La inmediata consecuencia de la relación con Alberto fue que Allende vio excitado su apetito. Volvieron a verse en Madrid, generalmente en casa de Alberto, los días festivos. Alberto no tenía hermanos, los padres solían estar los domingos de viaje, el servicio de paseo. Preparaban los exámenes y se masturbaban constantemente el uno al otro esos días. Allende se cansó al cabo de un mes: Alberto era tierno (como Carlitos lo había sido en su día), su afectividad era, sin embargo, aguada. La timidez que había seducido a Allende en un principio, le dejaba inapetente ahora. Con Alberto puso en práctica Allende casi todos los recursos que tenía de proporcionar placer a su compañero: desnudarse, acariciarse, bañarse juntos, ducharse juntos, las mamadas. A Alberto le gustaba que le diera Allende por el culo. Eso le divirtió a Allende unas semanas. A raíz, sin embargo, de esta última práctica, Alberto se puso pelma, mimoso, empalagoso, celoso, lloroso: una pesadez insoportable. Ni siquiera esperó Allende a terminar el curso: le dejó de un día para otro y ligó con otro chaval en el bar de la facultad: ligó instantáneamente y no hizo nada por ocultarle a Alberto su nuevo ligue, pensando que Alberto desistiría de una vez: y desistió el pobre Alberto, con un aire de perro apaleado. Allende sintió un gran remordimiento por haber hecho esto: se acordó de sus críticas a Salazar cuando pasó todo lo de Carlitos. Por eso dejó también al nuevo chico y se buscó otro: esta vez un camarero de la casa de comidas a la que iba a almorzar. Y el camarero le aburrió también al cabo del mes. Llegó el verano con brillantes calificaciones y una insoportable concupiscencia de los ojos: un erotismo que presentaba todas las características de una neurosis compulsiva: la neurosis de la repetición.
Pero Allende resultó ser un chico tranquilo. Sí, hubo en su vida ese momento primaveral de la facultad, del bar de la facultad, de Alberto en Silos, que prolongó con perfecta naturalidad las revelaciones homoeróticas del seminario: amplió aquellas revelaciones, confirmando una tendencia cada vez más innegable. Aquel verano, Allende decidió no prolongar por más tiempo su relación con Julia Martínez. Pero no deseaba engañarla: hubiera sido engañarla -por ejemplo- seguir viéndose durante todo el verano, hacer el papel de novio, confiando en que la contención moralizante de la época en materia erótica le libraría del compromiso amoroso. Esto, sin embargo, le parecía indigno. Por eso planeó aparecer al principio del verano y desilusionar, de una vez por todas, a Julia: desengañarla. Una vez desengañada, irse, con una beca, por modesta que fuese, al extranjero: a Francia, a cualquier parte. Pero, de alguna manera, Allende presintió que no debía llevar semejante desengaño al extremo: deshacer el engaño respecto de sus intenciones con Julia, deshacerlo con firmeza y de una vez por todas, tenía que no implicar la ruptura completa de la relación. Esta última decisión había de tener mucha importancia en el futuro: iba a ser un hilo conductor que le permitiera sortear tanto la hipocresía como una sinceridad descarnada. De esta suerte, se encontró Allende aquel verano inmerso en un extraño cálculo moral: tenía que calcular por un lado qué podía decir a Julia para no engañarla, para desengañarla, y también para continuar siendo su amigo, pero por otra parte tenía que calcular cuánto de sí mismo deseaba o debía revelar para poder continuar manteniendo cierto engaño, cierta cobertura de apariencias que le permitiera seguir siendo homosexual cómodamente, cosa que en aquellos años en España era imposible si uno deseaba ser perfectamente transparente.
Las cosas habían, en la provincia agraria de Allende, cambiado mucho durante todo el curso aquel. Por de pronto, nada más llegar (y, antes de verse, por teléfono), descubrió Allende que Julia Martínez no estaba ahora, como estuvo entonces, nueve meses atrás, en aquel octubre, enamorada o a punto de enamorarse de Paco Allende. El curso de secretariado, con sus prácticas, sus dimes y diretes, su emoción del primer empleo y los primeros sueldos, fue un poderoso astringente sentimental. Julia estaba encantada de verle, pero no pudo verle aquella misma tarde -la tarde de la llamada telefónica de Allende- porque había quedado con gente de la oficina para celebrar, a la salida, un cumpleaños en el Salón Ideal, una conocida cafetería de la calle Mayor de aquella capital. «¡Pásate tú si quieres un rato, que allí estamos!» Allende aseguró que se daría una vuelta por el Salón Ideal al final de la tarde, porque pensó que ésta era la mejor manera de no verse obligado a dar explicaciones, pero no apareció. A la mañana siguiente le llamó Julia desde su oficina para preguntar por qué no había ido: «Te estuvimos esperando. ¡No veas lo bien que lo pasamos!» Quedaron en verse aquel fin de semana, el sábado, después de comer. Pero el hecho obvio era que la calidez y emotividad de la relación había desaparecido. Allende sintió dos sentimientos opuestos: un sentimiento de alivio porque el evidente enfriamiento de Julia facilitaba y hacía menos visible su propio enfriamiento. El otro sentimiento, que acompañaba al primero, le hacía sentirse ridículo: se sintió despechado. Le pareció que Julia, en lugar de guardarle buenas ausencias, se había entregado de lleno a su vida en la oficina y ahora, sin querer, le hacía de menos. Se sintió, por un momento, muy triste. Lo salvó de esta ridícula tristeza un incipiente sentido del humor, que Paco Allende descubre esos años y va a durarle todo lo que le queda de vida.
Fue un verano particularmente plácido, soso, provinciano, también útil para sus trabajos del curso siguiente; Allende aprovechó para leer mucho. Solía unirse a los amigos de la facultad los fines de semana. Paseaba con Julia a la salida de la oficina de ésta o iban al cine. Una sensación de paz invadió a Allende: Llegará un día -pensaba- en que encontraré a alguien para siempre. Porque Allende había decidido que buscaría un compañero y trataría de vivir con él el resto de la vida. Una situación de camaradería análoga a la de los matrimonios heterosexuales empezó a parecerle en aquellos días un ideal alcanzable.
Por primera vez aquel verano, Allende se preguntó acerca de sí mismo. O, al menos, Allende pensó que aquel verano, por primera vez, llevaba a cabo una auténtica exploración socrática de sí mismo: hasta entonces la curiosidad por sí mismo, la atención a sus emociones, a sus movimientos corporales, a su erotismo -de todo lo cual había sido siempre intensamente consciente- había tenido un carácter de acompañamiento: en el sentido de que el oído oye que oye, o el ojo ve que ve, un sentido pre-predicativo, no judicativo: ahora, sin embargo, se sintió fascinado e inmerso activamente en una averiguación que le tenía a él mismo por objeto. Dentro de dos años acabaría la facultad. Ingresaría en la Escuela de Psicología: ése sería su proyecto para los años venideros, su destino (por destino, entendía Allende en aquel entonces no tanto lo impuesto por su carácter o por sus circunstancias, como lo elegido al hilo de su carácter y sus circunstancias): decidió que su destino era, en lo afectivo, el amor homosexual, y en lo profesional el consejo. ¿Qué quiero decir -se preguntó Allende- con esto del consejo? El don del consejo. Había aquí cierta petulancia clerical, una confianza en su capacidad de entender a los demás, de orientarles. Había también una indudable voluntad de ayudar a los demás, de salvarles. Tan confusas eran estas cosas, que Allende llegó a pensar -incluso ahora que había dejado el seminario para siempre- que debía volver al seminario para poder ocuparse profesionalmente de todos los demás, sin hacer acepción de personas. Tan vago era este deseo, este proyecto, que Allende pensó que no era un verdadero proyecto sino sólo una ensoñación, como si el destino le llamara a cargar con el difícil fardo de ese infierno cotidiano que Sartre denominó los otros. Por otra parte, ya aquel mismo verano, se encontró Allende con que, liberado de Julia, con quien seguía manteniendo una relación de buena amistad, algunas otras personas, especialmente chicas de su edad, le rodeaban con un propósito en parte amoroso, pero en gran parte confesional. Chicas de su edad, antiguas amigas, que ahora reaparecían, o las nuevas amigas de Julia se disputaban su compañía para contarle su caso. Cada una era un caso. Y descubrió Allende que, a diferencia de los chicos, que físicamente le atraían pero que no tenían nada individual que contar, nada propio, las chicas, que físicamente no le atraían, aparecían repletas de relatos y de turbulencias, de intenciones y de contraintenciones, de subjetividad incandescente que pugnaba por formularse y proferirse y que, al parecer, sólo en conversación con Allende alcanzaban un estado de reposo. Se sintió como un cómico trasunto del Sagrado Corazón de Jesús: venite at me omnes qui ambulatis et oneratis estis et ego refician vos et invenietis requiem in animabus vostris : venid a mí todas las que camináis y andáis sobrecargadas y yo os aliviaré y encontraréis descanso en vuestros corazones. Esto era ridículo, este caladero del amor, esta bahía de los sentimientos perdidos, este sumidero de los femeninos afectos y pulsiones en que Paco Allende sentía que iba camino de convertirse. Y pensaba Allende: No puedo librarme del espectro de haber querido ser sacerdote. He colgado la sotana, he abandonado el seminario, pero sigo siendo una especie de director espiritual por libre, sigo siendo un confesor del alma femenina. No sabía si sentirse orgulloso de esta condición o avergonzado. ¿Vienen a mí -se preguntaba- porque soy un mariquita y, como no quiero follarlas, las escucho, o vienen a mí porque las escucho a pesar de ser un mariquita?
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