Eran los lentos años del franquismo, años de plomo y de labor. La gente como Allende, con una propensión introspectiva, se cerraba en banda a las protestas estudiantiles, al marxismo, a la revolución. Y también, en el caso particular de ex seminaristas como Paco Allende, a prestar atención a las novedades teológico-pastorales del Concilio Vaticano II. El hecho de haber ido al seminario y de haber salido del seminario después hizo que Allende no sintiera ya hacia 1963 el menor interés por los acontecimientos fascinantes que estaban teniendo lugar en Roma. Haber ido al seminario hizo que Allende detestara la memoria de todo lo eclesial -y esto era injusto, puesto que su formación como seminarista había sido bastante mejor en punto a Humanidades que la de la mayoría de compañeros de la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid-, haber ido al seminario le hizo reservado en el sentido superficial de que ése era un dato que prefería no hacer constar en esa biografía rápida de sí mismos que los estudiantes de comunes de la Facultad de Filosofía de Madrid ofrecían a comienzos del curso. Quiere decirse con esto que sacó brillantemente los dos primeros cursos de comunes por su competencia en latín y griego. Obtuvo la calificación más alta de todas las que aquel año dio don Francisco Rodríguez-Adrados en griego. Fue un brillante estudiante de comunes. Las chicas le adoraban y los chicos le envidiaban sus espléndidas traducciones del Banquete y de los Evangelios. ¡Ah, fueron los tiempos del amor sin hilos, todas las caras una misma cara! Allende sorbía el encanto de su juventud a boca llena. De pronto, era joven y hermoso, un Ganímedes, un Alcibíades abreviado ( abreviado , porque Paco Allende nunca se tomó a sí mismo por lo que no era: él no era Alcibíades ni Sócrates ni, en general, heroico o semiheroico. Paco Allende se vivió a sí mismo siempre como un chico vulgar. Esta es quizá su cualidad más característica y su mejor cualidad espiritual). Era, sin embargo, un par de años, tres años mayor que la mayoría de sus compañeros y compañeras, y era o le tenían por más listo. De alguna manera, todo había sido olvidado, abandonado en las provincias áridas, en la pequeña provincia castellano-leonesa de donde Allende procedía y donde se había quedado la dulce novia incipiente, la dulce Julia Martínez, como una amapola. Pero Julia Martínez -que había ingresado en una escuela de secretariado que duraba tres años y de la cual emergería como una linda secretaria, eficiente y no-bella- ahí estaba como un recordatorio de la ambigüedad de Paco Allende, de su deseo de ser y de no ser, a la vez y bajo el mismo aspecto, igual que todos los demás y distinto de todos los demás, hetero y homo.
Allende se había vuelto un buen estudiante -mucho más que en los días del seminario- y el estudiar duro era un gran cinturón de seguridad: todo lo subordinaba al estudio. También su vida afectiva se subordinaba a la sucesión de parciales y de exámenes cuatrimestrales y de exámenes finales curso tras curso. De haber podido, Allende hubiera cancelado sus inquietudes eróticas. Al fin y al cabo, y en una línea muy clásica del Banquet e platónico, le parecía que estaba a punto de librarse del culto a la belleza de un solo ser, la belleza de un muchacho, de un hombre, o de una norma de conducta: le parecía que si insistía en el estudio y en la castidad, vuelto hacia el vasto mar de la belleza y la contemplación, engendraría numerosos, bellos y magníficos discursos y razonamientos en su amor inagotable a la sabiduría . Aquellos años en la facultad, llegó a pensar Allende que, en efecto, se había librado de la servidumbre del deseo amoroso que se dirige a una única persona en concreto. Esta sensación le permitía enviar con regularidad' cartas a Julia Martínez, allá en provincias, y declarar, si no que la amaba -eso hubiera sido falso-, sí, al menos, que se acordaba de ella, que la echaba de menos, que recordaba sus paseos por la ribera del Pisuerga, el olor de las nieblas bajas castellanas, los paseos de domingo, las dulces primaveras, las amapolas de las cunetas, las brillantes retamas amarillas de junio en el páramo, el tintineo de los álamos, blancos a lo largo de las polvorientas carreteras comarcales. Releyendo estas cartas que regularmente enviaba, Allende se tranquilizaba a sí mismo diciendo: Todo esto que le digo a Julia es verdad. Pero también es verdad todo lo que omito. Así que no estoy siendo del todo verdadero, ni del todo sincero, ni del todo insincero. Y la clara inteligencia analítica del joven Allende le transportaba de inmediato a la única conclusión posible: estas parciales verdades sólo sirven para retener a Julia en la distancia, sin obligarme a prometer nada, sin comprometerme con nada, pero también sin dejarla a ella buscar a otra persona o comprometerse con otro. Estos sentimientos, que no eran continuos (que se producían, sobre todo, cuando redactaba estas cartas los días festivos, generalmente por las tardes, después de comer), eran las únicas sombras de aquellos años brillantes. Y era fácil luego, en vacaciones, reanudar los paseos con Julia, ir al cine con ella, incluso besarse al atardecer, con un fondo bonito de paisajes provincianos, sin necesidad de ir más allá. En aquellos tiempos, una chica seria y decente como Julia Martínez rara vez esperaba que su novio fuera más allá de estas tranquilas efusiones afectivas ( ir más allá hubiera sido propasarse , algo muy impropio que ningún novio sensato se permitía). Así que las circunstancias de la época facilitaban una dulce ocultación de lo que -según se decía- debía de todos modos permanecer oculto, las inclinaciones anormales, los pecados, los vicios. Allende hablaba, pues, al regresar a Madrid, de los días pasados con su novia de provincias, que alargaba los tiernos dientecillos de sus enamoradas casuales y le hacía sentirse seguro.
¿Cuándo apareció el primer temblor, el primer terror, la tentación homoerótica? Esta pregunta surgió en el primer año de especialidad -Filosofía- con ocasión de un compañero que no había hecho comunes en Madrid, un chico alto y tímido, un rubiales, que, como Salazar, se dejó querer. No era Salazar, ciertamente. Pero Allende le vio desde el primer día como un objeto deseable. Le atraía físicamente y la timidez del chico -se ponía colorado con frecuencia- le pareció cautivadora. Y Allende no podía negar que ahora se reproducían con mayor fuerza y con menores defensas que en el seminario los mismos deseos latentes que habían aparecido con ocasión del fracaso amoroso de Carlitos Mansilla, con ocasión del guapo de Salazar. ¡Ojalá -se decía Allende- no recordara lo ocurrido entonces, así podría entregarme ahora a lo que ahora me sucede con plena inocencia! Pero, a fuer de ser sincero, tenía que reconocer que se acordaba de todo, precisamente ahora, con inmenso detalle. De la misma manera que a través de Salazar -que se había vuelto inolvidable- se anclaba en el presente de Allende su homoerotismo pretérito, así ahora a través de este chico tímido, este Alberto, se le había pegado como una lapa en el presente inmediato la viva conciencia de su homosexualidad real. Presencia y compresencia de un mismo amor, ante dos objetos masculinos distintos que se entrecruzaban en sus ensoñaciones diurnas. A diferencia de Salazar, sin embargo, que era borde y distante, Alberto era tierno y próximo. Era cariñoso, era casi infantil, era muy tímido, y necesitaba ayuda para los textos griegos de historia de la filosofía antigua. Alberto era, además, un niño bien. Con un piso alto por los alrededores del edificio de ABC, una callecita que bajaba de Serrano a la Castellana. Fue un caso tierno y bobo. Tierno, porque en pocos meses, desde aproximadamente enero hasta el principio de la primavera, la ternura mutua galopó por los dedos de los dos, y ahora Allende apenas podía escribir cartas a Julia o a su casa. Todo se le volvía planificar los fines de semana y los atardeceres y las vacaciones de Semana Santa, para pasarlos con Alberto, quien, a su vez, sólo parecía poder pensar en pasar sus tardes libres con Allende traduciendo a Platón y aprendiendo de memoria páginas del Abbagnano. Decidieron pasar juntos la Semana Santa con los monjes de Silos. Cada uno tenía su celdita en la Hospedería y asistían a los oficios desde muy temprano- por la mañana. Era una situación maravillosa. La seriedad de la vida monástica, en esta forma reducida de vivirla que consistía en asistir a los oficios, oír el maravilloso gregoriano, y luego almorzar en silencio y pasear por Santo Domingo de Silos, le convenía mucho al indeciso Allende y parecía llenar de gozo al tímido Alberto. Eran novios. Allende se sentía ridículo a ratos. Tenía que reconocer que lo que más encendía sus deseos era precisamente este modo recatado, anticuado, de relacionarse con un compañero de su edad dentro de un circuito de ocupaciones fijas y repetitivas. Se sentía hipócrita Allende: no sólo porque su interés por el contenido religioso de las ceremonias era nulo, aunque fingía lo contrario, sino también porque fingía ser un chico heterosexual con una novia en provincia, Julia, y esto hacía que Alberto no percibiese lo íntimo de la relación entre los dos. ¿Se daba cuenta o no se daba cuenta Alberto de lo que estaba sucediendo? Uno de los encantos de la situación es que Allende no podía saberlo con certeza. A veces, por las tardes, se alejaban del pueblo en dirección a los atardecidos campos de Castilla, y, sentados bajo una encina al borde de un barbecho, Allende descansaba la cabeza sobre las piernas de su amigo. No era cómodo, pero era vigorizante. Era la primera vez que Allende se sentía invadido de intenso deseo físico por un muchacho de su edad. Se acordó mucho de Carlos Mansilla esos días. Por fin, una de esas tardes en pleno campo, caía ya la noche, tenían las dos cabezas muy juntas, se besaron. Alberto era un maravilloso novio titubeante que se dejó masturbar allí mismo. Era el último día de estancia en Silos. Quam bonum et quam iucundum / habitare fratres in unum , cantaban los frailes en el coro. Y Allende y Alberto se rozaban los dedos de las manos. Regresaron a Madrid en autobús como en éxtasis. ¿Qué iba a pasar ahora?
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