Aquel verano, recién abandonado el seminario, teniendo que hacer entender con rapidez en casa, a sus padres, a algunos amigos (que ahora iban apareciendo crecidos, afeados por el estirón, tan poco amistosos, tan de la otra vida anterior, la que precedió al irse al seminario), una decisión que ahora a todos parecía inesperada y terrible, como si dejar el seminario fuera equivalente a perder la fe católica o haberse entregado a las pasiones. Y, por cierto, ¿qué hacer con las pasiones? ¿Y qué pasiones? Cuando Allende entró en el seminario era todavía un niño. Cuando salió seguía siendo semivirginal. El último año, en confesión, algún confesor le había ronroneado amonestaciones absurdas que sonaban a mera curiosidad, como: Respeta tu propio cuerpo, tu cuerpo es el vaso donde llevas tu tesoro espiritual, el tesoro espiritual de tu alma, no debes manosearlo, no juegas con tu cuerpo, ¿verdad? Desde un principio Allende había entendido el significado de estas ñoñerías. Ninguna tenía la menor aplicación en su caso. No se había sentido atraído hacia nadie en particular, salvo hacia Javier Salazar, e incluso esta misma atracción (orientada y, en parte, provocada por el erotismo infantil de Carlos Mansilla) había tenido unas connotaciones más intelectuales que físicas. Se había sentido atraído intelectualmente por Salazar y, tras la muerte de Carlos Mansilla, se había creído enamorado de él. Pero no era así. Uno de los fascinantes descubrimientos que Allende hizo, una vez fuera, fue que resultaba atractivo físicamente a los demás, a las chicas sobre todo. Se vio inmerso, casi inmediatamente, en un mundo femenino gracias al cual acortó la aridez y las dificultades de los primeros meses de vida civil. Al cabo de unos meses, no se sentía como pez en el agua, pero tampoco lo contrario. ¿Cómo se sintió al cabo de unos meses Allende en su nueva vida fuera del seminario? Se sintió sutilmente adorado. Esto era una gran novedad. Las chiquillas le adoraban. Tenía Allende dos hermanas, una menor que él, de quince, y otra mayor de dieciocho. Eran niñas pizpiretas y guapuchas, no muy bellas, pero, en cambio, resultonas. La palabra resultona era idiota y agresiva. Y no se le había ocurrido al propio Allende. Era un adjetivo de sus hermanas, la pequeña sobre todo, Macu: todo el rato contaba cómo eran sus compañeras y compañeros de instituto, los profesores y profesoras, la droguera, el chico de la frutería, un monitor de voleibol, que era justo eso, resultón, aunque no guapo. Era un mundo gracioso y multicolor, lleno de abreviaturas de nombres propios (Koki, Cuchi, Pili…) y peleas y piques, un universo de disgustos y consolaciones instantáneas. Allende sentía curiosidad. No era un mundo apolíneo, las amigas de sus hermanas no le parecían bellas, sino tumultuosas, móviles, inexactas, precipitadas, alegres, chinches y generosas a la vez. Hablaban todas a la vez, con vocecitas muy altas, agudos gritos de vencejos de estío. La compañía de sus hermanas y de sus muchísimas amigas le hacía reír. Allende recordará más tarde esos primeros meses en la casa familiar como un mundo de risas desternillantes. Esto fue así muy al principio. Luego, cuando el batiburrillo inicial fue sedimentándose, aquel mundo femenino, aquel mundillo, se concretó en figuras individuales. Las chiquillas mayores, más próximas a su edad, las amigas de su hermana mayor, María Elena, venían de visita y se sentaban con él a oír la radio. O se organizaban en grupos de dos o tres parejas para ir al cine. No le dejaban solo. En el seminario, Allende se había sentido muchas veces muy solo. La sentimentalidad incisiva, tan masculina -en su afeminamiento- del pobre Carlitos, nada tenía que ver con la feminidad de estas chicas, con Luisa, por ejemplo, o con Julia Martínez. Julia era de la misma edad que su hermana María Elena. Julia Martínez no era bella, no era to kalon . Era atractiva, sin embargo. Tanto más atractiva y tratable, cuanto menos bella. ¿Pero no era también bella, es que no era guapa? En el salón de la casa de sus padres, rodeados del alegre entrar y salir de todo el mundo a la vez, comenzó Allende a charlar y a discutir como nunca jamás lo había hecho en el seminario. Y también se sintió repentinamente escuchado. A las chicas aquellas les parecía de alguna manera cómico que sólo él fuera chico entre tantas chiquillas. Y le tomaban el pelo y le tiraban del pelo, y le ponían sombreros en la cabeza. Y le decían: «Mírate al espejo con esto puesto en la cabeza, pareces una abuela.» Y esto podía ser un turbante hecho con una toalla. Era un mundo muy alegre y, realmente, muy casto, más casto que el mundo masculino del seminario, que era sombrío.
Nunca olvidará Allende aquel primer año, rodeado de sus hermanas y las amigas de sus hermanas, que le hacían sentirse a ratos maravilloso y alto y guapo, y a ratos cómico y de trapo, como un muñeco de peluche. Nunca hasta entonces, se había sentido Allende tan importante y requerido (al cabo de pocas semanas de conocerle aquellas chicas pandilleras parecían incapaces de hacer planes sin él) y tan, al mismo tiempo, aturdido y rebajado y -¡oh, paradoja!- escuchado: rebajado y escuchado: exaltado y rebajado, achicado, engrandecido. Las chicas le parecían como un mar incalculable, cuyo zarandeo era, en conjunto, emocionalmente satisfactorio. Pronto las mayores, y en especial Julia Martínez, comenzaron a interesarse -con bastante discreción, por cierto- por su vida pasada en el seminario:
– Echarás de menos todo aquello -le soltó un día Julia. Habían coincidido en la sala de estar los dos solos, y Julia añadió-: A la fuerza tienes que echarlo de menos. Después de todo tenías vocación de cura.
– Yo creo que no, que no tenía vocación. Fue un error -contestó Allende.
– ¿Cómo que fue un error? ¿Cuándo te diste cuenta dé que fue un error? -quiso saber Julia Martínez.
Aquella tarde Allende no quiso contestar. No supo qué contestar. De pronto, no quería enredarse en una discusión íntima con Julia Martínez. No querer entrar en esta discusión, sin embargo, le chocó más a él mismo que a la propia Julia.
– No tengo ganas de hablar de eso -dijo entre dientes. Y Julia cambió de conversación. Al cambiar de conversación se vio claro, al menos Allende lo vio, que la chica no tenía interés en curiosear en su vida. Le pareció que la pregunta era una pregunta honrada. Una pregunta que, al fin y al cabo, él mismo se había hecho con mucha frecuencia en esos meses. Así que, la siguiente vez que se encontraron los dos solos, fue Allende quien sacó la conversación.
– ¿Quieres saber por qué me fui del seminario?
– ¡Hombre! ¿Ahora sales con eso? Sí, la verdad es que sí me gustaría saber por qué. Pero, por otra parte, me da igual: si te fuiste, te fuiste. No hay que buscar tres pies al gato.
– Ya. Pero, sin embargo, tú sí estás interesada en saber por qué me fui. -Pues sí. Pero entiéndeme. No creo que, una vez que ya te has ido, teniendo en cuenta que tienes toda la vida por delante, tenga gran importancia saber por qué ingresaste en el seminario primero y saliste después. Igual tú mismo no lo sabes, lo mismo fue una venada que te dio.
– Me fui porque no soy maricón -contestó Allende sin pensarlo. Logró con esta frase, que le salió del alma, y que pronunció con brusquedad, desorientar a Julia Martínez. Julia reaccionó enseguida, sin embargo:
– ¿Pero qué dices? Claro que no eres eso…, de la acera de enfrente, claro que no. ¿Qué tiene que ver lo uno con lo otro? No te entiendo.
El eufemismo empleado por Julia Martínez hizo sonreír a Allende. Sonrió porque no estaba acostumbrado a los eufemismos: en el seminario no se hablaba por supuesto de estas cosas, pero en el confesionario se refería uno a ellas en términos de pecados. Que fuera pecado masturbarse o desear acariciar las piernas de un compañero eliminaba toda equivocidad: la referencia estaba clara: un pecado es un pecado. No había nada que hablar acerca de un pecado: sólo había que evitarlo. Con ocasión del enamoramiento de Carlitos, había aparecido el otro modo de hablar de esos asuntos: las injurias: maricón, afeminado, pervertido…, todas esas cosas que -recordaba Allende- Salazar había dicho de su amante. Y una vez más aquí, con la injuria, ese instantáneo veredicto, la conversación quedaba clausurada: ni los pecados ni las injurias tenían tratamiento social. Sin embargo, ya en la vida civil, a Allende se le había escapado una explicación a simple vista inadecuada: el «me fui porque no soy maricón», que le había sorprendido a él mismo y que, ciertamente, había dejado perpleja a Julia Martínez. ¿Tenía que explicarse ahora? ¿Esperaba Julia una explicación? A decir verdad era él quien había sacado la conversación esta vez. Pensó que le gustaría hablar de esto con Julia y se encontró con que no sabía cómo -de alguna manera era impropio hablar de cosas así con una chica-. Los años de seminario, sin embargo -no obstante haber sido cortos-, habían comenzado a inscribirle en la conciencia ya cierta suficiencia doctoral, cierta habilidad para la cura de almas que se traducía en una clara habilidad para tratar conversaciones escabrosas: ser cura había significado también eso: no escandalizarse nunca de nada. ¡Con todo lo que yo he oído en los confesionarios, ya nada me asusta! , había oído decir a los curas del seminario, acompañando el comentario de una ligera vanidad profesional: en el confesionario se aprende mucho de la vida. En función, pues, de ese espectral ego eclesiástico que aún emergía a ratos en la personalidad de Allende -y que después se transformaría en el ego del psicólogo- Allende se sintió con fuerzas para decir:
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