaciones, las anécdotas, los diálogos, de varias historias distintas? Y, sin embargo, era posible: los libretos salían de esa cabecita tenaz y de esas manos infatigables, uno tras otro, a la medida adecuada, como sartas de salchichas de una máquina. Una vez terminado el capítulo, no lo corregía ni siquiera leía; lo entregaba a la secretaria para que sacara copias y procedía, sin solución de continuidad, a fabricar el siguiente. Una vez le dije que verlo trabajar me recordaba la teoría de los surrealistas franceses sobre la escritura automática, aquella que mana directamente del subconsciente, esquivando las censuras de la razón. Obtuve una respuesta nacionalista:

– Los cerebros de nuestra América mestiza pueden parir mejores cosas que los franchutes. Nada de complejos, mi amigo.

¿Por qué no utilizaba, como base para sus historias limeñas, las que había escrito en Bolivia? Se lo pregunté y me repuso con esas generalidades de las que era imposible extraer nada concreto. Las historias, para llegar al público, debían ser frescas, como las frutas y los vegetales, pues el arte no toleraba las conservas y menos los alimentos que el tiempo había podrido. De otra parte, necesitaban ser "historias comprovincianas de los oyentes” ¿Cómo, siendo éstos limeños, se podían interesar en episodios ocurridos en La Paz? Pero daba estas razones porque en él la necesidad de teorizar, de convertir todo en verdad impersonal, axioma eterno, era tan compulsiva como la de escribir. Sin duda, la razón por la cual no utilizaba sus viejos radioteatros era más simple: porque no tenía el menor interés en ahorrarse trabajo. Vivir era, para él, escribir. No le importaba en absoluto que sus obras durasen. Una vez radiados, se olvidaba de los libretos. Me aseguró que no conservaba copia de ninguno de sus radioteatros. Éstos habían sido compuestos con el tácito convencimiento de que debían volatilizarse al ser digeridos por el público. Una vez le pregunté si nunca había pensado publicar:

– Mis escritos se conservan en un lugar más indeleble que los libros -me instruyó, en el acto-: la memoria de los radioescuchas.

Hablé con él sobre la protesta argentina el mismo día del almuerzo con Genaro-hijo. A eso de las seis caí por su cubículo y lo invité al Bransa. Temeroso de su reacción, le solté la noticia a pocos: había gente muy susceptible, incapaz de tolerar ironías, y, de otro lado, en el Perú, la legislación en materia de libelo era severísima, una Radio podía ser clausurada por una insignificancia. La Embajada argentina, dando pruebas de poco mundo, se había sentido herida por algunas alusiones y amenazaba con una queja oficial ante la Cancillería…

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