– ¡Me hace gracia que utilices esa expresión tan fina, tan elegante, lo de la acera de enfrente. Lo que he querido decir es que el seminario era un lugar… de sentimientos muy poco definidos!
Tuvo la sensación de que mentía, observó de reojo a su compañera y vio claramente que no le estaba entendiendo y que no era culpa de la chica sino de él mismo.
Comprendió que tenía que proseguir: se sintió como en un disparadero, un impulso vertiginoso que no podía ya detenerse. Sin querer, como quien habla en sueños, había hecho una declaración negativa acerca de sí mismo: que no era maricón. ¿Eso, a qué venía? Era una salida de tono, era un exabrupto, era, en definitiva, algo que revelaba toda una zona de su alma que quizá pugnaba por expresarse, pero que, hasta la fecha, en su nueva vida en la casa familiar, no se había aún expresado. El silencio era amable en aquel momento: Julia no parecía ya perpleja, sino que parecía más bien dispuesta a pasar a otro asunto. Allende decidió continuar en la línea anterior, con la sensación que tiene quien se arroja de cabeza a una piscina desde una altura considerable: durante la caída, por un instante, el saltador no muy experto piensa: Me romperé la cabeza, y luego la zambullida y el ascenso a la superficie. De alguna manera se sentía como suspendido en medio del salto.
– Te habrá chocado lo de maricón, supongo. Y tú me preguntas qué tiene que ver eso con mi salida del seminario. Lo que quise decir es que aquello era un mundo muy cerrado, de hombres solos, y yo echaba de menos, no sé, las chicas: mis hermanas, las amigas… Sin conocerte, incluso a ti te echaba de menos. Tenía gana de ver y hacer otras cosas.
– ¡Ya! -declaró pensativa Julia Martínez-. Eso lo entiendo. Lo que no entiendo es que hayas usado esa particular palabra, ese insulto. Es como si dijeras que te fuiste porque todos los seminaristas eran así…, de la cáscara amarga. Tú no has querido decir eso, ¿verdad?
– No. En realidad no quise decir eso -contestó Allende-. Sólo que no tenía yo vocación de célibe.
Ahora entró en el agua. Sintió el frío trallazo del agua en el cuerpo y la necesidad de alzarse hacia arriba y sacar la cabeza otra vez: podía decir que se fue del seminario porque le gustaban las chicas. Julia Martínez y todo el mundo lo entendería. Sólo que eso no era del todo verdad. Como no era verdad que se fue del seminario porque perdió la fe o escandalizado por la falta de caridad con que, a su juicio, Salazar había tratado la muerte de Carlitos. A Salazar le había dicho que no encajaba donde él sí encajaba, pero ahora esa misma razón le parecía extravagante o fruto de la envidia. Había algo de verdad, sin duda, en lo de necesitar aire libre, pero ciertamente la palabra maricón no servía para aclarar eso. ¿Para qué servía la palabra maricón entonces? Servía para poner en acto una verdad irresoluta de la conciencia de Allende: podía afirmarse asertóricamente «Yo soy maricón» o interrogativamente: «¿Soy yo maricón?». Al saltar con esa palabra delante de Julia Martínez, como un monigote cuyo resorte salta y saca la cabeza de dentro de la caja, Allende había querido incluir seriamente a Julia Martínez en su vida. Y lo había hecho de la única manera que sabía: mediante la conversación y las palabras. La otra manera hubiera sido decirle «Me gusta mucho estar contigo, Julia, ¿quieres ser mi novia?» Cualquier frase corriente hubiera complacido a Julia, que, como el propio Allende veía, ya se inclinaba hacia él como una incipiente dulce novia, como una primavera blanca.
Todo no podía hacerse aquella tarde: Allende pensó precipitadamente esto: Todo lo que he de hacer y decir de ahora en adelante, no puedo hacerlo y decirlo ahora mismo. Y le pareció una ocurrencia brillante y volvió a pensarla con despacio: Todo, por urgente que sea, no puedo hacerlo ahora: saldría mal: confundiría a Julia, me confundiría a mí mismo. Y así hubiera quedado el asunto de no haber sido por un arranque que Julia Martínez tuvo y que la sitúa, siquiera sea por un instante, en la escala de los ángeles afirmativos:
– ¡No le des más vueltas, Paco. A todo le das vueltas. Lo que sea sonará. O no sonará, que da lo mismo. La única verdad es que a mí me gusta mucho estar contigo y hablar contigo y pasear contigo. Salir contigo me gusta con quien más!
– ¡Uy! Te gustará también salir con otras personas. No seas mentirosa. Más incluso que conmigo -coqueteó, casi sin proponérselo, Allende.
– Te lo juro. Te juro que contigo con quien más. Contigo sólo.
– ¡Bah! Eres una exagerada y una mentirosa.
Y entonces, en lugar de seguir hablando, Julia Martínez le cogió por la corbata y le dio un beso en la boca -poco más o menos en la boca atinó a darlo, el beso-, un besón ensalivado, bastante infantil aún, pero de amor, que conste. Y Paco Allende se lo agradeció.
Decidirse acerca de la mujer : ésta acabó siendo la consigna de Allende aquellos meses. Allende se daba cuenta de que en el mero enunciado de este propósito se alojaba la estupidez como una cagalera. Era estúpido -pensaba Allende- que alguien se dijese a sí mismo que tenía que decidirse a hacer algo que -quieras que no- ya estaba haciendo: si por decidirse acerca de la mujer se entendía relacionarse con normalidad con las mujeres , eso es algo que ya hacía. Había, sin embargo, algo que cambiaba por completo el contenido de la consigna: decidirse acerca de uno mismo. Estaba claro que, en lo referente a la mujer, no tenía nada que decidir Allende: era con respecto a sí mismo donde tenía que tomar la decisión. Pero la consigna también significaba: decidirse a tomar a la mujer en serio o, al contrario, decidirse a no tomar en serio a la mujer o a las mujeres, decidirse a olvidarlas, por ejemplo. ¿Pero por qué tenía Allende que olvidarlas? Había, en todo esto, algo ciertamente tonto, opuesto a la vida, opuesto al sentido común, opuesto a la naturalidad. ¿No le resultaba agradable tratar con Julia Martínez y con las amigas de sus hermanas? Sí. Le resultaba agradable. ¿Y no era esto todo?
Allende rumiaba por aquellos días: ¿Soy yo un chico más, a punto de dejar la pubertad, a quien atraen las chicas, amigas de sus hermanas, un chico como tantos otros? A esta pregunta le dio Allende varias respuestas: cabe reseñar algunas: Por culpa del seminario no soy, en esto de las chicas, un chico más. De no haber ido al seminario, de haber seguido en casa, tal vez hubiera hecho lo que todos: hubiera ido al instituto. Seguro que hubiera hecho como todos los demás. Hubiera ido con los otros a esperar a las niñas a la puerta de los colegios de monjas. Hubiera hablado de lo buenas que estaban las compañeras o las profesoras. El seminario todo lo cambió. El seminario me individualizó, me singularizó, me diferenció, me levantó por los aires. Causó en mí la falsa impresión de que yo era más de lo que era y sobre todo de que quería lo que muy pocos de mi edad querían. Allende se daba cuenta, al escucharse a sí mismo este recitativo, de que no estaba siendo ni sincero consigo mismo por completo, ni justo con sus años de seminario. Para ser sincero del todo, no tenía más remedio que añadir a su experiencia como seminarista su experiencia tibia, pero innegable, del enamoramiento con Salazar: no había sido gran cosa, no había durado mucho, había sido como un eco de la historia de Carlitos, podía caracterizarse casi como entusiasmo intelectual, pero -Allende lo sabía- había habido algún otro elemento, de atracción física, mezclado en todo ello. Por otra parte, era injusto decir que el seminario había causado su alejamiento del mundo femenino: en el seminario se habían limitado a exaltar el celibato eclesiástico, la virginidad, la dedicación a Dios o a las causas del prójimo en Cristo. Además, todo aquello había quedado atrás. Allende comprendía que nadie entre los diecisiete y los dieciocho tiene derecho a hablar de una vida marcada por su pasada experiencia. Al menos él mismo no la tenía. En conjunto el seminario le había resultado intelectualmente provechoso. El entendimiento madura por comparaciones: ésta era una máxima tomista. Así que Allende se vio abocado a hacer la gran comparación entre lo que sentía, o había sentido en un momento dado, por Salazar, y lo que ahora mismo sentía por Julia Martínez. No se trataba de comparar dos objetos -Julia y Salazar-, se trataba de comparar sus dos reacciones ante dos objetos obviamente distintos entre sí: la diferencia tenía directa relación con -por decirlo con pedantería (y este inciso del «por decirlo con pedantería» era un latiguillo muy del Allende recién salido del seminario)- el entusiasmo y el delirio divino que ocasiona la belleza sensible y que Allende reconocía en su relación con Salazar y que no reconocía en su relación con Julia. A Julia no le correspondía lo bello , sino lo bueno, lo recto, lo cotidiano, lo gracioso, lo casero, lo útil, incluso la pulcritud en el sentido de la higiene. Esta comparación le mantuvo avergonzado y malhumorado días y días. De ella se desprendía un hedor misógino, tanto más profundo cuanto menos perceptible a simple vista. Nadie le había sugerido nada parecido en el seminario. Se le había ocurrido a él solo. Julia Martínez participaba de una confortable presencia de la virtud y del bien, pero no de la excelencia ni de la exaltación. Este pensamiento era vergonzoso. Pero Allende descubrió que, vergonzoso o no, representaba exactamente sus sentimientos de aquellos meses en relación con las dos personas a las que se había sentido ligado sentimentalmente. ¿Qué consecuencia se seguía de esto? Que yo soy un poco maricón: ni del todo lo uno, ni del todo lo otro. En estas condiciones no me puedo comprometer seriamente con Julia, pero tampoco puedo deshacerme de ella sin más: me hace gracia, me entretiene, me divierte, me halaga su entusiasmo por mí, y tal vez, pasado el tiempo, la exaltada admiración por Salazar se quedaría en nada -el sujeto era indigno- y el sedado afecto por Julia sea el que ocupe mi corazón y acabe casándome con ella. Mientras tanto pasó el verano y llegó el otoño y llegó la universidad. Allende se entregó con pasión a su carrera de Filosofía y Letras con idea de especializarse en Psicología -una materia novedosa en aquel tiempo-, con idea de hacer después la especialidad en la Escuela de Psicología.
Читать дальше