Sam quiso bailar un lento con Alice, pero Terry la agarró primero. En su lugar, Linda le cogió la mano y lo condujo a la pista de baile. Olía a un perfume extremadamente caro.
– ¿Qué hay de Alice? -preguntó riéndose.
– ¿Qué pasa con ella?
– ¿Con quién está? ¿Contigo, con Terry, o con Clive?
– Ese es un punto dudoso. Nos mantiene a los tres a distancia.
– Ella va por delante de todos vosotros.
– ¿No te gusta?
– ¿Qué si no me gusta? ¡La adoro! ¡Os adoro a todos! Sois unos jóvenes extraordinarios. Ojalá pudieseis venir a vivir conmigo a Londres.
El pensamiento pareció ponerla triste. Entonces de repente se puso muy contenta, fue hasta la barra y volvió con otra ronda de Buck's Fizz. Al final de la noche bailó otro lento con Sam casi durmiéndose en sus brazos. De repente paró de bailar y lo miró a través de ojos medio cerrados.
– Hay demonios -dijo.
– ¿Qué?
– En los bosques, en los árboles. De noche. Los he viso en los arbustos. En Redstone. También en Londres, seguro.
– No te sigo.
– ¿Quiénes somos, de todas formas? -preguntó medio dormida.
– ¿Eh? Yo soy Sam, tú eres Linda.
La música se paró y el disc jockey les deseó a todos una vuelta a casa sin contratiempos.
– No, digo que, ¿quiénes somos?
Sam se encogió de hombros.
– Somos los Depresivos de Redstone.
Ella lo miró como si aquel comentario fuese profundo, filosófico y adecuado para toda su experiencia hasta aquel momento de su vida. Lo agarró del cuello de la camisa, echó la cabeza hacia atrás y cacareó con fuerza.
– ¡Eso es! ¡Somos los Depresivos de Redstone! Entonces se rió de nuevo, se echó hacia atrás sobre los tacones y arrastró a Sam por las solapas.
– ¡Los Depresivos de Redstone!
Un gorila irritado con traje de noche y pajarita atravesó la pista de baile.
– ¿No tenéis casa adónde ir? -gritó.
Mientras esperaban en la cola de los taxis, Alice admiró el abrigo afgano de Linda.
– ¡Es precioso! Linda se quitó el abrigo.
– Toma, para ti.
– ¡No puedo aceptar tu abrigo!
Lo colocó sobre los hombros de Alice y la besó apasionadamente en los labios.
– Quiero que lo tengas. Te quiero. Os quiero a todos.
El taxi dejó primero a Linda y a Terry. Linda pagó y dejó una generosa propina. Después de que el taxi se hubiese puesto de nuevo en marcha, Clive dijo:
– ¿Alguien sabe que había en esas pastillas rosas?
Sam hizo tres débiles intentos de concertar una cita con Skelton, pues la voz que le susurraba en la oscuridad aparecía con mayor frecuencia. No podía hablar de sus sentimientos con nadie más. Estaba claro que con sus padres no, no quería cargarlos con nuevas preocupaciones sobre su hija, y aun así estaba aterrorizado con la idea de que había malogrado la vida de su hermanita. Tampoco a Alice, quien se distanciaba de él cuando estaba con el ánimo taciturno. Con ella intentaba mantener las cosas en un tono ligero, luchando todo el tiempo por parecer de buen humor cuando no lo estaba. Clive y Terry, como oyentes potencial-mente comprensivos, estaban fuera de lugar.
– ¿Qué pasa contigo últimamente, Sam? Tranquilízate.
– Sí, relájate, por Dios santo.
Le dio por observar a su hermana en busca de signos del cambio de objeto de sus atenciones con que le había amenazado la duende y se obsesionó con la asombrosa vulnerabilidad del pequeño bebé. Inspeccionó la casa en busca de objetos afilados, cristales rotos, alfileres que pudiese apartar del camino. Abrió las puertas de par en par para que no pudiese pillarse los dedos, el ver agua hirviendo lo ponía enfermo pensando en ella. Toda la casa era un laberinto de trampas y peligros intrincados. Tras cada silla y cojín se ocultaba un peligro hiriente.
Cada vez que Sam había intentado llamar por teléfono a Skelton, algo en la voz de la señorita Marsh le había hecho colgar sin decir nada. Finalmente, sin permiso, se tomó la tarde libre en el colegio y fue al despacho de Skelton.
La señorita Marsh no estaba en su habitual puesto en la recepción. El escritorio estaba vacío y totalmente limpio, como si también ella se hubiese tomado la tarde libre. Sam fue hasta el despacho de Skelton y escuchó tras la puerta. Al no haber ningún ruido que indicase que estaba en medio de una sesión, giró el pomo y abrió la puerta en silencio.
Skelton estaba en su asiento pero encorvado con la cabeza sobre el secante de escritorio. Al lado de la cabeza, sobre la mesa, había una botella de güisqui vacía y un vaso. Cerró la puerta sin hacer ruido tras haber entrado y cruzó la sala hasta sentarse donde siempre, frente a él. Contempló la figura durmiente por un tiempo.
– Está totalmente inconsciente -dijo la duende-. ¿Quieres que lo despierte?
– Sí-dijo Sam-. Despiértalo.
La duende se acercó a Skelton y le acercó la boca al oído. Solo dijo una palabra, que Sam no oyó, se retiró y arrastró otra silla por la habitación para poder sentarse al lado de Sam.
Skelton se removió. Abrió los ojos. Alzó con lentitud la cabeza del escritorio, chasqueó los labios y concentró la mirada amarillenta en Sam. Entonces miró a la duende con una expresión socarrona, y después más allá de ella, como si la habitación estuviese llena de extraños o como si hubiese sido secuestrado y traído a aquel lugar en contra de su voluntad.
– ¿Qué? -dijo-. ¿Qué era eso?
– Está en peligro -dijo la duende-. Está en peligro de suicidio. Quiere que usted hable con él.
– ¿Qué? ¿Qué pasa, muchacho?
– No he dicho nada -dijo Sam.
Lo contempló muy fijamente y se rascó la nuca.
– ¿Sam? ¿Ya es la fecha de la cita anual?
– No. Necesitaba verle.
Skelton hizo un gesto amargo al mirar la botella vacía de güisqui.
– ¿Has visto a la señorita Marsh? Nadie pasa más allá de la señorita Marsh.
– Se ha ido.
– Asqueada, sin duda. -Hizo un gesto hacia la duende-. ¿Quién es esa?
– «¿Quién es esa?» -se burló la duende-. Y pensar que solía estar asustada de usted.
Skelton se levantó despacio, aún masajeándose la apergaminada nuca, pasando los ojos de uno a otro.
– Espero que no sea quien creo que es.
– ¿Quién? -dijo la duende-. ¿Quién cree que soy?
Skelton avanzó desde detrás del escritorio con el sigilo de un león. Sus pasos eran tremendamente lentos.
– Detén esto, muchacho -susurró-. Será mejor que lo detengas ahora mismo.
Caminó con cansancio por detrás de la duende, observándola con mirada torva y brillante. Se balanceaba de manera peligrosa. Entonces avanzó hasta colocarse detrás de la silla de Sam. Sam podía notar el aliento del hombre en su nunca, podía saborear el hedor del güisqui.
– Está pensando en el suicidio. Ha venido buscando ayuda. Pero está borracho. Ha perdido la fe. Es usted historia.
– ¡Levántate! -le ladró Skelton a Sam-. ¡Levántate, muchacho!
– No lo hagas -dijo la duende con tranquilidad al ver que Sam comenzaba a moverse.
Sam se echó hacia atrás.
– ¡He dicho que te quedes donde estás!
La duende se estaba metamorfoseando por segundos de mujer a hombre, cada vez con un aspecto más espantoso. En la distancia, Skelton la/lo contemplaba inmóvil. Una gota de sudor le apareció en la frente.
– Astuto. Muy astuto. ¿Haces que esto aparezca siempre que quieres?
– Yo no tengo nada que ver -dijo Sam.
– Esto es una pérdida de tiempo -dijo la duende-. ¿Se supone que él te va a ayudar? Ya te previne hace mucho tiempo sobre esta gente.
– Te estoy ordenando que te vayas -gruño Skelton-. Por última vez. Fuera.
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