Tahar Jelloun - Mi madre
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Se angustiaba al pensar que no iba a estar a la altura de lo que esperaban de ella. Le gustaba recibir bien a sus invitados, pero no de ese modo, de sopetón y de cualquier manera. Cumplía religiosamente con las normas y las tradiciones, temía pasar vergüenza porque la comida no fuese suficiente. Ayer mismo me pidió de nuevo que le prometiese que le organizaré un grandioso funeral: «Si eres tú quien se encarga de ello, sé que harás las cosas bien y por todo lo alto. Tienes un gran corazón y te quiero por eso, desde siempre, siempre has ocupado un lugar especial en mi corazón, entraña mía, así que me lo vas a prometer, y podré irme con una preocupación menos».
Ayer tuvo un día lúcido, recordó las incoherencias que me había dicho: «¿Te das cuenta, hijo? Creí que tu padre aún estaba vivo y no entendía por qué no había venido a verme. ¡Qué cabeza la mía! Ya no se acuerda de nada, me gasta malas jugadas y me avergüenzo. Sé que tu padre murió hace diez años. Y que la mujer de tu primo murió de parto hace treinta. ¡Todos esos muertos me rondan por la cabeza! ¡Ay!, debe de ser la diabetes o todas esas medicinas que tomo desde hace tanto tiempo… Bueno, hoy me siento bien, veo claro, sé lo que ocurre, pero, dime, ¿no iréis a vender esta casa, verdad? A mí me gusta, más que la que teníamos el año pasado, esa que daba al mar». Corrijo a mi madre: «No, yemma, hace más de treinta años que nos mudamos de la casa que daba al mar. Donde estás ahora es tu casa, no es nueva». «¿Y ese jardín? En nuestra casa no teníamos jardín…».
Toda esa confusión proviene de que ha cambiado de dormitorio. Desde su ventana ve una vieja higuera y algunas plantas. Antes, vivía en el salón. La puerta y las ventanas cerraban mal. El médico la ha obligado a mudarse a otro cuarto.
Mi madre ha llorado esta mañana. Dice que le han quitado a sus hijos. Que se los han llevado cuando les estaba dando de mamar. Ella tenía un pecho bonito y una piel muy suave. «Yo estaba amamantándolos, uno a mi derecha y otro a mi izquierda. Estaban hambrientos. Y de pronto una mujer vestida de negro de la cabeza a los pies se ha abalanzado sobre ellos y me los ha quitado. He sentido un dolor punzante en la raíz de mis senos, como una cuchilla que raja la piel. Luego los niños se elevaron al cielo, se fueron muy deprisa. Tengo que ir a buscarlos».
Mi madre siempre fue bajita. Mi padre le tomaba el pelo. A ella le sentaba mal. Un día la llamó «media mujer», en español. Ella se echó a reír. Ahora ya no habla de su estatura. Habla de sus preocupaciones, de su apego obsesivo a algunos objetos: el rosario de plástico que le trajo de La Meca una de sus cuñadas, las gafas, la piedra pulida para sustituir el ritual de las abluciones, el monedero donde guarda algunos billetes… Más de una vez, Keltum ha debido de abusar de su falta de memoria para quitarle dinero. Ahora ella ya no lleva las cuentas de la casa. No sé si Keltum roba porque necesita más dinero o porque es una manía, una enfermedad. Mi madre se ha quejado a menudo de que le robaban. Decía: «Yo miro para otro lado, no es importante, nada es importante mientras no dañen a mis hijos… el dinero no es nada, son barreduras que va acumulando la vida». Mi madre nunca ha sabido cómo tratar a las mujeres que trabajaban en casa. Enseguida se hacía amiga de ellas, como si fueran de la familia. Luego, no entendía por qué se marchaban llevándose objetos de valor: «Las consideraba como de mi propia familia, comía con ellas, les daba vestidos, les hacía regalos, y, para agradecérmelo, me traicionaban y me dejaban plantada… La gente del campo y de la montaña nos envidian a los de la ciudad, es normal que pierdan la cabeza y se pongan a robar…».
El año pasado, mi tía, avisada por nuestro médico, se presentó a toda prisa a verla. Era una falsa alarma. Mi madre percibió en la expresión de su hermana algo parecido a un chasco. En sus labios se podía leer: «¡He corrido como una loca y me encuentro con que mi hermana está de maravilla, me he molestado en venir por nada!». No se lo dijo, pero la visita fue breve. Me recordó una escena de la película de Ozu, Cuentos de Tokio. Uno de los hijos, que acude al lecho de su padre enfermo, lamenta haberse molestado en hacer un viaje inútilmente, diciendo: «Si se muriese ahora, nos vendría bien, a mi mujer y a mí, no tendríamos que volver a hacer el viaje». Cuando estoy con mi familia, a veces me veo como en una película en blanco y negro de Ozu. Bajo el sonido y cierro los ojos. La hermana de mi madre hace tiempo que ha optado por la frivolidad. Le gusta bromear y dice a veces cosas hirientes. La vida se ha portado bien con ella, se ha casado con un hombre rico y muy elegante que no le niega ningún capricho. Solía burlarse de mi madre reprochándole que no viajara al extranjero, que no obligara a su marido a comprarle cosas bonitas. Mi madre no podía recordarle que éramos pobres, que no teníamos medios para vivir como ella.
Ha estado siempre obsesionada con que le quitaran su casa, y encontrarse rodando de ciudad en ciudad, convirtiéndose en una carga para sus hijos, un trasto para sus nueras, un peso para su hija que sufre depresión crónica desde que se quedó viuda. Mi madre recuerda los últimos años de su propia madre que vivía en casa de uno de sus hijos y al morir éste prematuramente tuvo que ser acogida por su hija. Había perdido su «lugar», su dignidad, ya no se sentía en su casa, estaba en la de los demás aunque se portaran bien con ella. Vio a su madre llorar y quejarse de que no la atendieran, del poco caso que le hacían, de lo sola que se sentía. Era muy susceptible, algo normal en una persona de avanzada edad, maniática y nostálgica de la época en que vivía como una reina.
5
Se ha pasado la mañana buscando su cherbil bordada en oro, una babucha muy delicada y bonita que llevan las novias el día de la boda. ¿Dónde estará mi preciosa babucha toda bordada en oro por las manos del famoso Moshé, el hijo del rabino, el mejor artesano de la medina de Fez? ¡Mi preciosa babucha! Seguro que Keltum se la ha llevado, roba lo que puede y luego esconde su botín debajo de su cama, y en cuanto me quedo dormida, llama a sus hijos o a sus nietos y les da lo que ha birlado para que lo lleven a su casa, mi cherbil, mi preciosa babucha…
La escritura del acta de matrimonio tuvo lugar un viernes tras la oración del mediodía. Dos adules vestidos con chilaba blanca y con un fez rojo, ese tocado que entonces era el símbolo de los nacionalistas, y calzados con unas finas babuchas amarillas, entraron seguidos por los hombres de la familia del futuro esposo y los de la familia de mi madre. Reunión sólo de hombres. Las mujeres se ocultan en los cuartos contiguos. Tras la cortina que entreabren discretamente, no pierden detalle de la ceremonia. Los adules redactan el acta en silencio. Piden el nombre exacto y la fecha de nacimiento de los cónyuges. Sólo saben el año aproximado. Estamos en 1936, en Fez. Los marroquíes aún no tienen registro civil ni libro de familia. La gente se conoce y no necesita confirmar su fecha de nacimiento. Se dice de fulano que nació el año de la gran sequía, cuando entraron en Marruecos los franceses. O bien se dice: «Nació el mismo año que el hijo del sultán, ¿recordáis? Fue en primavera…». O, sin nombrar a mi madre, dicen: «La hija de Muley Ahmed nació el año en que nevó en la ciudad -y comentan ese acontecimiento tan excepcional, la nieve, nunca se había visto allí, toda blanca, extraña-, resbalábamos, nos caíamos y luego costaba levantarse, nos reíamos, y una mañana la nieve desapareció, aunque no por completo, se mezcló con el barro, se volvió sucia». «Sí, lo recuerdo -dice Muley Ahmed-, hizo mucho frío, no estábamos acostumbrados a la nieve, fue el día en que mi hija, que Dios la guarde y proteja, llegó al mundo, Dios eligió esa fecha para iluminar mi casa». Luego, los adules se lo preguntaron al padre del novio, que dudó un momento y dijo: «Mi hijo, que Dios haga de él un hombre, un hombre cabal, nació el día en que hicimos huelga en la alcaicería, los cristianos abrían comercios allí y nosotros no queríamos tenerlos cerca, así que debió de ser en 1916, sí, eso es, hace veinte años».
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